lunes 06 de febrero de 2023
TEXTUM José María Salaverría

El divino silencio de Montevideo y el derecho al amor

José María Salaverría (Vinaroz, 1873 - Madrid, 1940) es lo que se puede llamar “un escritor olvidado”. Quizás porque en sus últimos años tuvo la controvertida idea de sumarse al ala más rancia y autoritaria del nacionalismo español. Sería, en cierta forma, un autor “cancelado”, aunque más que nada por el paso del tiempo. Sin embargo Salaverría llevó una vida -más allá de sus ideas de la madurez- interesante y activa, que incluyó más de sesenta libros publicados y una estancia en Buenos Aires, donde trabajó como redactor del diario La Nación. De su paso por el país quedaron volúmenes como “Tierra argentina” (1910) y “El poema de la pampa. ‘Martín Fierro’ y el criollismo español” (1918). En 1918 publicó también “Paisajes argentinos”, que incluye emotivas descripciones de los Andes y de las ciudades de Córdoba y Buenos Aires, entre otras, junto a este retrato de la Montevideo de 1912, con comentarios sobre sus “plazas filosóficas” y una curiosa propuesta en favor del derecho de las solteronas al amor.

11-12-2022 01:16

Por la mañana muy temprano, cuando el viajero consigue libertarse de la presión carcelaria del camarote, su anhelo, como una imposición irrebatible, le empuja hacia la parte más eminente de la cubierta del buque. ¡Aire! Ha salido el viajero de la metrópoli del Plata, y probablemente sale en busca de los dos elementos capitales, los mayores enemigos de la neurastenia: aire y silencio. En efecto, sobre la cubierta del buque soplan amplias bocanadas de aire puro, y el silencio es tan grande, que el retemblar sordo de la máquina no es sino un contraste que sirve para acentuar la placidez silenciosa. El sol{88} asciende sobre las aguas. Delante, y bajo el mismo centelleo del sol naciente, surge Montevideo.

El silencio

Todo está sujeto a la ley de las relaciones, y una cosa no es grande por ella misma, sino porque hay otra cosa menor. El silencio de Montevideo no es absoluto; es mayor que otros y menor que otros muchos. Para la percepción de la persona que llega de Buenos Aires, el silencio de Montevideo es de una divina plenitud. El viajero se figura que ha penetrado en una ciudad mágica donde no existen tranvías, ni carros, ni coches, ni chicos vocingleros; sin embargo, en Montevideo hay tranvías y carros y demás sujetos de alboroto. ¿Pero no gritan, ni ruedan, ni chirrian, esos sujetos alborotantes en Montevideo? Seguramente que sí; y hasta es probable que los habitantes de la urbe oriental se sentirán bien incómodos con el ruido penoso de sus tranvías, carros, coches y chicos; pero al viajero que llega de Buenos Aires le parece que todas las cosas son de pluma y que al chocar entre sí no levantan el más leve ruido. ¡Suprema paradoja de lo relativo! Parece también,—ésa es al menos la impresión que recibe el viajero de Buenos Aires,—parece que la ciudad se encontrase en plena huelga; hay un no sé qué de laxo y de tranquilo en las personas que andan, en los vehículos que ruedan; los dependientes de los comercios se diría que, como hay huelga en la ciudad, se ocupan en ordenar con calma sus mercancías en los aparadores; las personas no titubean en pararse a charlar sobre la vía; y hay muchas calles, en fin, de una incomparable soledad, apenas turbada por el paso errabundo de un perro o de un vigilante. 

El aire sopla libremente, con fuerza, pero no con tanta energía que moleste: es una caricia sobre el rostro y sobre la hondura de los pulmones. ¡Qué plausible ciudad para las faenas del pensamiento! Aire, silencio, ausencia de prisa: son los más activos colaboradores del obrero intelectual.

Las plazas filosóficas

Montevideo 20221211

En el mismo corazón de la ciudad tropieza el viajero con unos espacios floridos, frescos, sombrosos, verdaderas treguas de paz. Son plazas pequeñas, plazas sin pretensiones, plazas minúsculas si las consideramos con un criterio actual. Allá en tiempos de Artigas, esas plazas equivaldrían a soberbios parques frondosos: hoy no podemos considerarlas sino como placitas tutelares, en donde uno se halla tan bien, tan suavemente, como cuando recostamos la cabeza sobre un pecho cariñoso. No tienen la magnificencia insultadora de los grandes parques que hoy se usan en las principales metrópolis, pero tienen un encanto de intimidad que vale por todas las grandezas. ¿Dónde he visto yo unas plazas semejantes? Debe de ser en una ciudad europea, quizá española. Ciertamente: yo he visto en Cádiz unas plazas pequeñas, íntimas, calladas, hermosas, como las de Montevideo. Son plazas como para los ancianos, las comadres, los niños y los literatos. En esas pequeñas plazas de Montevideo debe ser delicioso sentarse a leer un libro, cuando la primavera desgrana todas sus flores. Pero leer un libro sin codicia, platónicamente, no por el afán práctico y mercantil de sacarle a las páginas una utilidad de conocimiento, sino con ánimo ligero y generoso. Leer un fragmento y mirar a un árbol; leer otro fragmento y suspender la lectura para seguir el vuelo turbio de una mariposa. De esta manera debe ser grato sentarse en esas plazas pacíficas de Montevideo. 

En Montevideo vale la pena de ser ocioso: ¡no puede decirse lo mismo de todas las poblaciones! 

Y como el ocio contemplativo es la condición exigida para una buena literatura, no debe vacilarse en asegurar que Montevideo es la ciudad mejor preparada para conceder a Sur América el regalo de geniales poetas y pensadores.

La naturaleza

Otro de los encantos con que se ve obsequiado el viajero en la ciudad oriental, es la naturaleza. Hay allí bosques, playas, mar, hasta colinas. También estas cosas de la naturaleza montevideana están sujetas a la ley de la relatividad: si comparamos ese mar agridulce y ligeramente teñido de azul, con la brava y franca grandiosidad del Atlántico, nos ha de resultar un mar algo modesto. Los bosques tampoco pueden resistir una confrontación con las selvas tropicales, y esas cuchillas que se incorporan sobre la llanura no son, precisamente, estribaciones de los Andes. Pero con un poco de esfuerzo imaginativo y otro poco de buena voluntad, el viajero encuentra en Montevideo cuadros de paisaje deliciosos. Marchando hacia la parte del paseo del Prado, uno se siente sumergido en amables y frescas frondosidades. Hay en aquel paseo una encantadora negligencia.

¡Estamos tan hartos de jardines simétricos y versallescos! En los parques rígidos, bien vigilados y atendidos, el paseante se considera violento; cada una de las hierbas tiene carácter religioso; las ordenanzas municipales han puesto un sello timbrado en cada hoja, y las flores parecen cosas oficiales, protocolarias: en esos parques versallescos, tan lindos para ser mirados desde un balcón, uno no puede moverse, ni sentarse, ni oler, ni tocar, ni apenas mirar. Eso es una caricatura de la naturaleza. Mientras que los parques algo abandonados se ofrecen al paseante íntegramente. Es una condición estimable que un parque tenga consignada una pequeña suma en el presupuesto oficial; así hay la certidumbre de que habrá pocos vigilantes, pocos obreros y pocas mangas de regar. Escaseando estos elementos de urbanización jardinera, sabemos positivamente que el parque se inclinará más al monte que al jardín. Y lo que el hombre ciudadano estima es el monte, precisamente, o sea lo contrario de la ciudad; por esa ley de los contrastes que nos incita a desear lo que no poseemos. El paseo del Prado de Montevideo recuerda más al monte que al jardín. ¡Hermoso lugar! Ahora bien, si las personas urbanas estimamos los paisajes agrestes, al mismo tiempo nos molestan mucho las intemperancias de la naturaleza, libre y bravía. Una excesiva convivencia con las calles planas y las casas cómodas, nos ha dado una sensibilidad miedosa; sentimos miedo a las espinas, a los zarzales, a los pedruscos, a los aviesos animalillos que adornan y pueblan los montes naturales. Pero el paseo del Prado de Montevideo goza el encanto de ser un monte, sin los inconvenientes del monte natural. He ahí el acierto. Puesto que hay avenidas y senderos para transitar, y una hierba medianamente agreste, en la que puede sentarse, y hasta tumbarse, sin miedo, ni al funcionario municipal escrupuloso de la ley, ni al impertinente pinchazo de las matas bravas. Esta sería, probablemente, la fórmula ideal de la civilización: una vida que no huyese tanto como huye la nuestra de la naturaleza, ni que se acercase demasiado a ella: una vida de sabio equilibrio, que evitase caer en el decadente refinamiento artificial y en la barbarie del primitivismo.

Las playas

Un espíritu mordaz podría hacer juegos humorísticos con la profusión de playas en Montevideo. Un marsellés o un andaluz se sentirían molestos ante ese lujo de playas: Capurro, Ramírez, Pocitos y quién sabe cuántas más. Pero no deben permitirse ironías con las playas. ¿Se sabe bien lo que significa la palabra playa? En la vida trágica del mar, la playa significa serenidad, refugio, calma, salvación, belleza. Con ciertas palabras no caben bromas; son sagradas; así las palabras madre, virtud, playa. Una playa sugiere siempre ideas bondadosas y tiernas.

Sobre sus arenas encallaron sus naves los remotos nautas, cuando no existían muelles y dársenas, aunque existiera el infinito anhelo de las nobles empresas civilizadoras; y ahora aún, los pescadores modestos buscan en las arenas de las playas un refugio para sus navecillas; y los náufragos, en su último esfuerzo titánico, ¡con qué delirante gozo hunden sus dedos en las arenas de las playas benéficas! Todas las playas de Montevideo son dignas de elogio, por la suavidad de sus líneas y la calma de sus aguas. Cada una tiene personalidad aparte, y hasta a ellas ha llegado la diferencia social. La playa de Pocitos, por ejemplo, es un tanto aristocrática y presuntuosa; sus hoteles y su rambla se mantienen dentro de un aislamiento, fuera del contacto de la multitud. En cambio la playa de Ramírez es democrática, abierta a todo el mundo. El parque Urbano se llena de pueblo, y este mismo pueblo inunda la playa, hasta rebosarla. Allí acuden los niños, los hombres, las mujeres, los ricos, los pobres, los comerciantes, los jovencillos tenorios y las muchachitas pizpiretas. En las tardes de domingo media ciudad se vierte sobre la playa. Adquiere aquello un aire animado de fiesta popular. Las barracas de titiriteros para los pazguatos, los columpios para los niños, los tíos vivos para las mucamas, los organillos, los vendedores ambulantes, los refrescos con soda y los grandes vasos de cerveza. El sol hiere con su luz y su fuego ese cuadro de kermesse, y la gente va y viene, mirándose, por esa necesidad invencible que siente el ser humano de tocarse, mirarse, formar montón.

El hombre es un animal sociable: así se le ha definido. Realmente, el hombre no puede vivir solo; ni disfruta aún de suficiente mentalidad para vivir solo. ¿Qué haría el hombre si le condenasen a la soledad? Ya se sabe que Schopenhauer discernía la capacidad mental de las personas, por su aptitud para la soledad: según él, un negro, un niño y un estúpido se aburren, lloran o mueren si no encuentran gente con quien compartir su estolidez; mientras que la persona inteligente, la que posee en sí misma un tesoro, se encuentra más acompañada cuando más sola está. Pero no todos pueden ser filósofos ni profundas y ricas personalidades; la sociedad se compone de infinitas personas medias, más o menos vulgares, que necesitan vivir agrupadas. Sin el concurso de estas personas medias, y si se quiere vulgares, no existiría la civilización; porque la civilización viene a ser, en fin de cuentas, la obra de las medianías asociadas. Pongamos cuatro filósofos en una isla, y al momento disputarían, yéndose cada cual por su lado; pongamos en esa misma isla cuatro personalidades vigorosas—César Borgia, Pizarro, Bismarck, Chamberlain—y al instante se despedazarían entre sí, o cada uno por su lado marcharían a buscar aventuras. Pero los medianos se buscan, se unen, se encuentran bien juntos, instituyen leyes, crean autoridades, ponen hombres armados para la defensa del estado, construyen casas y ferrocarriles, escuelas y hospitales, periódicos y parlamentos.

Sin la compenetración de las medianías, ¿qué suerte hubiera corrido la humanidad? Es bello creer con Carlyle que todo se ha hecho por la acción de los “héroes”; pero la realidad nos dice que la civilización es obra de las medianías. Si “esta” civilización fuese obra de los “héroes”, ¿tendría el carácter que tiene? Nadie, sino las medianías, ha podido formar esta civilización...

Las solteronas

En la playa de Ramírez hay un balneario, al extremo de un malecón de madera. Este malecón o rambla forma una plazoleta, con bancos, sillas y un cafetín. La gente se sienta a refrescar o a comer emparedados de jamón y queso. Otra porción de gente pasea. Da vueltas por la plazoleta, en perfecto orden, como en las plazas de las ciudades de provincia suelen las familias pasear a la caída de la tarde. En ese balneario de Ramírez se congregan las personas de la clase media; pequeños comerciantes, empleados y dependientes de oficina o de almacén. Las señoras se sientan en los bancos y las señoritas giran pausadamente de dos en dos, o de tres en tres; los jovenzuelos, con algunos curiosos, forman el complemento. Pero es un fenómeno singular y digno de mencionarse: en ese paseo abundan las solteronas de una manera sorprendente. Arrugadas unas, muy pintadas otras, vistiendo trajes y sombreros algo defectuosos; todas ellas con el aire peculiar que las distingue, o sea una mezcla de tristeza y de fuerza ilusoria. ¡Nada tan grande y poderoso como la facultad de ilusión de una solterona! La solterona no renuncia jamás a la ilusión; tiene encendida en su alma, constantemente, una lámpara votiva a la esperanza. Cada aurora le trae una interrogación, una promesa: ¿será hoy, por fin?... Cuando se acaba el día la solterona reanuda vigorosamente su ilusión, pone nuevo aceite perfumado en su lámpara votiva y se acuesta, suspirando, sí, pero en silencio, para que ni ella misma se entere de la flaqueza. Y al siguiente día, otra vez a luchar; a luchar contra el desengaño, contra la realidad cruel, impura, odiosa. Yo no conozco nada tan triste y al mismo tiempo tan admirable como una solterona. Pensad en que una mujer ha nacido para el amor y que su misión única, así como su única finalidad, consiste en acoplar dos besos trascendentales: uno sobre los labios del amado, y otro sobre la frente del hijo. Hacia ese fin van las mujeres, fatalmente, como las aguas al mar.

Las solteronas aguardan, y nunca llega su hora. En sus corazones van almacenando almíbar de amor; sus corazones son como las frutas pasadas, más dulces que las normales. Miran un niño, y sus entrañas de madres frustradas se conmueven dolorosamente; ven pasar un hombre, y todos sus viejos anhelos se precipitan sobre los ojos. ¡Oh sublimes seres sacrificados! Cada solterona es un drama profundo, un poema inenarrable.

Las otras mujeres lo hallaron todo fácil; su existencia tiene la vulgaridad de un proceso corriente, de un hecho adocenado; pero las solteronas conocen todos los martirios, las torturas de la envidia, el dolor de la espera infinita, y sobre todo, la angustia de lo que está lleno y no puede vaciarse, suprema angustia de lo que desea darse y no puede. En algún siglo futuro, ¿será posible una ley que disponga el amor para todos? Hemos decretado la enseñanza obligatoria, el derecho al trabajo, el derecho a la vida, el derecho al pan: nos falta aún decretar el derecho al amor y a la maternidad.