Esta semana Javier Milei y su ex asesor, Demian Reidel, publicaron una nueva versión del paper que, según el Presidente, lo acercaría al Nobel de Economía. Llegó acompañada de un sitio web, minscale.org, que muchos acusaron enseguida de “estar hecho con IA”.
Y sí, por varios patrones que algunos ya podemos identificar podemos decir que fue diseñado y programado con estas herramientas. Reidel respondió con orgullo: “por supuesto que usamos IA”. Agregó que sería un tonto si no aprovechara una de las tecnologías más revolucionarias creadas por el ser humano.
En julio ya había pasado algo parecido con la investigación. El economista Jesús Fernández-Villaverde analizó el borrador anterior de ese paper de Milei con Pangram, un detector de texto artificial, y denunció qué partes habían sido escritas por una IA. Reidel admitió haberla usado para mejorar la redacción, pero no para generar ideas ni resultados. Se llegó a hablar de plagio, aunque un detector no puede determinar si un texto fue copiado de otra fuente.
Todavía no hay acuerdo sobre dónde termina la asistencia y dónde empieza la sustitución del trabajo intelectual. Y los detectores, incluso cuando aciertan, solo reconocen patrones de escritura. No saben quién tuvo las ideas ni cuánto intervino la herramienta.
Milei, el gran plagiador: ahora lo acusan de hacer su último texto con IA
Hace pocas semanas, las grandes empresas de IA empezaron a marcar los textos que generan, por nuevas exigencias de la Unión Europea. Algunas, como Anthropic, creadora de Claude, lo aplican en todo el mundo.
No es una firma visible ni un código oculto: el modelo modifica sutilmente cómo elige las palabras, y otro programa con una clave especial puede reconocer ese patrón. Las empresas aseguran que no afecta la calidad ni permite identificar al usuario.
Pero está apareciendo otra marca, mucho más visible y difícil de borrar: la sospecha.
El nigeriano Jerry Falade estaba por cumplir el sueño de cualquier autor debutante. Catorce editoriales estadounidenses se disputaban su primera novela policial, Call Me, I’ll Hide the Body. Minotaur, de Macmillan, ofreció más de US$ 2 millones por dos libros. Todo se derrumbó en días.
Circularon sospechas de que el manuscrito era obra de una IA, y sus agentes lo retiraron porque ya no podían garantizar cómo había evolucionado el texto.
Falade lo negó y denunció prejuicios raciales. También cuestionó que algunos periodistas pasaran su manuscrito por detectores sin su autorización. Según él, eso viola sus derechos de autor. Una tecnología pensada para detectar irregularidades podría estar generando otras.
La IA ya no es marginal en la literatura. Un estudio de Stony Brook, Columbia y Michigan analizó 14.419 novelas autopublicadas en Amazon entre 2023 y 2026. Una de cada cinco tenía más del 25% de su contenido atribuido a IA. Eran el 20% de los títulos, pero apenas el 11% de los ingresos.
En España, El País analizó 119 libros populares de 2025 y 2026. El 29% mostró indicios de IA y trece tenían más de la mitad atribuida a una máquina, todos autopublicados. En una muestra de libros de 2019 y 2020, ninguno dio positivo.
Pangram atribuyó a la IA el 100% de Mr. Sterling. Romance con el CEO, de una autora con 109 libros en Amazon desde marzo de 2025. Estas cifras salen de detectores que mejoraron mucho, pero no son pruebas definitivas de autoría.
El momento es curioso para Anthropic. La empresa acordó pagar US$ 1.500 millones para cerrar una demanda colectiva de escritores, por haber descargado y usado libros pirateados para desarrollar a Claude.
Un tribunal había considerado legítimo el entrenamiento, pero no las copias piratas. Los escritores que alimentaron estas herramientas ahora deben defenderse de la sospecha de usarlas.
Tres de mis libros forman parte de esa demanda, aunque todavía no vi un dólar.
En la Argentina, Editorial Perfil, que publica esta columna, demandó a OpenAI y Microsoft por usar sin permiso sus notas para entrenar modelos. Fue el primer medio en español en hacerlo.
Esta semana el debate llegó al mundo literario en español. El peruano David Silva Rojas ganó el Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, de 20.000 euros, con Donde el agua trabaja. Su novela fue elegida entre más de 2.200 manuscritos.
El País la pasó por Pangram, que atribuyó el 99% del texto a una IA. La editorial suspendió las presentaciones y abrió una investigación. Silva Rojas negó todo y prometió mostrar sus borradores. Las bases del premio prohibían usar IA.
Pangram tiene muy buenos resultados en pruebas independientes, con pocos falsos positivos. Pero ese 99% es la proporción de texto que el programa clasificó como artificial. No es una certeza de fraude.
Y aparece la pregunta: ¿qué significa escribir con IA? Corregir la ortografía, traducir, ordenar ideas, investigar o redactar capítulos enteros son cosas muy distintas. Sin embargo, todas terminan bajo la misma etiqueta.
Además, usar IA no equivale a plagiar. Plagio es presentar como propio el trabajo ajeno. Se puede plagiar sin IA y usar IA sin plagiar. Tampoco es lo mismo violar un copyright, incumplir las bases de un concurso o no ser transparente sobre el proceso creativo.
Editoriales, universidades y concursos necesitan reglas claras. También necesitan distinguir entre una sospecha, un indicio técnico y una prueba. Hoy las acusaciones ya tienen consecuencias antes de que haya respuestas.
Durante siglos, un escritor debía demostrar que su trabajo merecía ser leído. Ahora también puede tener que demostrar que lo escribió.
Un desafío para el lector: forcé esta columna para que dé positivo en Pangram en un 55%, y la clave de Anthropic confirmaría que tiene la marca de Claude. ¿Alguien se dio cuenta? ¿Importa? ¿Es esta columna un plagio?
Quizás pronto los autores tengamos que filmarnos durante meses frente a la computadora para probar cómo escribimos. Aunque tampoco serviría: alguien podría acusarnos de haber generado el video con IA.








