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COLUMNISTAS / Opinión
sábado 23 junio, 2018

Preguntas pendientes

Lo que busca Kamenszain (y Moreno) no es solo salir del texualismo, es perforarlo. Disolverlo desde dentro.

por Damián Tabarovsky

Portal Perfil.com Foto: Perfil.com

El libro de Tamar, de Tamara Kamenszain, recientemente publicado por Eterna Cadencia, es extraordinario en más de un sentido, o tal vez, en todos los sentidos. No es casual que en algún momento el texto se detenga en Black out de María Moreno: ambos libros redefinen el género autobiográfico, en un cruce, o mejor dicho, en un choque, en el que las esquirlas toman restos de lo autobiográfico, pero también de la biografía de otro, del ensayo crítico, de la novela –en un caso– y de la poesía –en el otro.

La biografía del otro en Kamenszain es la de Héctor Libertella, biografía de su relación amorosa –la relación amorosa entre dos escritores–, de su divorcio –el momento en que las estéticas se bifurcan– y más tarde, la biografía de la memoria compartida, de lo que fue y de lo que no pudo ser. Esos son, creo, los temas centrales del libro. Sobre eso debería ocuparse quien escriba una reseña, quien lleve a cabo una recensión. Y es correcto que así sea. Pero El libro de Tamar puede leerse también como un ensayo biográfico sobre los problemas teóricos de cierta tradición de la escritura argentina posterior a los 60 –de la más interesante tradición posterior a los 60– que Kamenszain nombra más de una vez bajo el rotulo de “textualismo” o de “formalismo puro y duro”: por entonces “el enemigo eran para nosotros ‘los temas’, los ‘referentes’, los ‘contenidos’”. ¿A quién alude ese “nosotros”? No solo al par Kamenszain-Libertella, sino más allá, a una época, una constelación de nombres y lecturas, un mundo al que se accede bajo la llave secreta del schibboleth.

Como un ejercicio de hermenéutica, Kamenszain interpreta el poema que Libertella le dejó por debajo de la puerta en nombre de la tensión irresuelta entre el textualista y la vida, entre el que no se atreve a decir “yo” (o lo dice de forma balbuceante, fallida) y la posibilidad de ir hacia un “yo” después del textualismo: “Escribo que quiero ir más allá del libro/me imagino moviéndome/ hacia otra vida, otro libro”. La de Kamenszain es algo así como una teoría del “yo” luego del textualismo. No una vuelta a un “yo” ingenuo, como si nada hubiera pasado, como si entremedio no hubiera tenido lugar esa vanguardia teórica (la “teoría”), sino que se trata de la búsqueda de un “yo” que lleve en la memoria esos combates y que sin embargo no dude en afirmarse en una primera persona. Allí reside el interés mayor del Libro de Tamar (y también de Black out): en soltarle la mano al textualismo, llevando al mismo tiempo su capacidad estratégica en la memoria.

Lo que busca Kamenszain (y Moreno) no es solo salir del texualismo, es perforarlo. Disolverlo desde dentro: “En la concepción misma del término ‘escritura’, que nos había unido como pareja militante del formalismo puro y duro, estaba implícito que escribir no es lo mismo que comunicar y, de hecho, hoy algo de esa convicción todavía me resuena, aunque ya no a la manera programática que nos hacía alucinar con un mundo de la escritura un poco esquizofrénico, capaz de funcionar al margen de la comunicación.”

Si la escritura incluye hoy la posibilidad de comunicar, queda pendiente la tarea crítica por la pregunta acerca de qué significa comunicar. Kamenszain se detiene antes de esa pregunta, y no hay porque pedirle que la responda. Su radio de acción es otro. La pregunta queda pendiente para nosotros.


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