No es fácil crecer con un apellido que ya fue pronunciado demasiadas veces en televisión, casi siempre con urgencia, como si cada sílaba cargara una viejas crisis. Pero tampoco es tan difícil: basta con cambiar de escenario. Pasar del país al cuerpo, de la política a la superficie, del discurso al gesto.
Abril Duhalde entendió eso –o algo parecido– bastante antes de que alguien se lo explicara. Empezó a modelar a los 8 años, cuando todavía no había diferencia entre jugar a ser otra y serlo de verdad. Después vinieron los años largos, los castings, la repetición casi mecánica de una sonrisa que no siempre coincidía con las vivencias del día. Diecisiete años en ese mundo: campañas, desfiles, videoclips, estudios de televisión, una continuidad que no se nota desde afuera, pero que se siente como un entrenamiento silencioso.
En algún momento –no hay fecha exacta para esas decisiones– eligió estudiar diseño de indumentaria. Como si no alcanzara con habitar la imagen: también había que entenderla, cortarla, coserla, corregirla. Aprender que toda superficie tiene un reverso.
Después apareció la televisión, ese lugar donde todo parece espontáneo y sin embargo está calculado. Fue azafata en un programa de entretenimiento –ese rol extraño donde una persona es a la vez figura y decorado– y ahí su cara empezó a repetirse en las casas de otros, que no sabían nada de ella salvo que estaba ahí, quieta, disponible, correcta.
Las redes hicieron el resto: una versión de sí misma más nítida, más constante, más controlada. Fotos en la playa, en estudio, en ropa mínima o en vestidos pensados para durar lo que dura una imagen en pantalla antes de ser reemplazada por otra igualmente duradera. Decenas de miles de seguidores que no la conocen, pero que la reconocen de inmediato.
El parentesco no es una línea recta sino una especie de eco: se repite, se deforma, llega más tarde y más bajo. En el caso de Abril Duhalde, ese eco viene de Eduardo Duhalde, un apellido que todavía arrastra una densidad particular, como si estuviera hecho de otro tiempo, uno donde todo parecía más definitivo.
No es su nieta directa –aunque muchos titulares prefieran esa versión más simple– sino sobrina nieta: una distancia lo suficientemente corta como para que el apellido siga pesando, y lo suficientemente larga como para que ese peso ya no sea una condena sino una herencia abstracta. Algo que se menciona, pero que no organiza la vida.
En la Argentina, los apellidos políticos funcionan como marcas de origen, casi como coordenadas. Decir “Duhalde” todavía remite a la transición, a 2002, a la salida forzada de un abismo económico que quedó fijado en la memoria colectiva. Pero ese pasado no es una experiencia para ella, sino un relato heredado, contado por otros, visto en archivos, repetido en sobremesas.
Hay algo curioso en ese vínculo: mientras el apellido remite a una época de crisis, su presente está construido sobre la exposición, la estética, la superficie. Dos formas muy distintas de visibilidad. Una ligada al poder, la otra a la imagen.
Y ahora la corona. Miss Universo CABA 2026. Un objeto pequeño, brillante, que en realidad funciona como un dispositivo narrativo: permite ordenar todo lo anterior, darle sentido retrospectivo. Como si cada casting fallido hubiera estado esperando este momento para justificarse.
Y ahora el certamen nacional Miss Universo Argentina. Dice que quiere representar bien a la ciudad, que va a darlo todo para llegar al certamen internacional. Lo dice con esa mezcla de convicción y frase aprendida que tienen las misses, como si el lenguaje también fuera parte del entrenamiento.
El 25 de mayo será la final nacional. Otra instancia, otro escenario, otra posibilidad de seguir avanzando hacia algo que siempre está un poco más adelante: Puerto Rico, noviembre de 2026, el concurso global donde cada país envía una versión resumida de sí mismo. Pero eso es después.
Por ahora alcanza con esta imagen: una chica que jugaba a ser princesa frente a un espejo –maquillaje torcido, coronas improvisadas– y que muchos años más tarde, sin haber dejado del todo ese juego, logra que alguien le diga que sí, que esta vez la corona es real. O lo suficientemente real como para que importe.
El apellido queda atrás, como un ruido de fondo que ya no interrumpe. No desaparece –eso nunca pasa– pero pierde centralidad. Se vuelve apenas una nota al margen, un dato que alguien menciona cuando ya no es necesario.
Lo demás es insistencia. Y una forma bastante precisa de sostener la mirada.