Argentina y Armenia: ¿laboratorios del agotamiento de las hegemonías?
Del Cáucaso al extremo sur, las verdaderas crisis del poder global se ponen en juego en un movimiento que va de la periferia al centro.
Esta semana Putin advirtió a Armenia que sus aspiraciones de formar parte de la Unión Europea podrían acarrearle consecuencias similares a aquellas observadas en Ucrania. Esto sucede luego de que la cumbre europea se reuniera en la ciudad de Ereván durante los primeros días de mayo. Europa se traslada hacia su confín, al este de su carrera occidental. De este lado, EE.UU. comienza a realizar ejercicios militares conjuntos con Argentina, en el extremo sur de su pomposidad septentrional.
Los imperios nunca caen en su centro. Ensayan su final lejos de sí mismos, en territorios donde todavía pueden experimentar sin asumir el costo simbólico de la derrota. Allí prueban nuevas formas de administración, nuevas retóricas de seguridad, nuevas tecnologías de extracción y control. Argentina y Armenia son hoy dos laboratorios distintos de esa misma fatiga imperial.
No porque posean el poder de alterar el destino global, sino precisamente porque son territorios donde el poder mundial puede operar en estado de prueba. Los imperios utilizan las periferias para anticipar su propia mutación. Lo que después se volverá norma en el centro, aparece primero como excepción en los bordes.
En Argentina, el imperio norteamericano testea la administración de sociedades exhaustas. El dominio es financiero, algorítmico y afectivo. Precarización, fragmentación, destrucción del horizonte colectivo. Argentina funciona como un simulador avanzado del agobio social.
En Armenia, en cambio, el ensayo es diferente. Allí Europa pone en escena su crisis geopolítica. Armenia aparece como un margen donde el proyecto europeo intenta redefinirse. Europa llega al Cáucaso no como civilización triunfante sino como potencia ansiosa. Busca contener a Rusia, vigilar a Irán, negociar con Turquía y garantizar rutas estratégicas en tensión con la administración del trumpismo. Armenia se convierte entonces en un espacio de compensación simbólica, un pequeño territorio donde Europa todavía puede imaginarse como actor histórico. Pero precisamente allí se revela su desfallecimiento. Porque la presencia europea ya no organiza sentido sino gestión.
Ambos países ubicados donde terminan los continentes; Argentina en el extremo sur del americano, y Armenia al linde entre Europa y Asia, comparten una experiencia particular: habitan imperios fatigados. Imperios que todavía conservan capacidad operativa, pero han perdido certeza histórica.
En Argentina, el imperio examina cuánto deterioro puede absorber una sociedad sin desintegrarse completamente. En Armenia, cuánto vacío geoestratégico puede administrarse sin desencadenar una guerra regional irreversible. Son dos versiones del mismo laboratorio imperial: uno económico-afectivo, otro estratégico-militar.
El fin de un imperio no se parece a una explosión. Se parece más a un manejo de sus ruinas. Ese agenciamiento se percibe aún desde sus manifestaciones estéticas. Pongamos por caso la música del himno nacional argentino poseedora de una extrañeza que suele pasar inadvertida bajo el peso ceremonial de su repetición escolar y estatal. Escuchado fuera de la costumbre patriótica, el himno revela una estructura profundamente teatral, operística, casi escénica; concebido para producir una dramaturgia política. Allí aparece la huella decisiva de Blas Parera y, detrás de él, el mundo musical de Wolfgang Amadeus Mozart.El himno argentino nace entonces dentro de una gramática sonora imperial europea, incluso cuando políticamente proclamaba la ruptura con España. La patria se gesta cantándose a sí misma mediante técnicas musicales imperiales.
El vínculo secreto con La clemenza di Tito en el clima musical y el tipo de acordes resulta decisivo. La última ópera de Mozart no trata verdaderamente sobre el poder absoluto sino sobre algo más sofisticado: la teatralización del perdón imperial. Tito no gobierna mediante la fuerza sino mediante la exhibición calculada de la misericordia. El emperador perdona para consolidar autoridad; Tito perdona porque puede castigar. Constituyendo la clemencia la sublimación refinada de la amenaza. De modo tal que Argentina nace, precisamente, como territorio terminal de un imperio agotado, surgiendo entonces no de la plenitud imperial sino de su laxitud.
Allí la figura representativa de Tito se vuelve determinante. El emperador clemente no es simplemente un soberano bueno, es un soberano que comprende que el imperio ya no puede sostenerse como pura máquina de conquista. Necesita producir afecto, reconocimiento, consentimiento moral. La clemencia funciona como ingeniería de supervivencia imperial.
El gesto de las manos en forma de corazón en los discursos del primer ministro armenio, Nikol Pashinyan, en slogans, en transmisiones en vivo, en oratorias públicas con apelaciones directas a “amar”, revela una transformación profunda del lenguaje político. El corazón se convierte en una maquinaria de legitimación. Allí donde el viejo Estado soviético hablaba mediante jerarquías, monumentos y epopeyas militares, el pachinianismo introduce una morfología afectiva, casi doméstica, donde el líder se presenta como una sensibilidad compartida antes que como una autoridad trascendente. En ese punto, el corazón es una forma de gobernabilidad, un modo de organizar el vínculo entre líder y población en una época donde las grandes narrativas ideológicas se encuentran desgastadas. El Estado aparece menos como aparato soberano que como mediador emocional. Es ahí donde ese modo que tiene un mandatario de traer el corazón resuena al modelo clemente de Tito.
Existe una diferencia crucial entre la orilla final de América y la frontera del Caúcaso. Armenia percibe el imperio como amenaza externa permanente. Argentina lo percibe como melancolía interna. Armenia vive rodeada de fuerzas que disputan su territorio. Argentina vive rodeada por el recuerdo de una grandeza que nunca terminó de realizarse.
Y quizá precisamente allí la compasión se vuelve síntoma decisivo. Porque la indulgencia aparece cuando el poder necesita humanizar su propia impotencia. Cuando ya no puede garantizar plenitud material, cuando no puede producir soberanía efectiva y produce teatralidad.
Ambos países funcionan como superficies de experimentación de la lasitud imperial. Europa muestra su extenuación mediante un lenguaje diplomático-humanitario que no acaba de producir cultura. EE.UU. lo hace mediante la dramatización de las políticas nacionales, mediante el estrangulamiento de soberanías atadas a las posturas grotescas de sus dirigentes. En ambos casos, el poder habla desde el cansancio. Tanto Argentina como Armenia funcionan entonces como zonas de verificación imperial. Ya no desde la certeza histórica de quien sistematiza el mundo, sino desde la ansiedad de quien intenta administrar a través de la perturbación su pérdida de centralidad.
Porque el límite no es solamente un borde geopolítico, es también una forma de percepción. El sujeto liminar aprende a leer los signos de agotamiento antes que el resto del mundo. Reconoce el colapso en pequeñas cosas, en la inflación grosera de las palabras, en la debilidad de las instituciones, en la repetición vacía de los discursos de progreso.
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