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Lo que el algoritmo no puede financiar

El algoritmo ayudó a mover gente. Y después, con la misma indiferencia con que procesa cualquier otra cosa, pasó al siguiente tema. Ahí hay algo que vale la pena mirar despacio.

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Uno. Fue un reclamo transversal que dice algo sobre del problema. | Pablo Cuarterolo

El martes pasado la Plaza de Mayo se llenó. Columnas que llegaron desde el Gran Buenos Aires y desde el interior, de facultades que hace semanas vienen advirtiendo que la situación es límite. Fue la cuarta marcha federal universitaria desde que Milei asumió la presidencia. Fue masiva. Y al día siguiente, el feed ya había pasado a otra cosa. Eso me parece tan revelador como la marcha misma.

La convocatoria se organizó en buena parte a través de redes. Videos de la Universidad Nacional de las Artes se viralizaron en horas. Docentes subieron sus recibos de sueldo a Instagram para poner número a lo que difícilmente cabe en una historia. Una proyección sobre un edificio en La Plata con la frase “Si la universidad fuera una cascada, Adorni le daría el presupuesto” se hizo tendencia antes de que empezara la marcha. El algoritmo ayudó a mover gente. Y después, con la misma indiferencia con que procesa cualquier otra cosa, pasó al siguiente tema. Ahí hay algo que vale la pena mirar despacio.

La lógica que gobierna la economía de la atención es inmediatista por diseño. Recompensa lo que genera reacción rápida y se consume sin fricción. La universidad pública funciona exactamente al revés. Una carrera dura cinco años. Una investigación básica puede tardar quince en producir algo aplicable. Y lo que un egresado genera en su entorno, menos aun se mide. Todo trabaja en escalas de tiempo que ningún balance anual puede capturar.

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Por eso me resulta significativo que sea el gobierno más orientado a la lógica del retorno inmediato el que esté recortando su financiamiento. Las transferencias a las universidades nacionales cayeron 45,6% en términos reales entre 2023 y 2026. Los salarios docentes perdieron más de 34% de poder adquisitivo. El rector de la UBA advirtió que la situación actual les da para unos meses más. Esos números muestran lo que pasa cuando se aplica una lógica de eficiencia de corto plazo a una institución cuyo valor real se construye en décadas.

Vargas Llosa lo anticipó con otra tecnología. En La civilización del espectáculo advertía que la banalización era un peligro mayor que la censura para la cultura. Que cuando el entretenimiento se convierte en el criterio dominante, todo lo que no entretiene queda fuera de la conversación. Lo que en su época era la televisión, hoy es el algoritmo. Y la universidad, que forma ciudadanos capaces de pensar de forma compleja y produce conocimiento sin garantía de aplicación inmediata, es exactamente el tipo de institución que ese criterio no puede valorar.

Para ver el problema no hace falta elegir bando. El martes marcharon junto a los rectores dirigentes del PRO y de la UCR, figuras que difícilmente pueden ser acusadas de kirchnerismo. Un reclamo transversal que dice algo sobre la naturaleza del problema. Un país que quiere competir en la economía del conocimiento necesita exactamente aquello que está desfinanciando. Todos los profesionales que hacen posible esa economía son producto de un sistema que tarda décadas en dar sus frutos. Recortarlo hoy para ajustar el presupuesto de este año es una operación cuyo costo real vamos a ver mucho más adelante.

Hay una idea que uso bastante en lo que escribo y en lo que enseño. La llamo soberanía cognitiva. La capacidad de pensar por uno mismo sin delegar esa tarea al algoritmo de turno. La universidad pública es la institución que históricamente producía esa capacidad a escala. Formaba gente que sabía hacerse preguntas difíciles. Ahora que cada vez más decisiones las toman sistemas que no rinden cuentas a nadie, eso vale más que hace veinte años.

*Autor y divulgador. Especialista en tecnología emergente.