Opinión

Confusión sobre qué quiere el círculo rojo

Foto: Cuarterolo

“Les va bien con los gobiernos peronistas que no votan y les va mal con  gobiernos no peronistas que sí votan”, era la crítica de Cristina Kirchner a la falta de consciencia material de los empresarios. No es tan así: a Menem, que era peronista, en su reelección de 1995 lo votaron los empresarios. No votan kirchnerismo y no por falta de consciencia material, sino por las mismas causas que por el opuesto apoyan a Milei.

Se acusan de ser antimercado y por mercado entienden cosas diferentes: demanda o propiedad

1) Baja de impuestos a los sectores ganadores, sea el campo con retenciones, minería y energía con el RIGI, en general con el Impuesto a los Bienes Personales, la riqueza de las personas físicas.

2) Reforma laboral que reduce el costo de los juicios laborales y las indemnizaciones por despido, además de la fortaleza de los sindicatos.

3) Liberalización de movimiento de capitales hacia y desde el exterior.

4) Valorización de los activos por la reducción del riesgo país, que es la tasa de descuento de su flujo futuro.

Lo que Cristina Kirchner pondera es el flujo: las ventas anuales; los que  votan antiperonismo lo que ponderan es el capital, el valor futuro de lo acumulado en el pasado.

Es la misma contradicción que se plantea el peronismo en su conjunto cuando se autopercibe más promercado que el antiperonismo, ya que el mercado se agranda cuando aumenta el consumo (peronismo) y se achica con el ajuste (antiperonismo). ¿Cómo pueden llamarse promercado quienes achican el mercado y no al revés quienes lo agrandan?

Otra vez no ven más allá del corto plazo: el kirchnerismo generó mayor consumo con mayores ventas y mercado, pero desatendió el largo plazo al consumir futuro expresado en la menor seguridad jurídica, que generó su mayor intervencionismo estatal sobre la economía.

Había una frase atribuida a Lenin en las postrimerías de la Revolución rusa: “Qué tontos estos burgueses, ganan dinero vendiéndonos las sogas con las que los vamos a ahorcar”. Los empresarios se preguntan: ¿de qué sirve ganar uno, dos, tres años si después capturan su renta con impuestos a la riqueza o les impiden enviarla al exterior condenándolos a consumir en el mercado local aquello que se permita. Milei sobreactúa alrededor de este fantasma del capital con la “inviolabilidad” de la propiedad privada.

Perfectamente un empresario puede racionalmente preferir menor flujo presente si cree que con ello aumenta el valor, la disponibilidad y la seguridad de su stock de capital futuro.

El kirchnerismo estuvo mirando predominantemente la cuenta de resultados de los empresarios mientras que los empresarios estaban mirando predominantemente su balance patrimonial.

Se trata de la seguridad del capital versus la expansión del mercado. El empresario puede estar maximizando algo distinto, no ya cuánto gana este año, sino cuánto cree que valdrá mañana aquello que posee hoy y cuánto control conservará sobre ese patrimonio.

Además de preguntarse cuánto voy a vender se pregunta cómo podré conservar lo que gane. 

El kirchnerismo dice: “Somos más promercado porque creamos mercado: si aumentan los salarios y el consumo, las empresas tienen más clientes”. El  antikirchnerista le responde: “No existe mercado verdadero si el propietario no tiene seguridad de que podrá conservar, disponer y transferir libremente el resultado de lo que produce”.

La paradoja es que ambos sectores se acusan recíprocamente de ser antimercado porque los dos utilizan la palabra mercado pero hablan de cosas diferentes, porque para el kirchnerismo el mercado es sinónimo de demanda y para el antikirchnerismo el mercado es sinónimo de derechos de propiedad con libertad de precios de contratos más movilidad de capital.

Y en el extremo, ambos también están equivocados porque el capital necesita mercado y el mercado necesita capital. Y ninguna economía capitalista puede funcionar indefinidamente con uno solo de los dos. Aquí el dilema del sostenido atraso económico de la Argentina: el peronismo puede crear mercado sin crear suficiente capital. Milei puede crear condiciones favorables al capital sin conseguir crear suficiente mercado.

El kirchnerismo hipotecó el  mañana para consumir hoy mientras que el antikirchnerismo corre el riesgo de sacrificar el hoy en nombre de un mañana que puede no llegar.

Entonces, ¿el círculo rojo quiere mercado o capital? Está claro que capital sin mercado no es sostenible, como tampoco lo es el mercado sin capital. Pero, ante esa disyuntiva, habrá empresarios que prioricen la preservación y valorización de su capital y no es contradictorio que voten a quienes les hagan vender menos.

Sin que sea una frontera perfecta, el empresario cuyo negocio depende principalmente del mercado interno: comercio, construcción, parte de la industria, consumo masivo, servicios locales, tiene mayor incentivo a privilegiar flujo, salarios, empleo y demanda. Si el salario real sube y aumenta el consumo, vende más. Para él, un programa expansivo puede compensar una mayor intervención estatal o presión tributaria.

En cambio, quien obtiene una proporción importante de sus ingresos del mercado externo: el agro y ahora el petróleo, gas, minería y determinados exportadores industriales, depende relativamente menos del salario argentino como fuente de demanda. Sus compradores están afuera. Para él adquieren más peso retenciones, disponibilidad de divisas, acceso al mercado cambiario, impuestos, seguridad jurídica, costo de capital y posibilidad de remitir utilidades.

El kirchnerismo entonces debería preguntarse a qué tipo de empresario le va bien con gobiernos mercado-internistas, y Milei preguntarse a qué tipo de empresario le va bien con sus políticas. Pero aun a los que estén favorecidos en cada coyuntura les cabe reflexionar sobre la sustentabilidad de sus ventajas si el conjunto de la sociedad no recibe algún beneficio. 

Ningún modelo económico puro es neutral: cada uno genera efectos secundarios que, si no son corregidos, terminan erosionando sus propios beneficios. El modelo mercado-internista corre el riesgo de caer en la trampa de la escasez. Al cerrar la economía para proteger la producción y el empleo locales puede reducir los incentivos a competir, generar aumentos de precios y, finalmente, encontrarse con el límite de las divisas: la conocida restricción externa. La economía crece, aumentan las importaciones necesarias para sostener ese crecimiento, pero las exportaciones no generan suficientes dólares. La falta de divisas termina frenando aquello que se pretendía proteger.

El modelo exportador y financiero enfrenta el peligro inverso: la trampa de la recesión. Una apertura demasiado rápida puede destruir empresas que no están en condiciones de competir inmediatamente con los productos importados. El cierre de empresas genera desempleo, el desempleo reduce el consumo, la caída del consumo debilita todavía más al mercado interno y puede terminar quebrando la cohesión social que todo programa económico necesita para sostenerse políticamente.

Son, en cierto sentido, dos formas opuestas de insustentabilidad: el mercado-internismo puede quedarse sin dólares; el modelo aperturista puede quedarse sin consumidores y sin consenso social.

De allí surge una doble condición que ningún programa económico puede ignorar. Sin creación de riqueza no habrá beneficios duraderos para distribuir; pero sin distribución de los beneficios y cohesión social tampoco habrá estabilidad política suficiente para continuar creando riqueza.

Los empresarios que votan a quienes hacen que se venda menos prefieren la     
seguridad del capital 

El desafío no consiste entonces en elegir entre crecimiento y distribución, entre exportaciones y mercado interno, sino en evitar que la virtud de cada modelo se transforme, por exceso, en su propio defecto: producir competitivamente para poder distribuir y distribuir suficientemente para poder seguir produciendo.

Finalmente, lo que debería querer el círculo rojo es equilibrio, moderación, racionalidad. Si hasta ahora no se logró no es solo por defectos de Cristina Kirchner y Milei, sino también por la propia carencia de pensamiento estratégico del círculo rojo.