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SOCIEDAD / tras conocerse casos en argentina y el mundo
sábado 7 diciembre, 2019

Plantean cambios de hábito en el yoga por denuncias de abuso

La entrega que supone, aseguran instructoras, “puede lavar el cerebro” ante esas situaciones. Proponen el contacto consentido y protocolos de conducta.

por Clara Fernández Escudero

Guru. En EE.UU., Bikram Choudhury inventó el hot yoga y generó una revolución. Hoy, varias ex alumnas cuentan cómo las violó. Foto: netflix
sábado 7 diciembre, 2019

“El yoga no es una actividad física, es una filosofía de vida. Y, como tal, una llega a ella y entrega la llave de su conciencia, de su espíritu, de su alma”. La frase, casi palabra por palabra, pertenece a tres instructoras de esa práctica milenaria que cuentan, cada una desde su lugar, por qué es posible que sucedan los casos de abuso que, desde un gurú “de las estrellas” en Estados Unidos hasta algunos maestros locales, pasando por yoguis de las más variadas nacionalidades y edades, se han denunciado en distintos países del mundo, incluida la Argentina.

En los últimos años, de la mano de la fuerza que los movimientos de mujeres han generado en distintos ámbitos en todo el mundo, esas voces se están alzando también en el yoga, y están planteando cambios de hábito y herramientas para que tanto ellas como los hombres –que, según las profesionales, también sufren acosos y abusos tanto físicos como psicológicos– puedan aprender a detectar, prevenir y hasta escapar de esas situaciones; y elaboran nuevos códigos sobre cómo plantear el contacto y los ajustes –las modificaciones físicas que el profesor puede ejercer sobre el alumno para ayudarlo a conseguir la asana (la postura) que se trabaja–, contribuyendo a un entorno más cómodo y protegido. El estreno del documental Bikram: yogui, gurú, depredador, en Netflix, pone palabras a algunas de esas víctimas y rostro a uno de esos maestros “que usan el poder del yoga para manipular, dominar y hacer el mal”, como dice una de las entrevistadas (ver aparte). Pero en el país, son muchas las que están rompiendo con esos espacios de abuso. El año pasado, primero en redes y luego con encuentros presenciales, distintas mujeres se agruparon y armaron espacios para acompañarse en el trance de animarse a hablar. “A partir de los encuentros han aparecido otras que aún no se animan a hacer la denuncia judicial pero nos escuchamos entre todas”, cuenta Clara, una instructora que fue víctima de un maestro y cuya causa está en pleno desarrollo, y que formó a través de Facebook un movimiento al que bautizó Basta de Abusos en el Yoga. También existe otro, denominado Yoguinis Organizadas. “Hay un abuso de poder que empieza desde lo sutil. Una vez que te das cuenta, lo das vuelta; pero cuando estás en esa entrega, es muy difícil. Es un acto de entrega de fe, de trascendencia como persona”, explica. En las reuniones, dan herramientas sobre cómo distinguir situaciones de abuso: “Contamos las bases del yoga, que son la no violencia, el respeto, los valores”, explica. “Y a partir de allí, logramos darle a quien necesita posibilidades de identificar si esto no se está cumpliendo en sus prácticas”, agrega.

“Lo que yo trato de hacer es separar la práctica del afecto y la intimidad, porque el desarrollo de las prácticas implica algo muy íntimo: seguir la respiración, etcétera. Pero trato de no ser verticalista, de guiar y de no imponer, y tratar de reconocer el lugar en el que me pongo cuando doy clases; igual que cuando las tomo”, explica Marcela Estévez, instructora que se preparó en distintas escuelas de India pero que también sufrió situaciones de abuso con uno de sus maestros en Buenos Aires.

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Herramientas. En otros países, como Estados Unidos, las grandes escuelas están implementando fichas que cada alumno/a rellena antes de comenzar sus clases, en las que marca si quiere o no que se le realicen correcciones o “ajustes” físicos durante las posiciones. Aquí aún falta, pero sí hay más conciencia por parte de las instructoras –que en su mayoría son mujeres, “al menos en la Ciudad de Buenos Aires”, según ratifica Estévez– de no establecer contactos innecesarios que puedan incomodar a quien practica. “Si uno va a practicar solamente, no debería existir casi el contacto físico entre instructor y alumno”, asegura la instructora de Basta de Abusos en el Yoga. “Uno puede marcar con un pie, con un pequeño toque en la espalda”, dice. Y ejemplifica: “Son los mismos cuidados que tienen las maestras jardineras; más es violar directamente el espacio personal”.

Para la actriz Bárbara Lombardo, que también se formó como instructora de yoga pero en el exterior del país, “los grupos de estudio donde uno va a restaurar el cuerpo y la mente, a encontrar tranquilidad y cierto alivio, en donde uno se entrega con confianza a un profesor que ‘sabe más que uno’, en general cumplen con todos los requisitos para transformarse en trampa perfecta”. Por ello, considera que “más que que la alumna o alumno firme cartas de consentimiento autorizando al profesor a tocarlos durante la práctica, me concentraría en redactar protocolos públicos de conducta y ética para los profesores”, asegura.

Escándalo a flor de piel

Bikram: yogui, gurú, depredador es el documental que llegó a Netflix para desenmascarar al hombre que hizo famosa esa disciplina en todo el mundo, un tipo de yoga con una secuencia de 26 posturas exigentes y que se hace en una sala a 40 °C.

Una disciplina con que el indio Bikram Choudhury levantó un imperio multimillonario no solo sobre el sudor, la devoción y el dinero de sus seguidores, sino también apoyado en el control, la manipulación, el abuso sexual, según revelan varios testimonios que aparecen en el documental.

La directora australiana Eva Orner empezó a trabajar en este filme a comienzos de 2017, solo un par de meses antes de la explosión del escándalo Weinstein y la aparición del movimiento #MeToo. Imperdible.


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