jueves 23 de septiembre de 2021
PERIODISMO PURO Entrevista
13-06-2020 22:44
13-06-2020 22:44

Michael Boskin: "Nacionalizar empresas es una solución muy pobre"

Fue uno de los líderes económicos de Estados Unidos en el momento de la caída del comunismo, considera que el capitalismo tiene las herramientas para enfrentar también al virus. A su juicio, más mercado y menos proteccionismo son herramientas para garantizar soluciones a largo plazo.

13-06-2020 22:44

—Usted fue jefe de los asesores económicos de George Bush entre los años 1989 y 1993, luego de la caída del Muro de Berlín y el colapso del comunismo, fue el momento de la desregulación económica y financiera, así también como de las reformas a los impuestos. ¿Cree que la crisis económica causada por el coronavirus marcará el fin de tres décadas cíclicas de paradigma neoliberal?

—Es algo casi imposible de predecir, dado que vivimos una situación inédita en los tiempos modernos. Nunca tuvimos que frenar tantos procesos económicos en simultáneo, más los gobiernos poniendo condiciones estrictas para proteger el desborde de los sistemas hospitalarios, y aun así que haya todavía más muerte porque la gente no pudo ser tratada. Tenemos contracciones agudas en diferente lugares del mundo en simultáneo. En marzo comenzó un proceso recesivo, lo que va a ser la contracción más fuerte desde la Gran Depresión. Quizá sea una recesión muy breve: el empleo empezó a mejorar el mes pasado. Es algo incipiente, pero si continúa, la recesión podría técnicamente comenzar a bajar ahora. Lo cual no significa de ninguna manera que la economía esté en forma. Nos encontramos en un profundo agujero. Las cosas dejaron de achicarse, el desempleo ha dejado de colapsar. Probablemente lleve un largo tiempo hasta que vuelva donde estaba. Es cierto que estamos frente a cuestionamientos nuevos y, en algunos casos, al abandono de algunos principios básicos que parecían ser la base de la mayoría de las democracias capitalistas occidentales. Los gobiernos hacen cosas sin precedentes. La intervención y el apoyo de las autoridades fiscales monetarias es bastante grande. En los Estados Unidos, hay un debate sobre si vamos a tener otro paquete fiscal. Es probable que lo tengamos. Los efectos serán duraderos y la recuperación total en temas como el empleo probablemente tomará al menos 2 o 3 años.

Michael Boskin, entrevistado por Jorge Fontevecchia para el ciclo Periodismo Puro.
COVID-19 VS. LA GRAN DEPRESIÓN: “Durante la gran depresión había pocos programas sociales de contención ante una emergencia. Y en las familias era habitual que solo trabajara uno de sus miembros”. (Foto: Pablo Cuarterolo)

—Usted promovió la transferencia de manufactura de los Estados Unidos al extranjero. ¿La crisis del coronavirus hará que los países deseen volver a ser autosuficientes en la fabricación de ciertos insumos, incluso si son un poco más caros?

—Pienso que es muy probable que eso suceda en algunas áreas claves. Siempre existe una tensión entre hacer algo en el país y aprovechar alguna ventaja potencial a través del comercio. Producir lo menos costoso en el extranjero y en el país liberar recursos para producir otras cosas. Es una tensión que ha existido por siglos. Pero hay algunos sectores que se consideran muy estrechamente relacionados a la seguridad nacional y muy estrechamente relacionados a la salud y/o seguridad económica. Es un hecho que muchos de los insumos farmacéuticos provienen de China. En Japón, por ejemplo, protegían mucho a sus fabricantes de arroz con aranceles elevados. La solución a eso es tener algún tipo de banco o capacidad de almacenamiento que permita tener una reserva en caso de emergencia para que no ser totalmente dependientes. Muchos países hicieron esto con las reservas de petróleo porque no querían depender de la OPEP en el caso de que hubiera una crisis en el Medio Oriente que llevara a dejar de vender y producir, y así sucesivamente desde los años 70. Existen formas de combinar lo mejor de ambos mundos, agregando seguridad pero manteniendo muchos de los beneficios de un comercio más amplio.

“Muchas veces los planes de asistencia generan un efecto de que la gente quede atrapada en la pobreza.”

—Escribió el libro “Economic and Human Welfare: Essays in Honor of Tibor Scitovsky”. Scitovsky es el economista americano nacido en Hungría conocido por sus escritos sobre la naturaleza de la felicidad en relación con el consumo. ¿El coronavirus afectará el optimismo de los consumidores en el futuro?

—La tasa de ahorro aumentó enormemente en los Estados Unidos. La explicación parcial es que fue difícil consumir; la gente no estuvo habilitada para salir físicamente, los locales y negocios no estuvieron abiertos. Se pasó al consumo online de muchos productos. Es probable que exista una tendencia persistente en este sentido. Pero poco a poco la gente volverá y se sentirá cómoda con reanudar sus compras para que continúe parte del consumo. Lo que sí quedará en la memoria de mucha gente es que tiene poco ahorrado para casos de emergencia, y creo que veremos a esta generación que fue golpeada por esto. Gente que se dio cuenta de que tal vez debería haber consumido un poco menos y acumulado un poco más para que tener en un caso como este, en lugar de depender de los pagos del gobierno, o de esperar a que lleguen, lo que llevó un tiempo: el flujo masivo de personas para tratar de cobrar los beneficios de desempleo excedió la capacidad del gobierno y muchos sufrieron hasta cobrar ese recurso. Aprenderán de esta experiencia. En la Gran Depresión de los años 30 fue mucho peor. Porque había una red de seguridad social con muy pocos elementos. Y además, había una estructura familiar en la que solo trabajaba uno de los dos. En mi propia investigación he documentado que las personas que vivieron la Gran Depresión variaron su consumo. Quienes la vivieron cambiaron su forma de consumir. Les dejó una profunda impresión. Tener ese amortiguador se volvió muy importante. Esto va a ser mucho menos largo, tomará un tiempo volver al pleno empleo, pero la huella persistirá. Cada vez habrá más hogares que tendrán un ahorro de emergencia. La tasa de ahorro se mantendrá un poco más alta y el consumo será un poco menor. Hay una revaluación de lo realmente necesario. ¿Realmente necesitás la última versión de esto o podés esperar dos versiones o tres versiones? Es una respuesta lógica ante la situación. Dar un paso atrás y considerar sus finanzas personales de una manera inédita previamente. Antes, dejaban que las cosas sucedieran sin tomar grandes medidas. Ahora tratan de administrar sus finanzas.

Michael Boskin, entrevistado por Jorge Fontevecchia para el ciclo Periodismo Puro.
AUTOR PROLIFICO. Sobre EE.UU.: “Seguramente vamos tener un par de trimestres horribles a los que siga una modesta recuperación”.

—Escuché una conferencia suya en Stanford, donde explicaba que prefería el sistema norteamericano más orientado de impuesto a las ventas que el europeo con el IVA, que Argentina imita, allí citó la tradición filosófica inglesa iniciada por Thomas Hobbes y cómo eran mejores los impuestos al consumo que a la producción. ¿Por qué?

—Como en todas partes, la clave está en los incentivos. La forma más fácil de pensar el asunto es suponiendo que tienes un hermano gemelo. Fuiste muy cauteloso, querías asegurarte tener suficiente dinero como para mandar a tu hijo a la universidad, contar con una jubilación para el futuro mientras tu hermano gemelo hacía todo lo contrario. Con un impuesto sobre la renta, se paga cuando obtiene sus ingresos, su salario por su trabajo. Si ese dinero se ahorra, genera un retorno de intereses o de dividendos o ganancias de capital de ese tipo, y eso es gravado de nuevo. Tu hermano gemelo, que solo consume, solo paga impuestos cuando consume. Para los que ahorran existiría un doble gravamen. El ahorro en forma de acciones corporativas e inversiones en empresas también paga un impuesto corporativo en los EE.UU. Allí nos encontramos con que se grava tres veces. La tributación del ahorro perjudica a la inversión. Si se grava el consumo se nivela el campo de juego. La clave es no ir contra la inversión y el ahorro. El impuesto al consumo generalizado con tasas tan modestas, pero las necesarias para financiar las funciones necesarias del gobierno, es probablemente la mejor forma de imposición. Usted mencionó a Thomas Hobbes. Daba una definición filosófica: hay que cobrar impuestos sobre lo que se saca de la economía, lo que se consume, en lugar de lo que se produce. La mayoría de los economistas diría que es mejor cobrar impuestos al consumo que al ingreso, el problema es que si se grava el ingreso hoy y se toma la foto de la distribución del ingreso, como las personas de mayores ingresos tienden a ahorrar más que las personas de menores ingresos, puede parecer que se está beneficiando a los que ganan menos. Pero hay muchas formas de abordar eso. En los impuestos sobre las ventas, los impuestos sobre el consumo en los EE.UU., eximimos artículos como los alimentos, que las personas de bajos ingresos consumen en una proporción mayor de su presupuesto. Y hay muchas personas que piensan que es una buena idea como reemplazo de los impuestos sobre la renta y sobre la renta de las empresas, y señalan que los europeos, Japoneses y algunos países latinoamericanos como mencionó, tienen un IVA y eso puede ayudar a su comercio y a sus empresas a competir a nivel mundial, mientras que nuestro impuesto a las sociedades no se rige por las reglas del comercio internacional. Muchos estadounidenses, en cualquier caso, temen que se coloque sobre el sistema fiscal existente y financien un gobierno más grande, que es lo que sucedió en Europa. Nuestro gasto e impuestos en todos los niveles de gobierno en números redondos es aproximadamente un tercio del PBI, mientras que muchos países europeos están más cerca de la mitad. Sin embargo, nos desempeñamos mejor que ellos. Muchos estudiosos serios (también yo mismo) atribuyen esa diferencia a que tenemos una carga impositiva más baja en general. También la composición de la carga fiscal es importante, como se acaba de describir.

“Con la caída del comunismo y con más países capitalistas se redujo sustancialmente la pobreza del mundo.”

—¿Podría resumir la tesis de su artículo “The Effect of Taxes on Labor Supply with a Special Reference to Income Maintenance Program” (“El efecto de los impuestos sobre la oferta de trabajo con referencia especial al programa de mantenimiento de ingresos”) y cómo podría ser aplicada hoy?

—Tenemos alrededor de cien programas de pobreza en los EE.UU., o programas que pretenden ayudar a los pobres, y a menudo suelen producir muy fuertes desincentivos laborales en las personas que están recibiendo ayuda para conseguir trabajo, saliendo del programa, ingresando al mercado laboral e intentando trepar a la escalera económica para comenzar a subir de nivel. Eso sucede especialmente con las personas más jóvenes. Y sucede porque, si comienzan a obtener un ingreso, sus beneficios disminuyen. Como la mayoría de los programas que se realizan a una tasa muy modesta, se puede perder un tercio de sus beneficios, la mitad de un dólar de beneficios por cada dólar. Y eso no está mal. Pero lo que sucede es que tenemos múltiples programas, por lo que pueden perder 30 centavos acá y 50 centavos acá y 10 centavos allá. Si van a trabajar y comienzan a tener un ingreso fijo, lo cual es deseable siempre y cuando sean físicamente aptos para ello, empiezan a perder los beneficios y eso hace que deje de tener sentido para ellos. Algunos incluso tendrían un ingreso más bajo consiguiendo un trabajo de tiempo completo que incorporándose a esos programas. Esto se hizo en la época en la que el gobierno estaba tratando de encontrar nuevas reformas. Una de ellas fue la idea planteada por el economista liberal James Tobin y el economista conservador Milton Friedman, ambos grandes economistas de Estados Unidos, ambos ganadores de premios Nobel, ambos lamentablemente fallecidos. Propusieron algo llamado impuesto negativo sobre la renta, que tomaría todos estos programas que tendrías si hicieses esto o que no tendrías si hicieses aquello o tuvieses determinadas características particulares que combinarían todo eso en un programa general llamado impuesto negativo sobre la renta, que les dio a las personas el efectivo con una tasa modesta, la cual se eliminaba gradualmente y reemplazó todos estos programas. Esa es una idea con la que estoy de acuerdo. Sería oportuno si pudiésemos avanzar y hacer algo así. Pero lo que suele suceder es que con los años hemos agregado nuevos programas sin combinarlos con los existentes. Y eso, en mi opinión, atrapa a mucha gente en la pobreza.

“Hay no-bancos que se han convertido en gigantescos gestores de riqueza muy influyentes en el mercado.”

—¿Podría hacer una síntesis de otro de sus artículos, “Unions and Relative Real Wage” (“Sindicatos y salario relativo real”)?

—En la mayoría de los países, los sindicatos tuvieron una fuerza importante, especialmente al principio, cuando ayudaron a generar algún tipo de legislación para reducir el trabajo infantil, tener un mejor salario mínimo, mejores condiciones de seguridad y este tipo de cosas. Es claro que los sindicatos son grupos que representan los intereses de sus miembros, y los intereses de sus miembros suelen ser una parte importante de los intereses de la sociedad en general. Pero hay veces en que no son de ayuda para el resto. En el nacimiento de la sindicalización de los países industriales, vemos que tendían a crecer en respuesta a un poder concentrado por unas pocas empresas en una industria. Eran una suerte de contrapeso del poder. Pero a medida que la economía creció y se ensanchó, hubo menos necesidad de ese contrapeso. Hay veinte compañías automotrices vendiendo autos en Estados Unidos, no solo las tres grandes. Comenzamos a tener mano de obra no sindicalizada en los estados del sur y de la frontera para automóviles productores de BMW y Toyota en Estados Unidos. El panorama cambió sustancialmente. Solía pensarse que los sindicatos podían obtener salarios más altos para sus trabajadores a expensas de las ganancias de las empresas. Y eso pudo haber sido cierto en el corto plazo de los primeros días de la sindicalización de la industria automotriz pero con el tiempo lo que pareciera haber sucedido es que la mano de obra sindicalizada obtuvo salarios más altos, lo que restringe la oferta de mano de obra a los sindicalizados, lo que llevó a que haya trabajadores que fueron a trabajar a otras áreas de la economía. El aumento de la oferta de trabajo allí redujo los salarios. Por lo tanto, gran parte de las ganancias provienen de otros sectores que tienen salarios más bajos. Eso no necesariamente convierte a los sindicatos en algo bueno o malo. Hay muchos aspectos para pensar. Pero para que quede claro que, en la economía estadounidense moderna, la mayor parte de las ganancias del trabajo sindical se han producido a expensas del sector privado, a expensas de los trabajadores en general en la economía, que son la mayoría de los trabajadores. Cada vez más en los EE.UU. tenemos sindicatos poderosos crecidos en el sector público, ya sean los empleados estatales o los sindicatos de maestros o cosas por el estilo. También los sindicatos de la policía se convirtieron en un tema de debate en este momento en los EE.UU. Está bien que defiendan sus derechos. Pero deben tenerse en cuenta las implicancias de su acción sobre toda la sociedad. Y algunas veces su acción tiene efectos secundarios negativos que la mayoría de la gente no hubiera ni siquiera pensado.

Michael Boskin, entrevistado por Jorge Fontevecchia para el ciclo Periodismo Puro.
ECONOMISTA jefe de la casa blanca, cuando cae el Muro de Berlín, Boskin fue actor del “fin de la historia” sin más comunismo. 

—¿La crisis del coronavirus va a generar cambios en las legislaciones del trabajo, tal como pasó después de la crisis de 1929, con la Ley de Seguridad Social de Franklin Delano Roosevelt, o la Ley Nacional de Relaciones Laborales promulgada en 1935?

—Todavía es muy prematuro. Pero me parece que sí, que habrá cambios. El coronavirus llevó a una regresión de la economía que golpea mucho aquí y en la mayoría de los países. En primer lugar, el cierre de la oferta ordenado por los gobiernos federales, las pautas sanitarias emitidas por el gobierno federal, hizo que los estados produjeran acciones. Algunos gobiernos locales fueron más estrictos, como en Nueva York. Y eso también produjo un problema en la demanda porque las personas no van a trabajar, son despedidas, se están quedando sin ingresos, y ha llevado a una gran expansión de la política monetaria fiscal, y eso es sobre todo para bien. Algunas de estas fueron mal diseñadas, pero al tener que apurar las cosas y tener que hacer un compromiso en la Legislatura, esas cosas pasan. Pero en general pienso que se hizo todo lo mejor que se pudo y no se espera que dure por mucho tiempo. Antes mencioné la Gran Depresión, cuando sucedió en 2008/9, agregamos algunas regulaciones de instituciones financieras y es probable que se hagan algunos cambios aquí. Pero este evento es más corto y está específicamente relacionado con la salud, y ya hay una red de seguridad bastante activa. Precisamente por esto, no creo que se produzca un impacto análogo al de la Gran Depresión. Si resulta que hay una gran segunda ola y aparecen otros problemas, podrían aparecer otro tipo de legislaciones. También es muy probable que varíe la legislación si hay un cambio en las elecciones de este año. Si Joe Biden se convierte en presidente, si los demócratas toman la Cámara de Representantes y el Senado, impulsarán una política social más amplia. Aprovecharán la oportunidad, no solo como respuesta al coronavirus.

“La mejor política es tener un plan para controlar la deuda una vez que se salga de la crisis.”

—La introducción del impuesto negativo propuesta por la política británica Juliet Rhys Williams en la década del 40, y más tarde por el economista estadounidense de libre mercado Milton Friedman, ¿es posible hoy?

—Creo que sería una buena idea reemplazar el impuesto negativo sobre la renta, e incorporar programas bien implementados. Es difícil hacerlo, así que no soy optimista, pero lo haremos. Creo que lo que tendemos a hacer es agregar programas de alimentación además de los que ya existen, y es difícil de resolver porque hay intereses para proteger esos programas. La mayoría de los programas que existen podrían dirigirse mejor hacia las personas que los necesiten. Con un gasto gubernamental aún menor, podríamos ayudar a mucha más gente que ahora. Pero eso ha sido algo muy difícil de hacer. Nuestro proceso político actuó agregando nuevos programas en lugar de reorganizar los programas que surgieron en respuesta a situaciones económicas o demográficas muy diferentes que surgieron hace muchas décadas. El sistema político encontró un camino de menor resistencia en el hecho de agregar programas, en lugar de reorganizarse, modernizar, informatizar, eliminar la duplicación y orientarlos mejor hacia las personas que realmente los necesitan.

—Hoy en día, en Argentina hay una discusión respecto a aplicar un impuesto especial para las 12 mil personas más ricas, como una contribución para aliviar la crisis del coronavirus. ¿Qué opina usted de los impuestos sobre el patrimonio?

—No soy fanático de los impuestos a las ganancias. La mayoría de los impuestos sobre el patrimonio son sobre la renta de capital. Puede parecer que es una cantidad muy pequeña, pero si se está ganando un 6% sobre su dinero y tiene un impuesto del 2% sobre cuerpo, eso es un impacto enorme sobre el retorno de sus inversiones. Comprendo el deseo de tener un sistema tributario más progresivo, y de recaudar fondos para hacer cosas buenas. A veces esos programas gubernamentales funcionan; pero a veces no, a veces son mal dirigidos o están sujetos a demasiada burocracia. Sé que tienen ese problema en Argentina, al igual que nosotros en los Estados Unidos, se presenta en todas partes. Lo mejor sería tener un impuesto al consumo progresivo en lugar de un impuesto a la riqueza, y hay muchas maneras de hacerlo. Una forma podría ser imponer un impuesto sobre la renta, que es progresivo pero que permite a las personas deducir los ahorros sobre las inversiones que hagan. Así, cuando vuelve el dinero a la economía, se evita la doble imposición. Si pagan más impuestos por lo que consumen, se benefician personalmente en lugar de contribuir a la sociedad e invertirlo y devuelven el dinero a trabajar en la economía

“Algunas compañías y plataformas tienen mucho control sobre la libertad de expresión y la privacidad.”

—Thomas Piketty propuso un fuerte impuesto a la herencia como una forma de mejorar la distribución desigual del ingreso.

—No estoy de acuerdo. Muchos de sus argumentos y gran parte de sus datos no resisten el escrutinio de la profesión económica. Pero en algo tiene razón: denotar la creciente desigualdad. Algunos de mis amigos conservadores no quieren admitir eso, pero es un hecho incontrastable y que se da en muchas partes. Lo principal que sucedió es que la tecnología reemplazó a ciertos tipos de trabajadores y empleos y esas personas debieron ser reasignadas. Hay trabajos que terminan y mucha globalización, con el consiguiente beneficio para el comercio; la apertura de China y de la antigua Unión Soviética sumó muchos trabajadores adicionales al grupo de trabajadores que podrían producir bienes comercializados, lo que devino en una presión a la baja sobre los salarios y la seguridad laboral de muchos trabajadores en el resto del mundo. Si recordamos, los países comunistas solían comerciar entre sí, no usaban las reglas del comercio mundial, involucraron mucho trueque. Cuando eso todo colapsó, se agregaron muchos más trabajadores. Cuando aumenta la oferta de algo, su precio baja. Tenemos una mayor oferta de mano de obra relativamente menos calificada y, en algunos casos, mano de obra calificada y más mano de obra menos calificada. Y eso ejerció mucha presión en otros sectores, ya sea en América del Norte, Europa, América del Sur, como en otras regiones de Asia. Es un problema con consecuencias políticas. Si se observa al mundo entero y vemos la distribución del ingreso en todo el mundo y tratamos a cada persona o cada hogar en el mundo, la desigualdad disminuyó sustancialmente porque los ingresos aumentaron en muchos países pobres. Una de las cosas que la gente olvida es que este movimiento hacia una sociedad más capitalista en los antiguos países comunistas y, en general en el mundo, redujo la pobreza extrema. Hemos logrado enormes avances en los últimos veinte o treinta años en cuanto a la reducción extrema a nivel global. En general, analizando todos los países capitalistas, uno observa que la desigualdad se amplió. Y eso obviamente es importante en sí, por el bienestar de las personas que lo padecen. Pero también por sus consecuencias políticas: cómo se vota, cuáles son sus intereses y cuáles son sus demandas, y cuáles el Estado está dispuesto a aceptar. Eso se ha convertido en un gran problema.

“Quedará en la memoria de la gente la necesidad de contar con ahorros para casos de emergencia.”

— Profesor, usted condujo la Comisión Boskin, designada por el Senado de los Estados Unidos en 1995 para estudiar posibles sesgos en el cálculo del índice de precios al consumidor. ¿Qué efecto tendrá en la inflación la generación de liquidez que todos los bancos centrales están produciendo para combatir la recesión generada por el coronavirus? ¿Por qué no hubo efecto inflacionario en 2008 y 2009 con esa liquidez generada para combatir las crisis hipotecarias?

—Los economistas saben desde hace mucho tiempo que es difícil medir una crisis. Tendemos a pensar que debería ser algo fácil. Vamos a un supermercado, vemos el precio de la carne o sabemos el valor del alquiler que tenemos que pagar. También vemos los precios en la Bolsa de Valores. Parecen cosas tangibles. Pero si se entra a una gran tienda en Estados Unidos, un Walmart, incluso un gran supermercado, tendrían cincuenta, sesenta, setenta mil artículos con precios que son todos distintos. En el transcurso de un año, tal vez el diez o veinte por ciento de artículos tuvieron cambios importantes; o el cinco o seis por ciento pueden haber desaparecido: al mismo tiempo, aparecieron muchos nuevos; tampoco faltan los que parecen nuevos y en realidad están mejorados por el marketing. Cambia el packaging, tal vez cambiaron el color, podría ser más sustentable en términos ambientales, necesitar menos mantenimiento o cosas por el estilo. Así que dividimos esto en una variedad de tipos de sesgos que podrían existir e intentamos explorar históricamente lo que parecían mostrar los datos. Y entonces hubo lo que alguien llamó un sesgo de sustitución clásico: si el precio del pescado fresco sube, tal vez alguien lo sustituirá por pollo de forma temporal o permanente. Sustituirán un bien por otro para amortiguar parcialmente el daño del aumento de precios. Y la forma en que se desarrollaron nuestros índices de precios, que tenían una tradición muy antigua de solo medir los precios y tomar el cambio porcentual con algo de peso, ignoraba el cambio en lo que compró la gente. Eso se llama sesgo de sustitución. Luego hubo todo el cambio de calidad real que se produjo en los productos. La computadora con la que estoy hablando ahora habría sido considerada una súper PC hace veinte años en términos de su capacidad y velocidad. Hay más en cualquier smartphone que en la primera computadora personal que tuve, allá por 1980. Muchas cosas son ahora más eficientes en términos de energía o requieren de menor mantenimiento. La mayoría de los autos, por ejemplo. Entonces, si el precio se mantiene, pero la calidad mejora, eso no se termina de reflejar: se supone que el precio se mantuvo, en lugar de considerar que bajó, ajustado por la calidad. También surgen nuevos productos y, cuando aparecen en el mercado a menudo comienzan con un precio alto, que cae a medida que obtienen escala y pueden producir más, bajar los costos y extenderse en el mercado. Todo cambia, y ajustarse a lo que realmente está sucediendo en la economía es un proceso complejo. La fórmula es matemáticamente sofisticada, e interpretar los datos no siempre es sencillo. Pero los códigos de barras y las ventas online nos dan la alternativa de obtener cada vez más datos en tiempo real. Puede haber mucha parcialidad en la forma de medir la inflación. EE.UU., en particular, tiene un sistema fiscal bastante bueno. Aun así tuvimos un sesgo: si medía 2% (de inflación anual), era realmente 1%. Esto contribuyó a que la Fed (la Reserva Federal de los Estados Unidos) sepa que el objetivo bastante razonable del 2% puede estar bastante cerca del 0%. Y esto llevó a un cambio estadístico en todo el mundo porque comenzó a variar la forma en que hacían las cosas. Estuve en la Argentina en un no muy buen momento (N de R: en 2010 se citó el informe de la Comisión Boskin en las discusiones sobre la creación en el Indec de un nuevo índice que midiera la inflación). Pero en Alemania, donde como requisito del Bundesbank (Banco Federal Alemán) la estabilidad de precios estaba en la Constitución, fui testigo de su debate constitucional. En ese entonces tenían un objetivo por encima del 0% y decían que en realidad estaban bastante cercanos al 0, precisamente por el sesgo. Para que las agencias fiscales de todo el mundo se comuniquen entre sí, intenten hacer mejoras y estandaricen sus procesos, hay manuales sobre cómo hacer estas cosas, especialmente para los países en desarrollo, donde recién comienzan a tener buenos sistemas fiscales. Medir bien no es fácil. Y eso es lo que mostramos, lo que produjo consecuencias grandes: fui a Argentina con sus bonos indexados en un momento en el que teníamos muchos programas indexados por inflación, cuando asesoré al presidente Ronald Reagan, cambiamos nuestras leyes impositivas. Ahora el cambio de categoría impositiva cuando aumentan tus ingresos se ajusta por inflación. Muchos de nuestros programas de gastos, nuestra seguridad social, nuestro programa de pensiones públicas para jubilados están indexados por inflación. Probablemente estemos gastando más de lo que necesitamos y cobrando un poco menos de impuestos de lo que deberíamos. Estos errores de medición parecen bastante pequeños, pero cuando se los acumula durante un período de tiempo, durante un período de diez años, nuestra deuda nacional se transformó en 2 mil millones de dólares más de lo que debería haber sido. Desde entonces, esto se convirtió en un gran problema en la política monetaria, en un gran problema en el análisis de los programas gubernamentales, y generó un nuevo enfoque para tratar de medir los precios con cuidado. No solo se trata de medir la inflación, porque la forma en que se mide el PIB real es tomar los bienes y servicios de hoy y medirlos a precios de mercado hoy. Lo que se debe es ajustarlos para que la inflación pase del PIB nominal o el peso actual o el PIB actual en dólares al PIB real. Ha sido muy útil para los gobiernos tener una mejor idea de estos sesgos a medida que desarrollan las políticas monetarias.

Michael Boskin, entrevistado por Jorge Fontevecchia para el ciclo Periodismo Puro.
NEOLIBERALISMO. “Muchos economistas pensamos que la menor carga impositiva de los Estados Unidos hace que su economía sea más eficiente que la europea”. (Foto: Pablo Cuarterolo)

—La segunda parte de la pregunta era; ¿cree usted que la liquidez que está produciendo el Banco Central para luchar contra el coronavirus generará inflación en el futuro? ¿Por qué la expansión no produjo inflación?

—La Fed amplió considerablemente su balance general al pasar de menos de mil millones de dólares a varios miles. Fue un gran aumento, que es probable que siga. El gobierno emitirá bonos durante mucho tiempo, el presidente Jerome Powell dijo que la Fed mantendrá las tasas de interés bajas durante mucho tiempo hasta que terminen las dificultades. Es probable que exista tanto exceso de capacidad durante los próximos años, y que la mayoría del país esté preparada para enfrentar estos problemas. Es poco probable que haya un efecto inflacionario. Nuestro índice de precios al consumidor el mes pasado bajó ligeramente. Hay personas que comienzan a preocuparse por una deflación, pero si sucede sería bastante temporal. No creo que sea inflacionario, a menos que comience a obtenerse demasiada liquidez en la economía a medida que vuelva a acercarse al pleno empleo. Pero creo que es poco probable que suceda en una situación como la actual. La política actual está en generar oferta monetaria. En 2008, 2009, por muchas razones, los bancos mantuvieron gran parte del aumento de liquidez. Eventualmente pagarán intereses sobre ellos, por ejemplo. Depende de muchas cosas, incluida la forma en que el sector financiero y el sector financiero privado respondan a esto. La crisis actual es tan profunda que no generará inflación en lo inmediato.

“Es probable que la recuperación en los Estados Unidos demande dos o tres años.”

—El CEO de BlackRock, Larry Fink, afirma que le dijo al presidente Donald Trump que Estados Unidos necesita gastar en infraestructura para generar empleos a medida que el país navega el siguiente paso para rescatar la economía del coronavirus. ¿Es algo así como el Plan Marshall después de la Segunda Guerra Mundial?

—Algo en lo que muchos países no hicieron un buen trabajo es saber cómo mantener la infraestructura. A Estados Unidos le cabe esta categoría. La población creció mucho. Y a los funcionarios les gusta contar con nuevos programas, cortar cintas para mostrar que hicieron algo nuevo. Los mayores retornos tienden a estar en la reparación y el mantenimiento de la infraestructura existente. Desde mi punto de vista, hubo ideas costosas e idealistas, como la del gobernador Jerry Brown en California, que quería formar un sistema ferroviario de alta velocidad en el interior de Los Ángeles, California. Tuvo problemas de ingeniería y seguramente se espere que el gobierno federal lo pague en algún momento. Su costo se triplicó, comenzaron a perforar en las montañas de Los Ángeles y hubo problemas sísmicos. La infraestructura demostró históricamente ser un estímulo pobre. Ha habido dos grandes especialistas centrados en eso: Ed Gramlich, un ex gobernador de la Fed demostró esto en los años 70 y 80, y más recientemente Ed Glazer de Harvard. Requiere planificación, no es algo que pueda adaptarse fácilmente a una emergencia temporal. El presidente Barack Obama intentó hacer eso alegando que tenía todos estos proyectos listos para ser ejecutados y tiempo después tuvo que anunciar que no estaban listos los recursos.

“Vimos un momento de cuestionamientos y hasta abandono de principios básicos del capitalismo.”

—Profesor, la Reserva Federal anunció que había seleccionado a BlackRock como asesor de inversores y administrador de activos para multiplicar los programas de compra de deuda en nombre del banco central de EE.UU. como parte del programa de rescate. ¿Está usted de acuerdo con eso?

—No quiero referirme a empresas en particular, pero obviamente se trata de un jugador importante, uno de los administradores de activos más grandes del mundo. Históricamente, la Fed trabajaba con ellos en Nueva York. Dado el tamaño y el volumen de lo que intentaron hacer, creo que es bastante importante involucrar al sector privado. No solo como corredores de bolsa, sino para recibir consejos en esta situación tan particular. Una de las cosas que sucedieron al comienzo del coronavirus es que había una gran presión para vender activos, particularmente de inversionistas en el extranjero, para generar el efectivo que necesitaban, y eso excedía la capacidad del agente de bolsa. Lo que intenta hacer el presidente Powell es solicitar asesoramiento y asistencia para que los mercados funcionen de manera eficaz. Lo veo como un intento de mantener abierto el mercado, y eso es probablemente algo bueno para los gobiernos en general.

—Un tema de discusión en Argentina es la reacción del gobierno nacional de nacionalizar Vicentin, una de las principales empresas en el rubro de alimentos, uno de los sectores claves de la economía. Y el Gobierno argumentó que Alemania lo está haciendo, por ejemplo, nacionalizando las empresas a las que asiste. ¿Qué piensa sobre el Gobierno rescatando a empresas con problemas?

—La idea de nacionalizar empresas es muy pobre. Solo es aceptable hacerlo con compañías vinculadas sensiblemente a la seguridad nacional. Siempre es mejor que las empresas sean privadas, incluso aquellas que tienen contratos con el gobierno. Es mejor tener una buena estructura de incentivos, una mejor administración y, producir de manera más eficiente e innovadora. Y ese es el rol del sector privado. Hay emergencias extremas en las que el gobierno tiene que intervenir, aunque sea para proporcionar el capital, de modo que la empresa pueda reorganizarse virtualmente, y tomar una participación e intentar que la empresa se recupere. Si piensan en nacionalizar ante una crisis, ya deberían estar pensando en cómo van a privatizarla tan pronto como las condiciones lo permitan. Suecia en la década de 1990 nacionalizó su banca y luego la volvió a privatizar. Es deseable que el sector privado produzca, así se cumple el teorema de la mano invisible de Adam Smith. Aquello de que no es por la virtud del panadero y el cervecero que tenemos nuestra cena, no es por su benevolencia sino por su respeto a su propio interés. En el juego de los intereses de productores y consumidores se produce un costo promedio mínimo y eso hace que los recursos se asignen socialmente hacia usos valiosos. Esa debería ser la estrategia central, junto a la de la seguridad nacional. Aunque ante determinadas crisis temporales, el Estado es el único que tiene la escala suficiente para intervenir. Pero es esencial que esa sucesión temporal no se aplique indiscriminadamente ni se use para todo. En la década de 1970 y principios de los 80, México comenzó a nacionalizar. Cuando todo se hundió y quisieron sanearse, descubrieron que el gobierno mexicano tenía ¡veinte restaurantes! Caer en la idea de nacionalizar por el hecho de conservar fuentes de trabajo durante una recesión es una tentación muy grande. Hay que tener cuidado en cómo se maneja. Este tipo de intervenciones debería ser poco frecuente y debería haber un retorno a la normalidad en cuanto las condiciones lo permitan. Esperemos que sea relativamente pronto.

“En la pandemia aumentó la tasa de ahorro de la gente ante la imposibilidad de salir a consumir.” 

—Sobre BlackRock existía la idea de que Larry Fink construyó un gobierno en las sombras. La ambición del gobierno de BlackRock no es solo nacional, BlackRock actualmente gestiona las compras de seguridad de Estados Unidos en Israel. Philip Helton, quien dirigió el Banco Central suizo, es vicepresidente de BlackRock; George Osborne, ex canciller de Hacienda del Reino Unido, es asesor principal; Friedrich Merz, ex miembro de alto rango de la Cancillería alemana, fue presidente de BlackRock Alemania hasta hace un mes, cuando renunció para concentrarse en su campaña para reemplazar a Angela Merkel como canciller. En México, BlackRock administra el fondo de pensiones del país y también tiene contratos de seguridad con comisiones europeas para asesorar sobre el proyecto de integración del cambio climático con las regulaciones de los bancos europeos. La pregunta es: ¿los fondos de inversión tienen hoy más influencia que los bancos centrales?

—Es un buen punto. Hay algunos no-bancos que se han convertido en gigantescos gestores de riqueza muy influyentes en el mercado. BlackRock quizás sea el más importante de ellos. Hay muchos otros grandes fondos importantes pero que no tienen los activos que están bajo el control de BlackRock. Esto es algo esencialmente bueno: Pero hay que decir que tienen un conjunto diferente de regulaciones que las de los bancos. Los bancos se encuentran bajo presión desde la crisis financiera de 2008. Luego de la recesión tienen un crecimiento mucho más lento respecto del crecimiento de la economía. Se les pedían requisitos de capacidad, mayores índices de liquidez suplementaria, todo tipo de otras cosas. Por lo tanto, los activos bancarios crecieron muy lentamente, mientras que los fondos crecían con rapidez. El poder en el mercado es lo que da influencia. En los Estados Unidos hemos tratado de tener un sistema que limite el desbordamiento del sector financiero a la política. Pero tienen mucha experiencia, hacen mucho lobby, muchas gestiones de activos, mucho asesoramiento, creo que tienen mucho bagaje detrás de sí. En ocasiones, el CEO de BlackRock parece un dirigente político o social. Me gustaría que haya menos vínculo entre el poder político y el financiero. Algo similar ocurre con las empresas tecnológicas. Algunas compañías y plataformas tienen mucho control sobre la libertad de expresión, la sensibilidad y la privacidad. Este tipo de problemas se está convirtiendo en una gran preocupación en los Estados Unidos. También en Europa. Pero ellos se están moviendo desde hace más tiempo para regularlo.

“Luego de tres meses, la gente se puede replantear qué es lo que realmente necesita consumir.”

—¿Esta podría ser la mayor depresión económica en la historia, incluso peor que la de 1929?

—Creo que no. Seguramente vamos a tener un par de trimestres horribles a los que siga una modesta recuperación, esa es la perspectiva. Espero que sea más rápido que eso, pero creo que hay mucha incertidumbre sobre cuán seguras se sentirán las personas en el momento de enviar a sus hijos de regreso a la escuela, sobre cuán seguras se sentirán cuando les digan que deben volver al trabajo hasta que los testeos sean mucho más precisos y disponibles, hasta que tengamos mejores medicamentos, incluso una vacuna. Pareciera que hay noticias alentadoras en esa línea, pero aún no contamos con ella. En el verano del Norte se avanza hacia pruebas y ensayos clínicos de fase 3. Si eso ocurre y lo hacemos más rápido de lo que la gente espera, muchas más personas se sentirán cómodas para volver a trabajar, con el consiguiente beneficio para la economía. La Gran Depresión fue aún peor porque no solo fue tan severa en su contracción sino que duró mucho tiempo. En 1939 la tasa de desempleo seguía siendo del 18%, habiendo llegado hasta casi el 25% en el punto más bajo de la recesión en 1933. Comenzó en 1929, bajó, hubo una recuperación moderada, hubo una recesión modesta en 1937, 1938. Duró mucho tiempo. No puedo decir con certeza que pasará, porque no sabemos cuáles serán los efectos sobre la salud ahora que estamos reabriendo. ¿Se pueden generar nuevamente demasiados casos que resultarán en gran cantidad de internaciones que invadirán los hospitales y tendremos que empezar de nuevo?, ¿habrá una segunda ola en otoño e invierno? ¿Desafortunadamente afectará a los países del hemisferio sur y luego mutará y volverá aquí el próximo año? No sabemos nada de todo eso. Todo lo que podemos hacer es prepararnos para diferentes escenarios. Pero es poco probable que sea tan grave como la Gran Depresión. Será una caída abrupta. Pero no durará mucho tiempo.

“A veces, los sindicatos tienen un efecto negativo secundario sobre la sociedad que muchos desconocen.”

—Profesor, ¿cree usted que la crisis del coronavirus exige una política general de perdón hacia las deudas de los países menos ricos?

—Es claro que hay países pobres con problemas de deuda, lo que se ha convertido en un problema a medida que el dólar se fortalece. Hay muchos gastos adicionales que surgen al hacerles frente a los problemas de salud en muchos países pobres. Argentina es un país de ingresos medios, no es un país de bajos ingresos, pero existen países de bajos ingresos con una atención médica muy poco desarrollada. Los sistemas e incluso la logística de propagación de medicamentos y cualquier vacuna que finalmente esté disponible será un desafío. Pero está claro que los países más ricos deberían hacer lo que puedan para ayudar a los más pobres, desde una base humanitaria.

Michael Boskin, entrevistado por Jorge Fontevecchia para el ciclo Periodismo Puro.
EL FONDO BLACKROCK. “Larry Fink a veces parece más un dirigente político que un financista. Me gustaría que la relación entre el poder político y las finanzas sea más distante”. (Foto: Pablo Cuarterolo)

—El premio Nobel Joseph Stiglitz advirtió sobre una ola de incumplimientos y solicitó la condonación de la deuda para las naciones más pobres.

—Creo que habrá problemas para las naciones más pobres, que empeorarán. Joseph es un viejo amigo y coautor mío, enseñamos juntos cuando estaba en Stanford. Pero creo que es demasiado pronto para decirlo, creo que habrá alguna necesidad de una negociación más fluida de la deuda. Argentina viene negociando con sus acreedores. Cuando estaba en la Casa Blanca, tuvimos un problema análogo: a veces el problema se llamaba América Latina, a veces el nombre era deuda del Tercer Mundo. Los bancos estadounidenses habían prestado mucho dinero a América Latina. En la década de 1980 se corría el riesgo de que el presidente de México Miguel de la Madrid no pudiera pagar la deuda soberana de su país, por lo que los bancos tenían toda esta deuda. Si intentaban venderla, solo obtendrían 20 centavos por dólar y serían insultados. Y eso finalmente se resolvió como el “bono Brady”, elaborado por nuestro secretario del tesoro Nick Brady. Desarrolló un instrumento financiero que incluyó un ajuste modesto, un modelo de pago de deuda y un período de pago más largo que permitió que el sector privado y los acreedores oficiales se unieran con los países y pudieran cancelar una parte importante de la deuda. Pero no es apropiado un perdón. Es una medida demasiado extrema, y crea muchos problemas en el futuro funcionamiento de las economías y sociedades.

“Muchos de los argumentos de Thomas Piketty no resisten un análisis económico serio.”

—Argentina hizo una oferta de reestructuración de su deuda externa que no fue aprobada por los acreedores. ¿Podría Argentina ser utilizada como laboratorio por los acreedores frente a cierta reestructuración general de la deuda después del coronavirus?

—Podría establecerse un antecedente. Sería natural suponer que estén preocupados por el tema, de la misma manera que Angela Merkel se preocupó cuando Gran Bretaña salió de la UE. ¿Eso incentivaría a otros países a abandonar la UE? Quienes prestan están preocupados y tienen un rol importante en la cuestión y muchos intereses en juego. Renegociarán contratos solo en circunstancias extremas. En ese caso sí lo harán.

 

—¿Qué recomendación le haría al Ministerio de Economía argentino a la hora de renegociar la deuda con los acreedores privados?

—El Gobierno tiene que determinar con qué puede vivir Argentina y con qué no. Un acuerdo demasiado opresivo se tornaría rápidamente inviable. La propuesta argentina sobre la deuda tiene que ser parte de un plan general que incluya un presupuesto viable. Ahora es un momento difícil para planificar debido a toda la incertidumbre dada por coronavirus y la recesión global. Pero el comienzo de la solución consiste en tener un enfoque sensato, que es lo que puede llevar a un buen resultado final. Argentina tiene que poder vivir con lo que acuerde, que no se ponga dentro de una camisa de fuerza. Pero debe ser consciente de que la otra parte tiene necesidades análogas.

“A los funcionarios les gusta cortar cintas y hacer inauguraciones para mostrar que hicieron algo.”

—Argentina también tiene una enorme deuda con el FMI. ¿Es decisiva la influencia de los EE.UU. en el Fondo?

—Creo que eso es una exageración. Pienso que EE.UU. tiene influencia. Es la economía más grande del mundo, una gran parte del FMI, uno de los países que lo creó, pero hay otros que inciden. Además hay profesionales en el equipo del FMI que trabajan de cerca y conocen las necesidades de cada país. El FMI varió a lo largo de los años desde su misión original de ayudar a ajustar y equilibrar la crisis de pagos hasta convertirse en un prestamista de emergencia con mejores condiciones y más rápido que el resto del mercado. Existe una discusión sobre si eso es bueno o malo, pero en la situación actual ciertamente es un vehículo que se utilizará para aliviar parte de la carga y proporcionar un poco de alivio, que funcionará como un puente. No creo que sea una buena idea abusar del recurso, pero sí sirve aprovechar que está disponible durante una crisis. Estados Unidos está en el Fondo Monetario Internacional, al igual que otros países. Como saben, el jefe del FMI es tradicionalmente un europeo, mientras que el número dos es casi siempre estadounidense, el economista jefe es el subdirector gerente. Un par de alumnos míos estuvieron muy involucrados, uno de los cuales fue economista jefe y eventualmente se convirtió en jefe del FMI cuando la institución tuvo un escándalo y alguien tuvo que renunciar. Así que creo que es una exageración decir que el FMI es una herramienta de la política estadounidense. El FMI tiene una misión que es amalgamar el interés de los miembros y los directores ejecutivos, que forman una junta que brinda orientación. Además, tiene un personal que implementa los programas, especialmente los de préstamos, que siempre se basan en lo que se considera un consenso de buena economía.

“Si piensan en nacionalizar ante una crisis, ya deberían estar pensando en cómo van a privatizarla.”

—El último presidente de Argentina, Mauricio Macri, fue recibido por la comunidad global como alguien que asesinaría al populismo, mientras que los inversores internacionales le permitieron a Argentina pedir prestado mucho, luego el FMI la rescató, presentó una proyección económica completamente inexacta, por lo que el país cayó más profundo en la estanflación. ¿Cuánta de la responsabilidad por el colapso argentino es de los acreedores privados del FMI?

—Cuando suceden estas cosas, lo más fácil es culpar a las fuerzas externas. Y si bien el FMI puede haber impuesto condiciones demasiado rígidas se puede argumentar que eso tuvo parte de la culpa. Pero la necesidad de acudir al FMI y la de buscar apoyo externo se derivan de decisiones tomadas en cada país. La clave está en controlar las finanzas y resistir el dolor que eso puede producir en el corto plazo. Es una estrategia que reditúa. A veces, la excusa del FMI funciona bien para sanear las finanzas. Pero a veces también se convierte en una excusa para no sanearla e igual echarle las culpas al organismo internacional. No se pueden hacer generalizaciones. En el caso de Argentina, ciertamente no soy un experto, pero cuando miro la información disponible veo que todos se echan la culpa de todo.

“La oferta de mano de obra excesiva tiene incidencia en la baja salarial y el aumento de la desigualdad.”

—En “Private Saving and Public Debt” (Ahorro privado y deuda pública) usted describió cómo la deuda pública no deja de crecer. ¿Cree que es manejable, o teme un posible colapso financiero global en el futuro debido a su aumento?

—Es importante distinguir los efectos a largo plazo de la deuda, el exceso de deuda, y la deuda que crece rápidamente y se eleva demasiado y el fuerte ajuste que tendrá que venir más tarde y los impuestos más altos que incluso podrían producir una crisis financiera. La expansión de la deuda a corto plazo es algo natural en una recesión profunda en la que caen los ingresos y aumentan las necesidades de gasto para apoyar a las personas de diferentes maneras, incluido el seguro de desempleo, particularmente en Estados Unidos. Así que estoy más tranquilo respecto de la acumulación de deuda cuando los propósitos para los que se usa tengan sentido a corto plazo. Pero la mejor política es tener un plan para controlar la deuda una vez que se salga de la crisis. Y uno de los problemas que hemos tenido es que muchos países acumularon una gran deuda después de la crisis financiera de 2008-2009 y nunca controlaron su expansión, aunque sea de manera gradual. No tiene que ser abruptamente, pero no han podido frenar el crecimiento del gasto y lograr que el gasto y los impuestos estén en equilibrio, y eso los dejó muy mal preparados. Por fortuna las tasas de interés tan bajas contribuyen. Pero a veces se agrega deuda, cuando tras un bono de un año se debe emitir otro para cubrir su vencimiento. Un proceso que sigue y sigue después. Eso obliga a aumentar los impuestos para pagar la deuda. Así que ahora estamos en un bajo costo de servicio de las deudas debido a la crisis financiera global y un exceso de liquidez de los bancos centrales. Es probable que continúe por un tiempo. Esperaría que la Reserva Federal mantenga las tasas de interés bajas durante al menos otro año y medio, dos años. Pero en algún momento las tasas aumentarán. Puede ser dentro de tres años, tal vez dentro de cinco o diez años. Cuando las tasas aumentan, el costo de mantener esa dinámica se vuelve bastante pesado. Y eso significa que habría que recortar otros gastos, aumentar los impuestos, o tener una crisis financiera o alguna otra interrupción importante en la sociedad. Muchos sistemas políticos están orientados mucho más hacia los beneficios a corto plazo y a no preocuparse tanto por los de largo plazo. Me preocupa la acumulación de deuda, pero no ahora en una crisis. Lo que me preocupa es que no haya un plan para tratarlo.

“Se exagera cuando se habla de la influencia de los Estados Unidos en el FMI.”

—¿Cambiará el equilibrio de poder entre China y Estados Unidos?

—China fue una potencia en ascenso económico y, en cierta medida, militar. Ya era un jugador importante en el escenario mundial en las últimas décadas. Es una gran nación comercial, es un gran centro de fabricación y de ensamblaje de piezas de otros países. Es lo que sacó a un tercio de la población china de la pobreza extrema, lo cual es algo bueno. Sin embargo, preocupa la dirección de China, su concentración de poder, la aparente desaceleración en la liberalización económica, y especialmente política. Es la causa de que muchas naciones reconsideren su situación con respecto a China, ya sea si se han vuelto demasiado dependientes o si parecen más rivales que socios. Pero creo que China será un jugador importante durante mucho tiempo. En mi opinión, y es posible que no sea compartido por todos, incluidas las personas en América Latina, Estados Unidos ha sido, en general, un líder benevolente en las últimas décadas. A veces se ha desviado, pero no tuvo actitudes de colonización, por ejemplo. No veo el ascenso de China como algo que inevitablemente conduzca a un conflicto severo entre los EE.UU. y China. Todavía hay oportunidades para que las dos naciones trabajen juntas de manera constructiva. Todos, desde los activistas de derechos humanos hasta la comunidad de seguridad nacional y la comunidad empresarial, sienten que hay robo de propiedad intelectual o que no pueden operar en China bajo las reglas normales del comercio mundial. China tuvo un tratamiento preferencial por algunos organismos internacionales y no siempre se atuvo a las reglas. Todo eso cambiará gradualmente, los dos países encontrarán mejores formas de cooperar con límites claros que no deben cruzarse, y veremos si eso será aceptable y el resto del mundo se adaptará a esto. Hay cosas buenas y malas en el auge de China. Los chinos determinarán muchas de esas cosas y los otros países del mundo también, y tenemos que cruzar los dedos para que no suceda lo que los pesimistas piensan.

“Es poco probable que sea inflacionario el efecto de las medidas que se están tomando.”

—La historia señala que, en el pasado, cada vez que un rival en rápido crecimiento emergía frente a un poder geopolítico dominante terminaba en guerra. Esto sucedió en 16 casos de los veinte ejemplos. ¿La crisis del coronavirus aumenta las posibilidades de que la guerra comercial entre Estados Unidos y China pueda terminar en una guerra real?

—Su pregunta alude a lo que los especialistas llaman “la trampa de Tucídides” (N. de la R: alude a la hipótesis formulada por Graham Allison). Tucídides es el gran historiador griego que relató la guerra del Peloponeso, entre Esparta y Atenas. Tomó exactamente la línea que dijo: ese poder establecido y un choque de poder en aumento. Algo que se repitió varias veces y llevó a mucho caos. Pero no me parece un escenario inevitable. Segundo, hay que reconocer que existen tensiones y posibles conflictos. Soy cautelosamente optimista en que nunca se acercará a algo como una guerra. Veo un escenario más complejo en lo que sucede en el mar del Sur de China con los vietnamitas. También hay una situación compleja con India en el Himalaya. Debemos estar atentos, debemos ser conscientes de los problemas y tratar de ser constructivos en la relación de todos con China, pero con los ojos abiertos sobre lo que están haciendo, cuáles son sus intenciones y cuáles son los riesgos.

“Si Argentina llega a un acuerdo muy opresivo, se tornaría inviable pagarlo.”

—Usted fue el jefe de asesores cuando se derrumbó el comunismo. El comunismo colapsó económicamente a fines de los años 80. ¿Un Partido Comunista, en este caso el de China con el capitalismo, ganaría en una guerra contra Estados Unidos en el siglo XXI?

—Si la guerra fuera económica, no. Y espero que no haya un conflicto militar, es poco probable, pero lamentablemente es posible. Creo que China está comenzando a tener debilidades en algunos de sus sistemas expuestos. Hay un exceso masivo de capacidad en muchas industrias: cemento, acero. Tienen una necesidad desesperada de encontrar más y más empleos para más y más personas que migran de las áreas rurales a las ciudades. Por lo tanto, hay mucha incertidumbre. Hay muchas protestas en China. No se escucha tanto sobre ellas, pero están muy documentadas. Tienen algunos problemas serios, y obviamente son un país poderoso muy grande, pero no veo esto como una guerra económica. No creo que eso requiera necesariamente que China se convierta en una democracia parlamentaria como Canadá. Hay una concentración de poder que el presidente Xi ha conseguido y solo el tiempo dirá cuál es el límite de esa expansión. Pero en este momento parece que China va a seguir un modelo capitalista de Estado (que a Deng Xiaoping le gustaba llamar socialismo con características chinas), aunque creo que son conscientes de que el poder económico proviene de la apertura de la economía. Muchas de las empresas estatales siguen siendo muy ineficientes, hay mucha deuda en los gobiernos locales y en el sector inmobiliario, en el sistema bancario. Tienen un sistema de seguro social muy inmaduro, acaban de comenzar por ese camino, por lo que tienen mucho que lograr internamente. El Partido Comunista dirige China, pero las reglas comerciales terminarán ajustándose. Muchos términos comerciales se ajustarán de manera bilateral y regional, y creo que China tiene un gran interés en continuar permitiendo que su sector privado se expanda y participe en la economía global. Hubo un paso inicial modesto con la primera fase del acuerdo comercial que negociaron Donald Trump y Xi Jinping. Ya no se puede ignorar a China. Estados Unidos seguro que no puede hacerlo. China tendrá que lidiar con esa realidad y tendrá que cambiar cosas: cómo se ocupa de la propiedad intelectual, cómo se ocupa de las empresas multinacionales, las reglas comerciales que cumple. Podemos ayudarla sin exagerar las tensiones.