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POLITICA / Reportaje Exclusivo
domingo 28 enero, 2018

Sturzenegger: "Ahora, a cumplir la meta del 15%"

El presidente del Banco Central, en el ojo de la tormenta, habla de todo. El 28D y la meta de inflación fallida. La tasa. El dólar. Las Lebac. La interna económica. Las expectativas.

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por Jorge Fontevecchia


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META. “Es muy importante que el Gobierno en su conjunto apuntale con mucha fuerza la meta del 15% anual de inflación. En ese sentido, ahora me siento mucho más acompañado.” Foto: Obregon Juan

—¿Cuál es su balance de la política cambiaria de estos dos años?

—Nosotros defendemos fuertemente la idea del tipo de cambio flotante. Es un camino que comenzó con la apertura del cepo, que hicimos tres días después de que asumiera como presidente del Banco Central. Trabajamos durante una semana, eran 89 regulaciones que había que desarmar. Cuando uno desarma una bomba gradualmente, la tensión se siente en el cuerpo. Recuerdo la reunión de directorio donde hicimos esto: era como enfrentarse a una bomba. Cortamos el cable rojo, cortamos el verde, cortamos el azul y así. Empezamos al mediodía y terminamos a las dos de la mañana, 14 horas seguidas trabajando a pura tensión. Esto lo podemos sacar, esto no. Nosotros nos fuimos a dormir a las dos de la mañana, y se quedó gente del equipo para publicar la norma, para que estuviera al otro día. Como el mercado abre a las 10, nos juntamos a las 8 para hacer el paneo de todo lo que podía ocurrir. Y arrancamos. Con un tipo de cambio flotante, que para mí tiene tres grandes beneficios. Primero, es un amortiguador de shocks externos. Eso ha funcionado muy bien. Si uno revisa los últimos cinco trimestres, el crecimiento que tuvo Argentina es el de menor volatilidad que registramos en la macro argentina. El segundo es que mantiene el balance interno. Si alguien se preocupa y dice: “Uy, el déficit comercial se está haciendo grande”. El mercado lo ve, inmediatamente. Si la situación es insostenible y va a generar problemas en el tipo de cambio, el mercado lo anticipa. Ese tipo de cambio flotante permite acomodar las cosas y hace que los desequilibrios no terminen creciendo más de lo que debieran. Y el tercer punto, que es algo que va a llevar un poco más de tiempo, es que va a generar el proceso de la desdolarización. Ese dólar que hoy sube o baja es lo que hará que, en algún momento, el argentino diga: “Yo ¿en qué gasto? En una canasta de consumo local, de acá”. Entonces, lo que necesita es un instrumento de ahorro que lo preserve, no algo que fluctúe arriba, abajo, que por ahí si compro en un momento me va bien, pero si compro caro, me va mal. Será muy bueno para la Argentina ese proceso de desdolarización.

—¿Cuál sería el punto de equilibrio del precio del dólar que necesitará la economía a fin de este año?

—Es muy difícil de saber. El tipo de cambio tiene flexibilidad para acomodarse a los shocks. Será diferente si el precio de la soja sube, si el precio de la soja baja, si pasa algo con los combustibles a nivel internacional. La tasa de interés internacional también influye. Lo importante es entender que tenemos un instrumento que podrá acomodarse, que le da tranquilidad al sector industrial. Ellos se van dando cuenta de que no usamos el tipo de cambio como ancla. Toda la discusión del atraso cambiario, ¿cuándo se produce? Cuando se tienen programas de estabilización donde el ancla es el tipo de cambio. Por los motivos que sean, la inflación sube y sigue, y el gobierno se aferra, se aferra, se aferra y cada vez está más lejos. Eso no es lo que ocurre ahora. Cuando el tipo de cambio se tenga que acomodar, se va a acomodar. Respeto a las tasas de interés, es lo mismo. Las tasas marcan el nivel de dureza monetaria que se tiene. El nivel de dureza estará condicionado por la evolución del ritmo de inflación.

—Si, como usted dijo, el tipo de cambio es en general casi el 25% más competitivo que antes de la salida del cepo, y alrededor del 45% con relación a Brasil, ¿qué falta para que eso se refleje en la balanza comercial?

—A esos 25 y 45 por ciento habría que sumarles la baja de los impuestos a la exportación, que en promedio le suma 7 puntos. Argentina tiene déficit en la balanza comercial por dos motivos. Primero, vivimos un proceso de crecimiento liderado por la inversión. La inversión es intensiva en bienes de capitales, que son importados: crece arriba del 25% y la propia percepción del rumbo hace que el consumidor decida gastar más, porque se siente más seguro sobre el futuro. La balanza comercial es la diferencia entre lo que la economía produce y lo que la economía gasta. Es bastante natural que en este proceso uno tenga un déficit en cuenta corriente. De hecho, cuando hacíamos las proyecciones en 2015, estimábamos para 2016 y 2017 números mayores, porque pensábamos que la inversión extranjera directa iba a venir más rápido. A nosotros no nos sorprende.

—¿Ni les preocupa?

—Nos parece una parte natural de un proceso de anticipación, de un proceso de crecimiento económico. En cualquier economía que sale de un largo proceso de estancamiento y va a un proceso de crecimiento, se encontrará un patrón similar. Pero con la tranquilidad de que el tipo de cambio es flotante, con lo cual, si en algún momento se percibe que eso ya no está yendo hacia un equilibrio, bueno, el tipo de cambio se va a acomodar. Eso da muchísima tranquilidad. 

— ¿Tampoco que las exportaciones no crezcan?

—También es un proceso. Este año las exportaciones industriales han tenido un desempeño muy favorable, con un crecimiento mayor al 10%. Por supuesto, ahí ayuda mucho Brasil, que ha pasado, después de años de estancamiento, a un crecimiento interesante. Sí se pincharon las primarias, pero en parte porque hubo más retención de granos en esta cosecha. Se produjo, pero no se exportó. 

 En enero Argentina volvió a exportar gas por primera vez en muchos años. Hay signos muy positivos en energía. Las exportaciones aumentarán.

—¿El Banco Central recuperó la fortaleza en sus reservas? ¿Tiene hoy el Estado recursos suficientes como para enfrentar cualquier crisis cambiaria?

—Cuando llegamos, había reservas negativas. El Banco Central tiene reservas que son propias y tiene reservas que son, en algún sentido, prestadas de los bancos, porque son los encajes de los depósitos. Cuando llegamos, se habían gastado hasta los depósitos. A partir de ese momento, no solo recompusimos eso sino que compramos unos 36 mil millones de dólares. Hemos llevado las reservas a un nivel récord de 63 mil millones de dólares. Tener reservas, para un banco central, es brindar solidez cuando las papas queman. La estabilidad que hemos tenido, la no necesidad de intervenir en el mercado cambiario tiene que ver con esa fortaleza.

—El dólar quedó planchado durante un semestre, atrasándose, para luego dar un salto abrupto y quedar en niveles que muchos consideran más lógicos, pero alimentando expectativas inflacionarias en los formadores de precios que crean incertidumbre. ¿No sería más lógico que, en lugar usar estos dientes de serrucho, el tipo de cambio se moviera con dientes de sierra, más suaves, que otorguen previsibilidad? ¿Por ejemplo, de 19,50 a 20,85 en el primer semestre, o 20,50 a 22,50 en el segundo?

—Ja, ja, ja. Por favor, ponga en su texto que yo me río. Lo veo exactamente al revés. Cuando uno tiene un tipo de cambio flotante, los cambios siempre son pequeños. Los cambios grandes, abruptos, se producen cuando se tiene una banda o se fija un valor. El régimen de tipo de cambio flotante garantiza una mayor suavidad en los movimientos.

—Pero en diciembre hubo un salto muy importante. 

—Cuando pasó lo del Brexit, Argentina tuvo un salto muy grande. Pareciera que nuestro mercado funciona en un equilibrio y de repente el mercado dice: “Me parece que el equilibrio va a estar en otro punto” y converge rápidamente ahí.

—Cuando Cristina Kirchner tuvo posibilidades de ganar las PASO, el dólar subió su cotización de manera rápida y ahí sí intervino el Central.

—Claro, nosotros intervinimos en muy pocas ocasiones. En febrero de 2016, cuando debimos lidiar con una dinámica inestable por los dólares futuros; intervinimos, a mitad del año, antes del Brexit, pero un día nada más. Y la tercera intervención fue antes de las PASO. Nosotros teníamos una visión de que el mercado había internalizado un resultado que no nos parecía, y que había sobrerreaccionado. Tenía sentido acotar esa sobrerreacción. 

—¿Por qué no lo hizo en diciembre, cuando el salto fue similar? (N de R: de 15,3 a 17,8 pesos entre comienzos de mayo y fines de julio; tras intervenir el Central se mantuvo en ese valor en las PASO de agosto, las elecciones de octubre, y saltó de 17,3 pesos a mediados de diciembre a los 19,6 actuales).

—Porque no tuve, desde el punto de vista del Banco Central, un elemento claro para pensar que no es un reacomodamiento que el mercado sentía como necesario. No quiero ir contra esa tendencia. El tipo de cambio flotante tiene que permitirse acomodar para corregir, y eso es lo que nos permitirá mantener el balance. En el caso de las PASO era diferente. Había un evento político y nos pareció que había que acotarlo. 

—Al Gobierno, ¿esta devaluación lo satisfizo?

—El tipo de cambio tiene que buscar el valor que es relevante y lógico. No se trata de algo buscado o no buscado. Lo que es buscado por nosotros es un sistema macroeconómico que le permita a Argentina tener un crecimiento sostenido y balanceado. 

—Para eso, ¿el nivel de cambio actual les viene mejor que el de noviembre?

—El mercado acomodó, y creo que es parte de ese proceso de permitir ese equilibrio. Pero lo que quiero destacar no es tanto el valor, como el sistema. Porque tal vez hoy hablamos de un valor y mañana de otro diferente, porque las condiciones cambian. De lo que debemos hablar y ser conscientes es de que hemos creado y defendemos un método que permitirá a Argentina tener un sistema más balanceado y más estable en su crecimiento.

—¿Habría algún nivel de tipo de cambio que obligaría al Banco Central a intervenir si el Mercado se comportara irracionalmente?

—La respuesta es no. Las intervenciones son cuando hay movimientos disruptivos, cuando el mercado, por algún motivo, perdió liquidez o sobrerreaccionó a algo. Pero insisto: eso se ha dado tres veces en los últimos dos años. Son situaciones particulares.

—Chile y Brasil invirtieron 10 años en llegar a una inflación de un dígito. ¿Cuántos años le llevará a Argentina?

— Muchos menos, definitivamente. Este es un tema central. La inflación tiene dos componentes nocivos tremendos. Uno, que es un impuesto que pagan los que menos tienen, con lo cual hay toda una agenda de equidad en la lucha contra la inflación y que es lo que hace que uno no pueda esperar. El segundo es el propio crecimiento. Las economías que bajan del umbral de un 20% anual de manera sostenida al 10% duplican su tasa de crecimiento. Sacando a los países que están en guerra, quedan con inflación Argentina y Egipto (N de R: 30%), Turquía con 11%, México en 6% y el resto está abajo del 5%.

—Después de dos años y con los resultados en la mano, ¿sigue convencido de que las metas de inflación son lo más efectivo para bajarla?

—Sí, pero no es un tema de saber qué pienso yo. No quiero inventar nada, quiero mirar las mejores prácticas en el mundo y ser consecuente con ellas. Las metas de inflación con un tipo de cambio flotante es lo que ha funcionado.

 —Como Argentina tiene poca bancarización, ¿es igualmente posible reducir la inflación con la tasa de interés?

—En 2017, la inflación en el GBA cayó 15 puntos respecto al año anterior, y si miramos la inflación nacional, cayó 12 puntos. Son bajas formidables, muy importantes. Más allá de que nosotros empezamos formalmente con metas de inflación en 2017, lo habíamos hecho informalmente desde mayo de 2016. La inflación núcleo viene cayendo todos los meses, hasta diciembre de 2017, donde se ubicó en 21%, que es el valor más bajo desde 2009. 

—¿No teme que en Argentina pase algo parecido al síndrome brasileño de metas de inflación que, para cumplirlas con tasas altas, tuvo recesión, atraso cambiario, déficit externo y finalmente la devaluación del real?

—Esto lo he charlado muchísimo con el presidente del Banco Central, Ilan Goldfajn, que además fue alumno de Dornbusch y compañero mío en el MIT. El asocia la recesión profunda que tuvo Brasil en los últimos años al impacto del Lava Jato, y un colapso en expectativas, sobre todo en inversión. Pero hoy Brasil está por debajo de su meta, con una inflación anual de menos del 3%. En los últimos meses tenemos a Chile, Perú y Brasil explicando por qué la inflación que tienen está por debajo de las metas. Y después me preguntan si las metas funcionan… 

—Hace solo seis meses, en julio, la inflación anual era del 21,7% y en el marco del informe de Políticas Monetarias mostró que, como Mayoristas era del 13, se pronosticaba una tendencia a la baja. ¿Qué pasó que, a fin de año, la inflación anual subió, en lugar de bajar?

—La inflación núcleo siguió cayendo, entre julio y diciembre. Después de las elecciones, el Gobierno decidió adelantar parte de los ajustes tarifarios que estaban programados. Eso nos sumó más de dos puntos de inflación que no esperábamos y que se vieron más en la inflación a nivel general, que es la que mira la gente. Pero no se vio reflejada en la inflación de alimentos con la inflación núcleo. 

—En esa conferencia usted mostró un gráfico con el ejemplo de Brasil, donde cada vez que la tasa de inflación bajaba, aumentaba el crecimiento y viceversa. ¿Por qué el secretario de Industria del Ministerio de Planificación, Martín Etchegoyen, dijo que se crecerá más en 2018 con un poco más de inflación?

—Ha sido un debate, incluso, con la profesión. Hay 81 episodios, desde el año 1990 hasta hoy, que bajaron la inflación de más de 30% a menos de 20% en un año. De esos 81, en 78 casos la economía creció y aumentó su tasa de crecimiento en 2 puntos, porque la baja de inflación tiene un elemento ordenador y de reducción del nivel de incertidumbre. La realidad es esa. El 2017, para nosotros, lo demuestra. Un año en el cual fuimos endureciendo la política monetaria porque queríamos quebrar una inflación núcleo que se resistía. El crecimiento se mantuvo vibrante y de manera sostenida. Cuando uno mira las expectativas, la gente espera que este año la inflación caiga y que el año que viene siga cayendo. Eso es lo que da tranquilidad, tanto al que tiene que tomar un crédito como al que tiene que darlo. Un nivel de dureza monetaria que ancla expectativas es muy positivo para el crecimiento.

—Quien dijo que se crecerá más con un poco más de inflación fue el número 2 del Ministerio de Producción: ¿no teme que el Gobierno termine sintiéndose cómodo con una inflación que se enquiste en el 20%, inflaciones no agresivas, no desestabilizantes, con las que aparentemente se pueda convivir, y pierda la motivación para bajarla a un dígito?

—No, en absoluto. Salgamos a timbrear y preguntémosle a la gente si el 20% de inflación es cómodo. Yo creo que hay un convencimiento de todo el Gobierno. Es nuestro objetivo y nuestra tarea. Este gobierno va a erradicar la inflación y terminará con un índice de país normal. Ese escenario no existe. 

—¿Qué consecuencias tendría para su gestión que este año la inflación empezara con dos, nuevamente? 

—No es un escenario que estemos considerando. Hay un compromiso no solo del Banco Central, sino de todo el Gobierno con la meta del 15%. Estoy seguro de que nos va a ir muy bien.

—En algún momento, ¿revisó su idea de que la inflación es un fenómeno monetario? 

—Ese es un tema que no existe como debate en el mundo. Me siento con los presidentes de cuarenta bancos centrales en Basilea, y todos sus países tienen 2% de inflación. En Argentina hemos tenido tantas frustraciones que inventamos estas teorías vernáculas sobre el tema inflación. Pero no existen en el mundo profesional. Entonces, ¿por qué cuesta tanto bajarla acá? Hay dos explicaciones. Cuando armábamos el programa económico en 2015 con Nico Dujovne en la Fundación Pensar, lo único que nos dijo Macri fue: “El proceso de convergencia fiscal va a ser gradual. Eso es una definición política y con eso trabajen”. Eso requirió que, durante algún tiempo, el Banco Central hiciera transferencias al Tesoro. Habían sido 5 puntos del PBI en los últimos años del gobierno anterior. Nosotros lo bajamos a 2,5 puntos del PBI en 2016, a 1,5% del PBI en 2017 y será del 1% del PBI este año. Esas transferencias, dinero que el Central le iba a pasar al Tesoro, obligaban a un proceso de desinflación gradual, porque la inflación hace que esa transferencia se absorba en el mercado. Entonces, la gradualidad de la inflación tenía que ver con la gradualidad del proceso de convergencia fiscal. Si adoptáramos una política monetaria durísima, en tres meses no hay más inflación. Pero con una política monetaria fuera de sincronía con las expectativas, la gente seguirá moviendo los precios de una manera incoherente con la política monetaria, y eso genera una tensión en la actividad real que es necesario evitar. Lo que se pretende es un proceso donde se lleven las expectativas de desinflación de manera acorde con una política monetaria. Entonces la economía no sufre.

—¿Las metas de inflación para 2016 y 2017 tuvieron en cuenta el cuadro tarifario?

—En 2017 lanzamos formalmente las metas de inflación. 

—Pero en 2016 hubo una meta de inflación de 25%, que no sería del Banco Central, pero era del Gobierno.

—Cuando lanzamos el régimen de metas de inflación en septiembre, nuestra primera meta formal fue la de 2017. En abril de 2016 ni siquiera había un índice de inflación porque el Indec empezó a publicar la inflación en junio de 2016. Era difícil un meta de una variable que no existe. El primer objetivo cuantitativo que el Central se puso en 2016 fue tener 1,5% de inflación mensual en el último trimestre, después que el Indec empezó a publicar. Y terminó siendo 1,4% en el segundo semestre.

—¿Las metas de inflación las debe fijar el Banco Central o el Poder Ejecutivo?

—Los arreglos institucionales en el mundo son diferentes, pero no es para nada extraño que las fije el Ejecutivo. Estoy muy cómodo con que sea el Ejecutivo el que marque el tempo y su objetivo. Pero quiero aclarar que acá la meta no se cambió. La meta relevante es 5% de inflación, lo que el Gobierno reconoció fue que la inflación terminó siendo más alta. 

—El Banco Central no hizo metas de inflación en 2016 pero la sociedad recuerda que le dijeron 25 y fue 40% y que en 2017 iba a ser entre 12 y 17%, y fue 24%. En ambos años, más de un 60% de desvío. ¿No nota decepción con el resultado de la inflación? 

—Hay que pensar, insisto, en la inflación núcleo, que ha seguido un derrotero decreciente. La inflación cayó mucho en 2017. La de los regulados (tarifas y servicios públicos) terminó siendo más fuerte de lo que se esperaba. La inflación núcleo de 2017 es más baja que la de 2015: este año terminó en 21 y en 2015 fue casi 30. En 2015 reprimían la inflación (general) dejando el tipo de cambio constante, dejando las tarifas constantes, pero la núcleo, lo que se veía en el supermercado, subía al 30, con lo cual el proceso de desinflación fue muy fuerte. Ahora la inflación núcleo se nos estacionó en el último semestre de 2016 y en el primer semestre de 2017, en 1,7%, por eso endurecimos mucho la política monetaria en la segunda mitad del año.  

—¿Ese endurecimiento hizo que el dólar se retrasara?

—Obviamente tiene su efecto, y es uno de los canales de transmisión. Las tasas de interés actúan sobre tres canales: el de las expectativas, el del crédito y el del tipo de cambio.

—¿Cuál es su balance de las controvertidas Lebac?

—Acá hay un tema que nos costó muchísimo comunicar: cuando llegamos, el stock de Lebac respecto al PBI era de 7 puntos. Hoy es de 11. La gente dice que creció el stock de Lebac, pero las Lebac son un pasivo, una deuda del Banco Central. En este período acumulamos 5 puntos de reservas. Cuando se compran reservas para no generar inflación hay que absorberlo. Entonces, en el activo, se ponen reservas y en el pasivo, Lebac. Con lo cual las Lebac, sin respaldo de reservas, cayeron de 7 a 6. La pregunta de las Lebac es si tiene sentido o no que Argentina acumule reservas. Nuestra conclusión en el Central es que sí, y que Argentina tendría que acumular más. Y la pregunta que surge es: “Si con las Lebac se paga una tasa bastante alta, ¿las reservas qué dan?”. Las reservas dan la tasa de interés internacional, más la tasa de devaluación. Esto hay que mirarlo en perspectiva, porque si se mira en un mes puntual el tipo de cambio puede ir para arriba o para abajo. Como las reservas terminan valiendo más en los momentos de crisis, lo que uno encuentra es que lo que los bancos centrales pagaron es equivalente a lo que ganaron. Entonces, no hay un tema ni patrimonial ni de riesgo. Las Lebac están ahí por las reservas, no hay un problema, es un activo. 

—Durante los últimos meses, sectores económicos y políticos del Gobierno no disimularon su malestar con las altas tasas de interés de las Lebac y el supuesto enfriamiento de la economía que eso conllevaría. 

—Un supuesto enfriamiento. Porque la economía viene creciendo. Es loco: todos los sectores sensitivos a la tasa de interés están volando. La construcción, un 25% de aumento real en noviembre. Aumento de la importación de bienes de capital, un 25% en dólares; la inversión creciendo al 14% y los préstamos reales creciendo al 25%. No nos quedemos focalizados en la tasa de tres meses. Pensemos en lo que hace esto a la consolidación de una Argentina estable. Más estable en expectativas, en perspectivas de desinflación, en un régimen cambiario con flotante que permita un crecimiento estable. Que sea la fuente para que reemerja el crédito, reemerja la inversión.

—¿Usted no discute que tasas de interés más altas generen un efecto recesivo, pero más hace crecer la economía que baje la tasa de largo plazo?

—Claro. El propio gobierno lo ha vivido, porque ha emitido deuda a 5, a 10 años en pesos, algo que no existía. Un crédito hipotecario a treinta años que no existía, y ahora existe a una tasa real del 5%. Eso es una baja del costo de financiamiento del largo plazo monumental. Eso se produce con estabilidad.

—¿Qué papel ocupa el sector financiero en esta dinámica?

—Si alguien quiere crédito barato, el depositante dirá: “¿Para qué ahorro en el sector financiero? Mejor compro dólares o propiedades”. Entonces Argentina termina con un sector financiero del tamaño de un país africano pobre: 13 puntos del PIB, contra el sector financiero de Chile, que es de 90 puntos PIB. Yo digo: “¿Quieren crédito en serio? Entonces tenemos que hacer que el sector financiero crezca”. La única manera de hacerlo crecer es que la gente ahorre en el sector financiero, sintiendo que su dinero le va a dar un rendimiento razonable. Eso quiere decir que la tasa que hay que pagarle al depositante tiene que ser positiva. Lo que nos va a permitir un crecimiento grande del sector financiero. Creo que el sector financiero se puede triplicar en los próximos tres o cuatro años.

— ¿A qué atribuye que el consumo, durante 2017, haya terminado por debajo de un año recesivo como 2016?

—Bueno, habría que ver ese número. Porque el último dato disponible del Indec es del tercer trimestre de 2017 y marca un crecimiento del consumo real del 4,2. Por supuesto, la inversión, como decía antes, está creciendo al 14. Estoy convencido de que 2017 no ha sido un mal año para el consumo.

—¿Por qué el Banco Central emite deuda en forma de Lebac y no lo hace Finanzas o Hacienda, como ocurre en otros países del mundo?

—Más o menos un 40% de los bancos centrales del mundo usan sus propios papeles. La Reserva Federal hace operaciones de mercado abierto, con títulos del Tesoro americano, pero el 40% hace lo que hacemos nosotros. Pero son dos instrumentos muy diferentes. El nuestro es un instrumento de absorción. Cuando vendemos sacamos dinero del sistema, cuando compramos o cuando nos cancelan, emitimos.

—Entonces, el día que tengan las reservas que consideren adecuadas, ¿no va a haber más Lebac?

— No, probablemente no...

—Solo renovación...

—El crecimiento en la demanda de dinero va a hacer que ese stock de Lebac vaya cayendo. Una vez que no le pasemos más plata al Gobierno, una vez que no queramos comprar más reservas, el aumento en la demanda de dinero hará que la gente cancele las Lebac y que esas Lebac desaparezcan, gradualmente.

— La baja del 0,75% en la tasa de referencia fue la mitad de la que esperaba el mercado. ¿Fue una señal de resistencia suya frente a los que pretenden una baja mayor?

—Nosotros tuvimos un endurecimiento fuerte de la política monetaria en el segundo semestre de 2017, cuyo objetivo central era quebrar la inflación núcleo y los números que tuvimos en los últimos cuatro meses son alentadores. La tasa de interés real a un nivel muy alto estaba en nuestra planificación con la meta del 10. Pero ese proceso debía revertirse durante el año. El cambio de la meta baja un poco el nivel de exigencia, en términos de desinflación.

—Pero la tasa de referencia bajó solo un 0,75%. Menos de lo pronosticado.

—Bueno, se trata de un proceso. Los movimientos de la tasa van a estar mucho más asociados a nuestra visión de largo plazo, donde pensamos que está yendo la inflación. Creemos que este año habrá una desaceleración muy importante. Las condiciones iniciales son totalmente diferentes. Cuando arrancamos 2017, veníamos de una inflación del 36,6%, ahora venimos de 24,8. La inflación núcleo estaba en 21 cuando arrancamos 2017, ahora está en 18. Precios regulados de 2017 fueron 38, ahora esperamos 22. ¿Qué tasa de interés real tenía? La mitad de lo que está ahora. Arrancamos 2017 con una posición monetaria mucho más blanda que la que arrancamos 2018. Entonces fíjese, hay cuatro elementos centrales que hablan de la perspectiva de la inflación para este año: menor inflación de arrastre, menor inflación núcleo, política monetaria más dura y la mitad de regulados.

—¿A qué apunta la novedad de concentrar ahora el endeudamiento del Banco Central a siete días con las Leliq?

—Es una mejora técnica. Nosotros tenemos lo que se llama el corredor de pases, que es como la deuda a corto plazo, el instrumento de absorción más importante. Después hay una curva de Lebac donde el Central distribuye sus pasivos. El año pasado teníamos un problema puntual con el corredor de pases que era la incidencia de Ingresos Brutos. Vimos una solución posible pero no quisimos introducir otro cambio. Pero ahora sí nos pareció que era importante corregir eso, y lo hicimos con una letra. Que es a los mismos que tienen el pase, porque al pase solo acceden las entidades financieras que regulan los excesos de liquidez del sistema con el Banco Central. 

—¿Cómo explica la baja de tasas justo cuando la inflación en diciembre se disparó al 3%?

—Ese 3% fue por la sorpresa de los precios regulados. La inflación subyacente es la inflación núcleo que se mantuvo en 1,4 en diciembre, y la interanual siguió cayendo.

—Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal de 2006 a 2014, cuando buscaba promover el crecimiento en plena crisis de Estados Unidos, usó su famoso “quantitive easing”. En el anuncio del 28 de diciembre se utilizó el mismo término: “relajamiento”. ¿Un homenaje lingüístico inconsciente a Bernanke? 

—No me parece, es un contexto totalmente diferente. Lo que yo dije es que si el Ejecutivo me pone una meta, uno orienta su política monetaria hacia ese objetivo. Si esa meta cambia, cambia el sendero esperado de tasas. Pero no hice ninguna asociación. Además la génesis de lo que se resolvía era diferente.

—A ver si le parece razonable este otro juego lingüístico: frente al “quantitive easing”, que era con tasa cero, lo que usted hizo durante los primeros dos años endureciendo la política monetaria con tasas altas fue un “quantitive tightening”.

—Sí, por supuesto. Nosotros hablamos de endurecimiento y relajamiento de la política monetaria. Tuvimos dos momentos muy fuertes de endurecimiento que fueron en marzo, abril, mayo de 2016, cuando estuvo la unificación cambiaria y el cambio en los precios de las tarifas. Queríamos contenerlos y asegurarnos que no fuera una situación inestable. Y mantuvimos la famosa tasa de 38%. Bueno, la inflación en el segundo semestre colapsó, una baja pronunciada, sobre todo el nivel general. El segundo momento de tightening fue cuando necesitamos quebrar la inflación núcleo, porque necesitábamos más poder de fuego. 

—¿Cómo ve la política fiscal, y la reforma fiscal implementada? 

—Es muy trascendente lo que ocurrió con la reforma tributaria. Tiene tres elementos centrales. Es pro inversión, porque baja su costo; elimina y reduce impuestos distorsivos como el impuesto al cheque, impuestos ineficientes desde lo recaudatorio; y el tema central, para mí, es el tema de la equidad distributiva. Si uno mira la estructura tributaria de Argentina, las familias pagan cinco impuestos: aportes personales o del trabajo, aportes patronales que afectan su salario con lo cual también lo pagan las familias, el impuesto a las ganancias, el IVA y la inflación. Si uno mira esa estructura tributaria como la heredamos del kirchnerismo, los deciles de menores ingresos pagaban más impuestos que los deciles de mayores ingresos. ¿Por qué? Porque todos los impuestos laborales son proporcionales. El impuesto a las ganancias, incidencia bajísima, lo paga el 10% más rico. El IVA tiene un impacto proporcionalmente mayor en la gente de menores recursos, y la inflación mucho más. Entonces, uno piensa: “¿Cómo puede ser que Argentina tenga esa estructura tributaria, y después nos preguntamos por qué durante treinta años hemos construido una sociedad con un 30% de pobreza?”. Son pocos los países que tienen esta estructura tributaria tan regresiva. Entonces, lo que hace Dujovne es eliminar los aportes patronales; o sea, un impuesto al trabajo para la mitad de menores ingresos, y hace que ese costo laboral caiga y los salarios puedan ser mucho mayores. Lo cual sumado a la baja de la inflación va a generar en Argentina, por primera vez en su historia, una estructura tributaria progresiva. No hay conciencia, como sociedad, del impacto transformacional que va a tener esto. Ahora, déjeme complementarlo con otra cuestión de enorme valor. Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal dicen: “Vamos a bajar Ingresos Brutos”, pero claro, como tienen un gasto público que financiar, deben subir los impuestos patrimoniales, que es lo que se supone es correcto hacer, porque el impuesto patrimonial no distorsiona la actividad económica de la manera que lo hacen los ingresos brutos. Ahora, ¿por qué el gobierno anterior generó un aumento incontrolable de Ingresos Brutos? Porque no enfocó el desafío político de decirle a alguien que tiene una propiedad: “Tengo que cobrarle más”.

—¿Qué está bien y qué está mal del gasto público? 

—Eso es lo que me encanta del PRO, que no tiene un enfoque ideológico de los temas. Nunca nos preguntamos eso. Nos preguntamos para qué gastar, si gastás bien o gastás mal. A ver, yo no tomo una posición sobre si el gasto tiene que ser más grande o más bajo, pero sí tomo una posición de que el gasto público tiene que ser bueno. El que sea, que sea bueno. Pero fíjese: el gobierno de Cristina Kirchner gastaba lo mismo en obras viales en Santa Cruz, que en la provincia de Buenos Aires. En un lugar hay 200 mil autos y en otro hay 18 millones de personas. Es absurdo. Con el Metrobus de La Matanza, 240 mil personas ahorran 40 minutos por día. Pongámosle un valor a ese tiempo, usemos el ingreso promedio en la encuesta permanente de hogares del valor de una hora, que da 70 pesos. En un año, entonces, la cuenta da 2.700 millones de pesos. Ese es el valor económico del tiempo de la gente, por una obra que costó 1700 millones. En 200 días ya se pagó. Si le das una vida útil de diez años, da una tasa de retorno del 150%. ¿Qué está bien y qué está mal? Es una pregunta sencilla.

—El ex presidente del Banco Nación del gobierno de Macri, Carlos Melconian, dijo que además de errores de diagnóstico hubo gastos innecesarios, como la reparación histórica. ¿Fue necesario? 

—El tema de los jubilados no era un tema controversial. La Corte Suprema se había expedido. Era un derecho que el gobierno anterior había negado, y me parece que habla mucho de cómo el Presidente aborda los problemas. Era un tema definido, había que cumplir la sentencia, hacer lo que era justo. 

—El gasto público promedio de la Argentina, entre 1961 y 2006, estuvo en torno al 25% del Producto Bruto. Ese es el promedio actual del resto de América Latina. Pero hoy el gasto público del Gobierno es 42,5 del Producto Bruto, lo cual no es compatible con una aspiración de inflación de un dígito. Las vías de fondo para reducir ese gasto público no parecen muy fáciles. El año pasado se bajó un punto con el blanqueo, a partir de la reforma previsional se bajaría otro punto, pero son medidas extraordinarias y no de las cotidianas que nadie se atrevería a tomar sin un consenso general de los partidos políticos. 

—Un par de comentarios. No es que un 42% sea incompatible con la meta de cero inflación. Hay sociedades europeas que tienen ese gasto y no tienen inflación. Lo que no es compatible es financiarlo con emisión monetaria. Si ese 42% de gasto público se lo financia con impuestos, no va a haber inflación. No hay una relación entre el tamaño del Estado y la inflación. En todo caso lo habrá con el déficit, o con la emisión monetaria, que tampoco es el déficit. 

—Pero si no puede aumentar más los impuestos, tendrá déficit y se financiará con deuda o emisión/inflación. 

—Una sociedad que esté dispuesta a pagar impuestos exige que lo que el Gobierno haga con el gasto sea de calidad. Los dinamarqueses no tienen problema en pagar 42%, o el número que sea, porque reciben calidad. Hay una agenda importante que es la mejora en la calidad del gasto. Con respecto al tamaño del gasto, me parece que hay un enfoque muy práctico: si hay algo que no le sirve a la gente hay que sacarlo o reducirlo.

—¿Le parece financiable en Argentina un 42% de gasto público del Producto Bruto?  

—La respuesta tendrá que ver con la calidad de ese gasto público. Tengamos presente que, en la realidad, gran parte del gasto es previsional y social. La sociedad ha elegido tener ese gasto y me parece muy bien. El Gobierno no solo lo ha respetado, en 2017, el gasto social en el presupuesto subió el 33%, mientras que el gasto total subió el 21. 

—Para las metas de inflación usted propuso mirar qué se hace en el mundo. Los países escandinavos son una excepción de las sociedades más desarrolladas. Si uno analiza a los demás países de la región, países en vías de desarrollo, el gasto público respecto al Producto Bruto es mucho menor que en Argentina: es de alrededor del 25%, no un 42,5%. Insisto: ¿la Argentina puede tener 42,5 de gasto público? 

—Probablemente ese gasto se vaya reduciendo como porcentaje del PBI, no lo veo que se vayan a reducir necesariamente los servicios que provee el Estado. 

—No en términos absolutos, pero sí en términos relativos.  

—Relativos. El desafío del Gobierno es mejorar la calidad de lo que hace, reduciendo su costo. 

—Y creciendo, para que bajen los impuestos internos. 

—Por supuesto. Fíjese que en 2017 se bajó el gasto como porcentaje del Producto Interno, bajó el déficit como porcentaje del Producto, bajaron los impuestos como porcentaje del Producto, porque siguió la baja de impuestos, bajó la inflación y subió el PBI. Esas cinco cosas se dieron en el año 2017. Esas cinco cosas juntas no se daban, si no me equivoco, desde el año 1907. Y se va a repetir en el año 2018.

—La evolución del déficit fiscal en el segundo mandato de Cristina Kirchner en términos absolutos, y además su composición, refleja una tendencia insoportable para cualquier economía. Esa expansión fue la contraparte de la ampliación de diversos derechos sociales, coberturas estatales, por lo menos de dudosa sustentabilidad, y de una remoción socialmente traumática condicionando seriamente la gestión económica del mandato 2015-2019, lo que vulgarmente la prensa llamaba “la bomba”. Usted dio el ejemplo de otra bomba, con el cepo en el que se cortaba un camino. ¿Esa situación era insustentable para cualquier economía? ¿Se podrá mantener el gasto social bajándolo solo proporcionalmente por el crecimiento de la economía?

—Voy a los números. En 2017 el gasto social subió el 33% en el presupuesto, aún con un gasto total del 21%. Se tuvo un aumento en el presupuesto y, esto lo ha dicho Marcos Peña: el presupuesto 2017 tuvo el mayor componente del gasto social en la historia presupuestaria argentina. Hay un compromiso sólido con eso. El kirchnerismo, es cierto, generó un déficit muy grande, pero por otro lado dejó un nivel de deuda muy bajo. Eso permitió la gradualidad. Cada punto que la economía crece, el resultado es como que al Gobierno le aumentan sus recursos 0,3. Si la economía crece un 3% este año, 3% el que viene y 3% el que viene, que son más o menos las expectativas del mercado... si se pudiera mantenerlo constante en términos reales, parte del trabajo está hecho. 

—¿Esa “bomba” se desarma con tiempo? 

—Por supuesto que hay que trabajar, y mucho. Es complementaria la calidad y reducir gastos innecesarios. En el Banco Central, nuestro presupuesto 2018 será un 30% más bajo. ¿Por qué? Hemos cambiado la forma de emitir los billetes. El gobierno anterior no quería reconocer la inflación, y el billete de mayor denominación era el de 100 pesos. Emitir un billete de 1.000 cuesta casi un décimo que el otro. Eso es algo fácil de comprender. Hay que ser lógicos. Así, ahorramos cientos de millones de dólares. 

—¿En impresión de billetes?

—En la impresión solamente, claro. Más allá de eso, en el caso puntual del Banco Central, la gente se ha ido jubilando y vamos mejorando la eficiencia del plantel. Nosotros, como directores, nos hemos bajado los sueldos un 15%. Todo eso genera una mejora en la eficiencia. 

—¿Cuál es su opinión de cómo Bernanke utilizó la comunicación como herramienta de política monetaria?

—Bueno, Bernanke fue mi profesor en el MIT, entonces lo conozco bien. Bernanke definió los patrones de comunicación de los bancos centrales. Que utilizan su comunicado de política monetaria, y se comunican en conferencias de prensa en donde van. Nosotros tenemos seis en el año, cuatro del Informe de Política Monetaria y dos de estabilidad financiera, y se comunican a través de los discursos por escrito. Todas las presentaciones que hice han sido discursos escritos. Se convirtió en un estándar de los banqueros centrales. Este reportaje es algo bastante excepcional; me pareció un buen momento, después de dos años, para hacer una entrevista. 

—Bernanke dio un reportaje al “Financial Times”. 

—Sí, en algunos momentos se hacen, cuando se pretende comunicar de una manera amplia algunas de las ideas que hemos ido trabajando. 

—En 2013, mientras Bernanke llevaba a cabo su política de estímulo monetario –el “quantitative easing”– tuvo un problema porque, viendo que los mercados subían y la economía comenzaba a crecer, anunció que podrían comenzar a moderar el estímulo monetario. Sin siquiera indicar que lo reducirían, sino que podrían desacelerarlo, generó una corrida de mercado que duró meses y tuvo que dar marcha atrás. 

—Lo recuerdo perfectamente. La situación era crítica, él leyó su discurso y después dijo: “Voy a tomar un par de preguntas”. En el ida y vuelta uno a veces se toma más libertad o adopta un discurso más coloquial. Le preguntaron: “¿Usted consideraría en algún momento terminar con el quantitative easing?”. Una pregunta casi tautológica, obvia. Y él dijo: “Sí, en algún momento, sí”. Fue un caos, y eso nos habla de la necesidad de ser preciso en la comunicación. Creo que él ahí lo sufrió en carne propia. 

—¿Y cómo lleva adelante la política de comunicación del Banco Central? 

—Los discursos son todos escritos, están todos subidos a internet porque es muy importante para nosotros que la información sea conocida por todos. Lo que uno puede decir tiene que ver con cosas que pueden pasar en el mercado. Cuando hacemos una conferencia de prensa, se hace siempre con streaming. El mercado se entera al instante de lo que decimos. A veces tenemos cincuenta o sesenta personas en el auditorio, pero 1.200 viéndolo en la web.  

—¿Se podría afirmar que las metas de inflación también son una forma de comunicación?

—Absolutamente. 

—Aunque hayan sido luego superadas por la realidad, las metas enviaron una señal. Tal vez el Poder Ejecutivo, al modificar las metas, no comprendió la importancia que tenían como método de comunicación. 

—Creo que el PE comprendió totalmente y que sí, han cumplido el rol que usted describe. En 2017 veníamos de una inflación muy alta y sin embargo las negociaciones salariales terminaron coordinando no exactamente en la meta, pero mucho más cerca de lo que había sido la inflación pasada. Nosotros, en la segunda mitad de 2016, relajamos la política monetaria y se nos fue un poquito la inflación en la primera mitad de 2017. En el segundo anduvo bastante en línea como lo esperado, tuvimos el shock a fin de año de tarifas, y el mercado estaba con una expectativa de inflación más cercana al 15% que a la meta nuestra del 10%. Tanto está convencido el Gobierno de la importancia que tienen las metas, que yo quiero ir a un esquema más alineado con las expectativas, sin resignar el objetivo. El argumento de ellos era que la meta del 10% no generaba el efecto comunicacional fuerte que podría tener una meta del 15%. Este tema lo discutimos durante seis meses dentro del Gobierno. Seis meses, no fue una discusión de 15 días. Un proceso de ida y vuelta, de reflexión, de pensamiento… 

—¿Cuándo sintió íntimamente, o se convenció, de que la meta de inflación de 2017 no iba a cumplirse y que la de 2018 debía cambiarse? Usted mencionó que estuvieron seis meses debatiendo. ¿Ya lo veía a mitad de año? 

—No, tenía que ver mucho más con cómo es consolidar el rol comunicacional de la meta. Discutíamos: si esto se llegara a hacer, ¿cómo podríamos consolidar y reforzar la nueva meta como punto focal? 

—¿Cómo, cuándo, quién o quiénes decidieron la modificación de la meta de inflación? 

—Fue un proceso de muchas charlas y muchas discusiones, de mucha argumentación. Un intercambio genuino, útil, sano. Hasta que el Ejecutivo tomó una decisión. Lo que influyó en la decisión final fue una idea que mucho no la compartíamos: que habíamos entrado en una desaceleración en noviembre y diciembre. No tenemos evidencia de eso. Eso fue parte del diagnóstico y de la discusión de la decisión que se tomó. 

—Si la economía entraba en un proceso de desaceleración, siguiendo lo que habíamos conversado antes de que, a menor inflación, mayor crecimiento, ¿en qué ayudaría a que hubiese mayor crecimiento cambiar la meta de inflación?

—El proceso de desinflación va a seguir estando, va a seguir siendo fuertísimo en 2018. 

¿Por qué se iba a subsanar el enfriamiento de la economía con una meta de inflación más alta? 

El proceso de desinflación está presente en cualquiera de las dos trayectorias. Me parece que fue una cuestión más de alinear, que tiene mucho que ver con la idea del PRO. Esa idea de ser genuino, transparente con lo que se dice y con lo que se hace. El Gobierno se sentía más cómodo teniendo una meta más alineada con las expectativas. 

—En septiembre, con un trimestre por delante para terminar el año, la inflación ya había acumulado 17,6%, había llegado en nueve meses a la meta fijada por el Gobierno para todo el año. ¿Por qué el cambio de meta no se contempló en el Presupuesto, cuando, evidentemente, por lo que usted cuenta, la decisión ya estaba tomada? 

—El presupuesto son estimaciones. En última instancia el cambio era de tres puntos respecto a la banda. 

—Y cinco respecto del piso. 

Sí, pero no había cambios muy significativos que ameritaran una reformulación del presupuesto. 

—¿Cómo se decidió, entonces, la conferencia de prensa del 28 de diciembre?  

—Fue un proceso que fue decantando. En un momento se tomó la decisión y, como es una atribución del Ejecutivo, lo anuncia el Poder Ejecutivo. En algún momento sugerí, es cierto, que era conveniente que yo participe. Es lo habitual. Uno va a Inglaterra o a Estados Unidos, y en temas que son de interés conjunto o común, como este, que tenía que ver con la meta, es natural que esté presente el presidente de la Reserva Federal, el secretario del Tesoro. Me pareció que tenía mucho más sentido que estuviéramos todos alineados y convencidos del cambio que había que hacer. 

—¿No cree que desde el punto de vista de la comunicación pudo haber sido un error, como el de Bernanke en 2013, que su presencia ahí generara un efecto contrario al buscado? 

—Su pregunta me demuestra cuánto hemos avanzado en instalar la idea de que Argentina necesita un Banco Central independiente. Eso que me pregunta hoy no lo hubiese hecho hace 15 o 20 años. Participar en una conferencia de prensa es algo estándar, conjeturar que mi presencia podría afectar algo me parece cuasi ridículo. 

—La meta final de 5% se mantiene corriéndola de 2019 a 2020, pero es evidente que ese anuncio del 28 de diciembre generó un cambio de expectativa respecto de 2018, no de 2020. Las paritarias, por ejemplo, con una expectativa de lograr mayores aumentos salariales.

—Vamos a ver, porque depende mucho del compromiso que asuma el Gobierno, que creo que es muy importante, de apuntalar con toda su fuerza este objetivo del 15%. En eso, hoy me siento mucho más acompañado.

—¿Qué hubiese pasado si se dejaba la meta de inflación para 2018 en 10%? ¿Qué cambiaba? 

—Lo dije en la conferencia de prensa. La decisión de dónde ponemos la tasa tiene mucho que ver con modelos que nos van prediciendo cómo es el impacto de la política. Ibamos a tener una política monetaria de tasas de interés más altas, porque teníamos que ir de 24 a 10. Dije que el cambio permitía este relajamiento que igual ya veíamos, porque ya habíamos quebrado la inflación núcleo, que probablemente se anticipara un poco. Vamos a tener una trayectoria de tasas un poquito más bajas.

—Como consecuencia, si se hubiese mantenido esa meta, más exigente, la inflación iba a ser menor. 

—Claro, íbamos a apuntar a una inflación menor. Pero lo importante es que Argentina, el año que viene, tendrá una trayectoria fuertemente descendente. 

—Explíquele al ciudadano común qué ventaja tiene que la inflación sea un poco mayor el año próximo. ¿Por qué el Gobierno hace eso? 

—Para no imponerle al Banco Central una política monetaria tan dura para llegar al 10%. Como se tenía la expectativa del 15%, el proceso central es cómo ir bajando de una manera consistente con las expectativas. Básicamente es seguir transitando un proceso parecido al de 2017, donde fuimos con una desinflación pronunciada. La gente había negociado las paritarias, y nosotros aseguramos que ese salario estuviera protegido. La idea es repetir ese proceso de manera natural en 2018. 

—¿Qué mal se hubiese generado en la economía del país si se seguía con la misma política de lograr que la inflación estuviera entre el 10% y el 12%? ¿No piensa que tal vez así a lo mejor llegábamos al 15% mientras que ahora terminarán en el 18 o más? 

—En cualquiera de los escenarios el desempeño de la economía argentina hubiera sido superbueno. Hay sectores que están en un crecimiento porque han cambiado fuertemente sus reglas de juego. El sector agropecuario, el sector ganadero, el sector de energía que también ha tenido una recomposición de precios y tiene otra perspectiva. Argentina vuelve a exportar gas en enero. Está el sector de la construcción con 25% de crecimiento real, apuntalado por una demanda que en los próximos 10 o 15 años va a ser fuertísima. Un sector financiero que está con un crecimiento importante. Podemos hablar de los préstamos UVA para hipotecarios y los préstamos UVA para autos. El Banco Provincia sacó el préstamo personal UVA para autos y en tres meses vendió 23 mil autos. El proceso de crecimiento de Argentina es liderado por la inversión y muy sostenido. Eso es lo que dicen todos los analistas. 

—Por eso, en cualquier caso hubiera habido una Argentina con crecimiento. 

—Lo habrá, sostenible, ordenado, basado en la inversión y sustentable. 

—Hay muchos empresarios y analistas que opinan que esa conferencia de prensa del 28 lo único que logró fue generar mayor expectativa de inflación y mayor tensión en la economía, y que era innecesaria. Entiendo que su posición es que a lo mejor en el corto plazo tenga consecuencias negativas, pero en el largo plazo, si lograran que la inflación fuera realmente del 15% en 2018, instalaría un sistema de comunicación más creíble.

—Sí, y creo que eso se va a ordenar. Todo el régimen de metas de inflación, el régimen de tipo de cambio flotante, son cosas relativamente novedosas para la sociedad argentina. La gente va procesando, trata de coordinar y lo que queda es la consistencia de cómo uno va actuando. 

—¿Recibió presiones para bajar la tasa por parte de la Jefatura de Gabinete en algún momento? 

—No, esto está claro. El Ejecutivo marca el tempo con las metas, y el Banco Central tiene que tener su independencia funcional y su independencia de criterio para adecuarse a esos objetivos. 

—¿En ningún momento se sintió el chivo expiatorio de errores del equipo económico que no tenían que ver con el Banco Central? 

—Bueno, ya hablamos de todos los índices positivos que tuvo la economía en 2017. ¿Chivo expiatorio de qué? Me parece que todos sentimos que hemos empezado el camino de una Argentina con crecimiento sustentable, sin atajos, tomando decisiones difíciles, no tirando nada abajo de la alfombra. Creo que la gente quizás lo esté viendo, por eso votó como votó. 

—Hace pocos días economistas privados anticiparon a PERFIL que estiman que, con el arrastre inflacionario y los aumentos pendientes de tarifas que usted opinó que están mal valuados, y de servicios, en el primer semestre de este año ya tiene un piso de inflación del 11%, con lo que, para llegar a la nueva meta en el segundo semestre debería rondar el 0,6% mensual. ¿Estos son sus números?

—Pienso que están sobrevaluando el tema. A ver, repasemos las condiciones iniciales de la inflación 2017-2018. Cuando arrancamos 2017 la 

inflación núcleo estaba en 21%, y ahora está en 18%. En 2017 veníamos con una inflación del 36%, ahora arrancaremos con 24.8%, mucho mejor posicionados. La núcleo mucho más abajo, la tasa de interés, una posición monetaria más relajada que la que tenemos ahora. El último punto es el regulador, teníamos una expectativa de regulados del 38% de aumento y este año, la expectativa es la mitad de eso. Creo que el combo, sumado al compromiso de todos los actores con la meta del 15%, avizora un muy buen desempeño de inflación de 2018. 

—¿Teme que, si los salarios este año subieran el 15%, pudiese haber riesgo para quienes son tomadores de créditos UVA, de que la inflación termine haciendo que paguen más de lo que crezcan sus salarios? 

—Los créditos UVA tienen un reaseguro. Pero nosotros estudiamos ese tema y miramos la historia de Argentina en los últimos cuarenta años y uno encuentra que los salarios y la inflación tienen una relación muy, muy pareja.

—La Argentina tiene un tercio de pobres. ¿Es posible reducir esa pobreza, como aspira el presidente Macri, creciendo un 3% por año, que es la mitad de lo que crecen los países emergentes, como China, India, y apenas por arriba de lo que crecen países desarrollados, como los europeos o Estados Unidos, que no tienen nuestro nivel de pobreza? 

—Ese tema se ataca por tres frentes. Primero, el crecimiento, propiciando las condiciones para que la inversión genere empleos de calidad y bien remunerados. Tenemos un proceso de crecimiento legado por la inversión. Esa es la idea central.  

—¿No es tanto cuánto se crece, sino cómo se crece? 

—Claro. La inversión es lo que te garantiza el proceso de crecimiento. Venimos de cinco años con un PBI cayendo en términos reales. No es ese un escenario propicio para reducir la pobreza. Por eso el kirchnerismo no hizo ningún avance en ese sentido. Entramos en una etapa de crecimiento liderado por la inversión con trabajos de calidad, ese es un factor. El segundo factor es la calidad del gasto público. El tercero, la estructura tributaria. Macri ha hecho una revolución en ese sentido. 

—¿Cuál cree que será el legado de la presidencia de Macri? 

—Hay dos dimensiones de las cuales no sé si se habla mucho, pero para mí son muy relevantes, que son la política y la cultural, de la cual lo económico es un subproducto menor. Argentina tiene una historia de muchísimos años de volatilidad, no podemos asociar esa volatilidad con un nombre porque son sesenta años, distintos actores, miles de personas que intervinieron, y siempre lo mismo. Eso nos obliga a dar un paso atrás y pensar en el proceso. Un escenario político muy desbalanceado, con un peronismo que no ha tenido elementos de control. Un peronismo que en una década puede ser Washington consensus, y en otra puro chavismo, pero sigue allí, flotando, yendo de un wing al otro. ¿Por qué? Porque no tienen a nadie que les genere un contrapeso. Lo que Macri hará, si resulta exitoso y no tengo ninguna duda de que lo va a ser, será conformar otra estructura política que no va a reemplazar al peronismo pero que le va a hacer el contrapeso. Esto obliga a ambos a converger en políticas moderadas, tranquilas, más previsibles, menos cambiantes. Macri lo va a lograr, y ese será el legado que nos deje. 

—¿Le daría a la Argentina “check and balance”?

—Exacto. Es lo que hará que, independientemente de quién esté y quién ejerza el poder, lo que vendrá será moderado, previsible, estable. Ese será su gran legado, además de la recuperación de los valores. Mauricio está dispuesto a decir: “Creo en el valor del mérito, del esfuerzo individual, del crecimiento, del trabajo, de la superación”. Los valores que asociamos a la Argentina de nuestros abuelos y nuestros inmigrantes. Macri rescata eso. 

—Usted recibió en su despacho a Cavallo en la visita que hizo al Banco Central; últimamente se generaron versiones, y el propio Cavallo dijo que en el Gobierno “lo escuchan”. ¿Le dio algún consejo? 

—Cavallo está acá en las jornadas monetarias, donde tenemos una cena a la noche en la que invitamos a todos los ex presidentes del Banco Central. Una cosa muy importante y relevante es aprender a escuchar. Nosotros tenemos dos grandes mesas, y yo traigo cada dos o tres meses a 15 o 20 economistas destacados, me siento con mi equipo y les pido que me digan todo lo que piensan que está bien, todo lo que está mal. Escuchamos. Y la verdad, a veces son bastante duras las reuniones. Me he cultivado en este espacio político. En otra escala, por cierto, algo similar a lo del timbreo.  

—¿Se arrepiente del megacanje, por el que usted y Cavallo fueron procesados? 

—El megacanje fue una operación bastante estándar. Fue una operación de extensión de plazos de una deuda. El kirchnerismo lo hizo muchas veces. Es de lo más normal, pero en este caso puntual se demonizó. A mí me procesaron 13 años después de los eventos, cinco días después de asumir como diputado. Yo tenía una falta de méritos, porque era una cosa que ni siquiera dependía de mi área. Terminé sobreseído, por supuesto. 

—¿Qué similitudes o diferencias, o qué reflexión le merecen esos mismos jueces que lo procesaron a usted, que son los que procesan a Cristina Kirchner por el dólar futuro? 

—Hay que tener una confianza férrea en la Justicia. Yo la tengo. Lo del dólar futuro es una cosa bastante interesante, porque fue un gran desafío para nosotros en el arranque de la gestión. Lo tuvimos que enfrentar porque el tema nos implicaba un pasivo y 10 puntos de inflación. Entonces obligué a los bancos a venderme todos los dólares que tenían y se los revendí al valor fuera del cepo, con lo cual les impuse una pérdida de 8 mil millones de pesos de aquel momento. Entre una cosa y otra, logramos reducirle el pasivo de aquello que había hecho el gobierno anterior, en un 40%. 

—¿Existen egoísmos escondidos dentro de la gestión del área que tiene que ver con la economía? ¿Se podría decir que el gabinete del presidente Macri tiene solo tres verdaderos ministros de peso: usted, Lopetegui y Quintana, conducidos por el jefe de Gabinete, mientras el resto de los funcionarios tienen menor peso?

—Eso es una simplificación total, en muchos sentidos. Por un lado, hay que entender que este es un grupo que viene trabajando desde hace mucho tiempo. Muchos venimos de la gestión de la Ciudad, otros se sumaron en 2015, cuando se armó todo esto. Es un grupo con mucha sintonía, con muchas horas de vuelo recorrido, en pensar los temas, en discutirlos. Una conjunción de valores absoluta. Con algo que Mauricio debe haberlo sacado del fútbol: la relevancia del equipo. Para nosotros jugar en equipo es esencial. Cuando arrancamos en 2007 Mauricio nos dice a todos: “Miren, el equipo es todo, y piensen que yo lo tuve a Maradona”. Y bueno, por ahí era Maradona pero no funcionaba en el equipo. Y hablamos de Maradona, eh. Hay que ser conscientes de que los proyectos no se hacen desde lo individual, sino como equipo. Macri lo transmite con tanta fuerza que no cabe ningún tipo de especulación en sentido contrario.  

—Me gustaría conocer su opinión sobre los economistas considerados de izquierda, como Joseph Stiglitz, Paul Krugman y Jeffrey Sachs. ¿Qué opina de esa clase de economistas? 

—Con Krugman me resultaba dificilísimo hablar porque es un tipo tan inteligente que razonaba a una velocidad diferente a mía. ¿A quién más puso en la lista? ¿A Stiglitz? 

—Sí. Y Sachs. 

—Bueno, Jeff también. Es brillante, enseño en mis cursos. Krugman piensa totalmente como se dice, fuera de la caja; es creativo, disruptivo. Y Stiglitz ni hablar. Puede ser que algunos hayan tomado algún posicionamiento político que no comparta. Como economistas son extraordinarios. 

—A ellos se los denomina “economistas de izquierda”: ¿para usted mismo aceptaría la calificación de monetarista?

—A mí que me califiquen como quieran, si eso quiere decir que peleo por bajar la inflación y por proteger el salario de la gente. Yo me ubico en el mundo de John Rawls y su teoría de la justicia. Decir qué es lo justo y no lo es. 

—Cuatro preguntas de epílogo. Usted encabeza el ranking de funcionarios con más multas de tránsito: 21 multas. Son multas por exceso de velocidad y mal estacionamiento. ¿Se considera ansioso?

—Es un auto de uso familiar, y como vivimos en Martínez, lo usamos bastante. Mi mujer averiguó qué era eso, porque aparecieron multas de 2010 en Dolores que nunca vi. Pero este año mi hijo más grande hizo el ingreso al Nacional, lo tuve que llevar a las 8 de la mañana todos los sábados y, lo reconozco, salía arando, con el tiempo justo. Así que me han agarrado un par de veces. Mi mujer se encargará de pagar todo. 

—¿Podría definir su carácter como obsesivo? 

—No. Pero soy… muy firme. 

—¿Terco? 

—Y, sí. Uno tiene convicciones y las quiere defender. Pero eso no tiene nada que ve con ser terco, porque terco me imagino que es no practicar el arte de escuchar, el no estar dispuesto a cambiar. Y después de lo que me tocó vivir en 2001, aprendí de la manera más dura lo necesario que es saber cambiar si uno ha tenido un error. Las cosas son complejas y la visión de uno a veces es muy parcial. Lo que nos enriquece es la visión de otra gente. 

A veces la firmeza, la convicción, los sueños, las ganas de ciertas cosas pueden parecer como que uno está demasiado comprometido o cerrado con algo. Pero 

solo se trata de un convencimiento, de un sueño, una convicción personal, algo que, creo, nada tiene que ver con la terquedad. n


“Me sumé al proyecto de Macri gracias a mi mujer”

—A pesar de que su familia vivió en Boston mientras su padre hacía una maestría en Harvard, al regresar no dudó en enviarlo a una escuela primaria y secundaria pública, y luego a la Universidad pública de La Plata. ¿Qué significa para usted eso?

—Significa la igualdad de oportunidades, el país que uno sueña. Cuando llegamos, fui al N° 38, Joaquín B. González de Gonnet. Ese colegio, el Nacional y la Universidad en La Plata me formaron para la vida. 

—En la UNLP su padre Adolfo fue profesor por más de cincuenta años. ¿Le tocó tenerlo?

—Claro, en el último año él daba Desarrollo Económico. Además tuve a históricos como Elías Salama o Alberto Porto. También a Remes Lenicov y a López Murphy. 

—Usted se recibió en solo tres años y medio. Luego hizo un doctorado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, y fue profesor en Harvard, donde estudió tu padre. ¿Por qué prefirió el MIT? 

—En realidad, apliqué a cuatro, a IEL, a Minnesota, Chicago y el MIT.

—¿No Harvard?

—Es que, ¡no llegaron los papeles, por el correo! Pero entré al MIT, que era lo que quería. Hay un chiste famoso en Cambridge: un chico va al supermercado y está en la caja que acepta diez productos máximo. El chico tiene 15, y la cajera dice: “O eres de Harvard y no sabes contar, o de MIT y no sabes leer”. Eso marca las diferencias.

—En MIT estudió con premios Nobel como Samuelson, Solow, Krugman, McFadden, Diamond, y la tesis doctoral la hizo con Dornbusch y Krugman. ¿Quién influyó más en su pensamiento económico? 

—Todos tuvieron un enorme impacto en mí. Por ejemplo, Solow, cuando  dice: “Mire la micro (...) la macro es compleja de asir, aun con las herramientas que tenemos”. Pero el que más influyó fue el señor que tengo en esa foto: Rudi Dornbusch, mi asesor de tesis, un tipo brillante. Antes, fui ayudante del curso de Paul Krugman. A Dornbusch, todas las semanas doce alumnos le teníamos que presentar nuestros avances. El venía de Beijing y el jueves debía estar en Frankfurt, pero el martes a la mañana estaba con nosotros. Compromiso total. Uno tenía la pulsión automática de ir al pizarrón y mostrar ecuaciones. Y él: “Tsh, tsh, ecuaciones no: primero explíqueme qué quiere contar, como para que lo entienda mi mamá”, a ver si lo que uno contaba tenía sustancia o no.

—¿Qué intelectuales no economistas influyeron en su pensamiento?

—Muchísimos. Pero destaco tres ideas que son muy importantes para la política pública. John Rawls, con su Teoría de la justicia, que ayuda a definir lo que es justo y lo que no. Amartya Sen y su concepto en El desarrollo es libertad, donde explica que el desarrollo es mucho más amplio que lo económico. Y el más influyente en mí, Mancur Olson, con su La lógica de la acción colectiva, donde enseña que en la acción colectiva hay intereses concentrados e intereses más diluidos, una problemática mundial. 

—Después del doctorado, usted ejerció en la Universidad de California cuatro años y regresó al país. Estuvo aquí 11 años y volvió a trabajar como profesor en Harvard. ¿Por qué?

—Por Dornbusch. Cuando me gradué me dijo: “Sé que quieres irte, pero es necesario que te quedes unos años para madurar intelectualmente haciendo vida académica aquí”.  

—Eso hizo cuatro años en la UCLA.

—Sí. Y en 2002 trabajé mucho con un colega y amigo, Eduardo Levy-Yeyati, en el tema de los regímenes cambiarios. Nos preguntábamos: ¿cambio fijo o flotante? Revisamos casos de todo el mundo y cuando intentábamos un resultado empírico, no teníamos nada. Porque las clasificaciones estaban mal. Los que decían tener un cambio fijo lo movían; y los que decían tener un cambio flotante lo intervenían. Identificamos los regímenes por lo que hacían, lo llevamos a datos, ¡y ahí aparecieron los resultados! Por ese trabajo me llaman de Harvard.  

—Usted volvió a la Argentina para trabajar en la YPF de Estenssoro, desde 1994 hasta 1997. ¿Cómo fue esa primera experiencia corporativa?

—Llegué y Estenssoro me plantea un problema. Trabajé veinte días para darle una respuesta. Se la llevé y dijo: “Eso lo decidí al día siguiente que lo consulté”. Los tiempos de la Academia no eran los del mundo real. Primera lección. 

—En 1998 tuvo a su cargo la Escuela de Negocios de la Universidad Di Tella, y continuó allí hasta irse a Harvard en 2005. La pregunta es: ¿qué diferencia hay en cómo se enseña negocios en la Argentina y en Harvard?

—Hay dos grandes maneras de enseñar negocios. Lo que se llama el modelo de Harvard, y el modelo más teórico, Modelo Chicago MIT. Acá conviven las dos visiones. Harvard tiene una impronta fuerte de casos. MIT va más a la teoría.

—En esos años de Di Tella, durante ocho meses fue secretario de Políticas Económicas del gobierno de la Alianza. ¿Cómo fue eso?

—Fue duro. Hablando con mis colegas de los demás países, veo que es una lección aprendida en el mundo. El cambio fijo es complicado y costoso para un país, porque elimina un elemento de protección significativo. Yo cambié. Hoy soy un adalid del tipo de cambio flotante.

En 1997 Cavallo convocó a su padre Adolfo como candidato a diputado de su partido. ¿Cómo es la relación entre Cavallo, su papá y usted? 

—Papá trabajó con él en la Fundación Mediterránea. La relación es de respeto, pero lo veo poco.

—¿Cómo decidió dejar Harvard para ser presidente del Banco Ciudad en 2008? ¿Desde cuándo conocía a Macri?

—A Macri lo conocí en 2002 o 2003. A Horacio, antes...

Rodríguez Larreta, en sus tiempos con la Alianza, estaba al frente del ente recaudador…

—Claro. El organizaba reuniones para charlar de economía con Mauricio. Si venía, yo los veía. Hasta que es electo y me dice: “Tengo algo que ofrecerte”. Le expliqué que tenía que hablarlo con mi mujer: nosotros teníamos dos hijos y vivíamos en Boston. Me dio 15 días y dudé 14. El último día, Josefina, mi mujer, me dijo: “No es momento Fede, estás en Harvard, te va bien, tenés 40 años y muchos por delante”. Pero yo quería y ella sabía. Al rato volvió: “¿Vos creés en los valores de Horacio y Macri?”. Sí, le dije. “Entonces dale. Pero por los valores”. Volvimos y a poco de andar supe que lo que me dijo ella fue lo más importante, por lejos.

—¿Y cómo fue esa experiencia de seis años donde usted transformó la cultura del banco? 

—Los cambios son difíciles. Además, el Ciudad tenía depósitos judiciales, los más largos del sistema, y la plata invertida en Lebac. Todo al revés. Les dije a mis gerentes: “Salgamos de Lebac y prestemos a largo plazo”. Fuimos los primeros en prestar en proyectos de inversión a 15 años y pasamos a ser el segundo banco hipotecario del país. El Ciudad había dado 5 mil hipotecas antes que yo llegara, y 25 mil, en mi gestión.  

—¿Hubo mucha resistencia interna a los cambios que impuso? 

—El banco creció, contrató gente, se expandió y pasó a ganar. Lo cultural fue más complejo. Existía un mecanismo por el cual los que accedían a los puestos eran familiares. Pero yo pensaba que el banco debía estar abierto. Así fue. 

—En su gestión se construyó y se hizo emblemático el edificio que hoy ya no ocupa el banco sino el Gobierno de la Ciudad. ¿Por qué tuvo ese destino?

—Mauricio quería cambiar el eje del Gobierno de la Ciudad hacia el sur. Este era un edificio funcional, flexible, un edificio de oficinas, con lo cual... En el banco estaba Frigerio y él tomó la decisión. Entiendo que Mauricio le planteó la idea.

—Después fue dos años diputado y presentó, entre otros proyectos, el decreto del hipotecario que más tarde derivó en la creación de los UVA.

—En el Ciudad habíamos implementado Primera Casa BA y fue un éxito. Antes de los UVA solo el 2% de la población tenía acceso al crédito hipotecario; ahora, entre el 65 y el 75%. Una transformación que, en veinte años, nos dejará sin déficit habitacional. Los asentamientos precarios se multiplicaron porque esa gente no tenía acceso al crédito. Hoy, lo que pagan para alquilar en la Villa 31 es lo que necesitan para comprar su casa. 

—Usted cree que la erradicación de las villas la va a provocar el éxito de los créditos UVA?

—Claro. Por fin tanta gente tendrá acceso a la vivienda. Ya no es más un sueño imposible.


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