opinión

24 de marzo

Foto: cedoc

Probablemente seamos, con José Claudio Escribano, los únicos dos que quedamos de quienes atravesaron toda la última dictadura militar haciendo periodismo con responsabilidades de conducir una redacción y seguir haciéndolo hoy.

 Al quedar cada vez menos testigos de aquello con la perspectiva de la misma función actual, la responsabilidad de transmitir esa experiencia es cada vez mayor. Espero la de Claudio con interés.

En mi caso, hay una huella mnémica que está en el cuerpo, que no la puede sentir quien no la vivió. Hace poco más de dos años me operaron de columna en el Hospital Italiano; su jefe de traumatología relata que en la salida de la anestesia, aún inconsciente, gritaba de dolor hablando sobre la tortura en El Olimpo, donde estuve detenido en 1979. 

Nunca odié, siempre agradecí haber sido de los que sobrevivieron en El Olimpo, donde asesinaron a 700 de los 750 detenidos, y lo mismo después de la Guerra de Malvinas, esa vez ya sin la ilegalidad de la desaparición, cuando ordenaron mi arresto a disposición del Poder Ejecutivo por traición a la patria.

Dos veces salvado hicieron al agnóstico que era tener fe.

Leyendo estos días, a 50 años del golpe del 24 de marzo, muy interesantes columnas sobre ese período más que análisis, lo que tengo para aportar es testimonio personal.

Conocí a Videla, conocí a Massera y conocía a Camps. Paradójicamente, no conocí a quien me hizo desaparecer en enero de 1979 y, luego de una semana, me hizo liberar a pocas cuadras de la sede del Primer Cuerpo de Ejército, que comandaba, y cruzar la ciudad con un encapuchado desde Flores, donde estaba El Olimpo, a Palermo para darles un mensaje a los militares “blandos” de que había sido él, Suárez Mason.

Massera produjo la primera prohibición de circulación de la revista que dirigía –La Semana– por haber publicado una nota del historiador Armando Alonso Piñeiro titulada “Brown era pirata y Güemes anarquista”. Así de ridículo.

Videla era aun más ridículo: en 1980 citó a los directores de medios a una reunión en la Casa Rosada para un anuncio importante. Éramos Ernestina Herrera de Noble (Clarín), Bartolomé Mitre (La Nación), Aníbal Vigil (Editorial Atlántida), Bernardo Neustadt (revista Extra), Hugo Gambini (revista Redacción) –hoy todos fallecidos– y yo por Editorial Perfil. Por entonces la radio y la televisión eran estatales y obviamente no existía internet, por lo que solo había prensa privada en papel.

Dos veces salvado hicieron al agnóstico que era tener fe.

El anuncio era que Argentina iba a entrar en guerra con Brasil porque la construcción de la represa de Itaipú con una cota “excesiva” iba a dejar sin agua el río Paraná. El deseo de una guerra estaba entre ellos. Juan Pablo II les había impedido la guerra con Chile dos años antes, y recuerdo muy bien en los interrogatorios en El Olimpo que combinaban tortura psicológica y física, el interés crítico sobre la frustrada guerra con Chile que “se quiere quedar con parte de nuestro sur austral”, sumado al antisemitismo que los convencía de la verosimilitud del Plan Andinia, por el cual el sionismo planeaba quedarse con la deshabitada Patagonia estableciendo allí un Estado judío.

Esos delirios tenían las cabezas de una parte significativa de aquellos militares, lo que explica no solo lo criminal de su accionar sino el fracaso de gestión en todos los planos, desde la economía hasta la Guerra de Malvinas, y por eso, a diferencia de las contemporáneas dictaduras de Chile y Brasil, la dictadura argentina terminó tan desprestigiada, lo que posibilitó que Raúl Alfonsín llevara adelante el único juicio en la historia de la humanidad contra los mismos militares que aún tenían las armas.

Sigo con los desvaríos: comenzada la Guerra de Malvinas, conozco al general Camps porque me cita al Estado Mayor Conjunto para “anoticiarme” de que, terminado el combate, me iban a fusilar por traición a la patria por un artículo que habíamos publicado del periodista norteamericano Jack Anderson (ganador el premio Pulitzer 1972 por los Papeles del Pentágono). Camps, a los gritos, me dijo que no existía una flota de 40 barcos británicos viniendo al Atlántico sur, que eran mentiras de los ingleses para amedrentar a nuestros soldados y que yo había colaborado difundiendo informaciones derrotistas, siendo funcional al enemigo. Con una pistola sobre el escritorio, me dijo: “Lo fusilaremos cuando ganemos la guerra porque ahora todas las balas las vamos a usar para matar a los ingleses”.

Episodios como estos que relato me llevaron a la conclusión de que, por sobre todo, eran ignorantes. Siendo muy joven, me costaba entender cómo gente tan poco preparada podía tener tanto poder. Sin ánimo de disculpa en lo más mínimo, encontraba algo de consuelo en la explicación del intelectualismo moral de Sócrates, para quien el mal es ignorancia y “actúa bien quien conoce el bien”. Y en Hannah Arendt en su célebre frase sobre la “banalidad del mal” al cubrir como periodista el juicio al nazi Adolf Eichmann. Lo que no implica que el mal sea banal y, al igual que Arendt, en su caso, nunca minimizo la culpa que les cabe a los comandantes de la dictadura, solo quiero transmitir que se trataba de gente muy mediocre, el mejor ejemplo fue Videla balbuceando cuando José Ignacio López hizo historia preguntándole, en una conferencia de prensa pública, sobre los desaparecidos.

Con los años, y después de más de 42 años de democracia, aprendí que –mayoritariamente– no hay virtud superior en quienes llegan a la presidencia y conducen el país. Son iguales de defectuosos que el promedio, agravado porque el exceso de poder produce alejamiento de la realidad.

En su columna de ayer en La Nación, Carlos Pagni cuenta que el secretario general de Videla, José Villarreal, era simpatizante del radicalismo y, citando el libro de Pablo Gerchunoff El planisferio invertido, cuenta el plan que Alfonsín propuso a ese sector de los militares para que hubiera una Asamblea Constituyente con una transición cívico militar breve que desembocara en democracia. Lo que a mí personalmente me consta es que Ricardo Balbín, presidente de la UCR hasta su muerte, en 1981, trató de influir sobre los menos mesiánicos de la cúpula militar para que, tras el período de cinco años de Videla encabezando la Junta Militar, se llamara a elecciones.

Personalmente, entrevisté a Balbín en 1977 y el título del reportaje era una cita del líder radical diciendo: “Videla es un general para la democracia”. Lo paradójico es que la Secretaría de Prensa y Difusión –así se llamaba– de la Presidencia estaba en manos de la Marina, o sea de Massera, quien también dispuso la prohibición de circulación de esa edición de La Semana porque estaban expresamente prohibidos los reportajes a cualquier político. Obviamente, el plan tanto de la Martina como de gran parte de la cúpula del Ejército no era entregar el poder en 1981 sino continuar todo lo que se pudiera, y la Guerra de Malvinas fue el intento de relegitimar al gobierno militar, concluyendo en lo opuesto.

Conocí a Videla, Massera y Camps. Paradójicamente, no conocí a quien me hizo desaparecer en enero de 1979 y, a la semana liberar a pocas cuadras del Primer Cuerpo de Ejército, que comandaba, Suárez Mason.

De Alfonsín –hizo su secundario en el Liceo Militar y era de la misma generación, por lo que conocía a muchos de la cúpula del Ejército– sí me consta que tenía en mente desde mucho antes de ser presidente su plan de juzgamiento de los comandantes –solo de quienes hubieran cometido hechos aberrantes–, limitando la responsabilidad de los cuadros subalternos, quienes habían recibido órdenes bajo la concepción de la “obediencia debida”. Terminada la Guerra de Malvinas, La Semana publicó la primera foto en tapa de Alfredo Astiz, el capitán de fragata de la ESMA conocido como “el Ángel de Muerte”, quien había rendido las islas Georgias ante los ingleses. Preocupado por las consecuencias que esa tapa traería, Alfonsín vino a la redacción a alertarme del riesgo que corría: “La responsabilidad se limitará a los comandantes y no a los subalternos. Hijo, no publique eso, lo precisamos vivo para la democracia”.

No le hice caso, Alfonsín tenía razón, la dictadura clausuró La Semana y poco después ordenó mi arresto. Alfonsín terminó siendo abogado del hábeas corpus pidiendo mi libertad y, tras el asilo en una embajada, pasé el último año de la dictadura en Estados Unidos para regresar con la llegada de la democracia.

Walter Benjamin, en su Sobre el concepto de la historia, explicaba la imposibilidad de ver con los ojos del presente la historia tal cual como fue, comparándola con un relámpago, que solo en el breve instante de su presente se puede ver y luego ya pasó.

 Ayer, Fernández Díaz, en el mismo suplemento de La Nación sobre los 50 años del golpe que publicó el texto de Pagni, reflexionaba diciendo: “La historia que, por edad, nos ha tocado vivir en su momento ha ido modificándose sutilmente en nuestra cabeza a medida que avanzaron estas décadas de madurez, estudios, lectura y revelaciones”. Sí y no, debo haber olvidado mucho pero a la vez puedo recordar hasta detalles: el temible Ministerio de Interior de los primeros cinco años de la dictadura, el general Albano Harguindeguy interrogándome con insistencia la madrugada que me habían liberado de El Olimpo, u otro ejemplo ridículo del que estaba poblada esa época: cuando publicamos un reportaje al último secretario general de la CGT previo al golpe, Casildo Herrera, célebre por su frase “Yo me borrré”, por haber logrado escaparse antes del golpe y vivir en España, Harguindeguy me cita a la Casa Rosada, me toma del hombro –era voluminoso– y me coloca un billete de esa época en el bolsillo. Ante mi sorpresa, me dice: “Es para Casildo ya que ustedes ponen que sobrevive en España sin recursos”. Una más: tras mi liberación de El Olimpo, tuve que salir de la redacción cuando me llamaba con un seudónimo uno de los militares que venían en cuatro Falcon verdes y, para amedrentarme, me llevaban a dar vueltas sin decir palabra. El seudónimo que él había elegido era Clark Kent, porque yo era periodista.

La Biblia y el calefón todo el tiempo como la letra del tango, lo absurdo, lo banal, el mal, la mediocridad, el disparate. Antes que ideología, vi estupidez en el contexto de una sociedad que quizá, como en 2023, cansada del desquicio peronista de entonces, no midió las consecuencias de preferir autoritarismo. Así como nada comenzó en 1976, venía de antes, tampoco nada terminó en 1983 de eso llamado paradójicamente “Proceso”. La violencia hoy es verbal pero la actitud antidemocrática, opuesta a la deliberación y el consenso, es la misma.