Ezequiel Fonseca Zas perdió a su hermana y a su sobrina en un accidente. En medio de ese dolor quiso reconstruir la historia familiar, juntar los recuerdos antes de que el tiempo los desarmara, y de esa necesidad nació Mila, una startup argentina que funciona como un biógrafo de IA. El sistema conversa con las personas, captura sus memorias y las convierte en relatos con valor emocional, con un equipo de lingüistas y diseñadores conversacionales repartido entre Argentina, España, Colombia, México y Miami. Acaban de levantar 800 mil dólares de inversión y su creador resume la misión en una frase que desarma, quiere que las historias que realmente importan jamás se pierdan.
Lo interesante del caso aparece en los usos. Desde la empresa cuentan que ya la compran familias en duelo y también gente que quiere atesorar casamientos, aniversarios, trayectorias profesionales, homenajes en vida. El impulso de fondo es viejísimo, porque cada generación usó la tecnología que tenía a mano para pelearle al olvido, desde el retrato pintado hasta el casete con la voz de la abuela. Guardar a los nuestros fue siempre parte de quererlos.
El asunto se pone más espeso cuando uno mira la industria que se abre detrás de esta puerta. En el mundo ya existen servicios que van bastante más lejos que un biógrafo, sistemas que clonan la voz de una persona muerta y chatbots entrenados con sus mensajes para seguir conversando con ella. En China creció una industria de resurrecciones digitales que fabrica avatares de personas fallecidas para que sus familias vuelvan a verlas y escucharlas. Hace unos años, un hombre en Estados Unidos recreó a su novia fallecida con un modelo de lenguaje y pasó noches enteras conversando con esa simulación. La frontera entre guardar un recuerdo y fabricar una presencia se cruza con dos clics, y el mercado ya está parado del otro lado esperándonos.
En ese salto hay algo que merece pensarse despacio, porque lo distinto de una simulación es que contesta, que improvisa frases que la persona jamás pronunció con una voz que uno reconoce como propia de ella. Roland Barthes escribió un diario desgarrador después de la muerte de su madre, y en esas notas aparece algo que la psicología del duelo confirmó mil veces, que aprender a vivir con la ausencia lleva tiempo y que ese trabajo lento cumple una función. Todas las culturas inventaron rituales para acompañarlo, y el velorio, los aniversarios o la visita al cementerio funcionan desde hace siglos como maneras de ir cerrando lo que la muerte deja abierto. La pregunta que trae esta época es qué pasa con un duelo que ya no cierra nunca, porque el muerto sigue contestando el chat.
Nosotros venimos de una cultura que habla con sus muertos como pocas. Les publicamos avisos en los diarios años después, les llevamos flores, mantenemos conversaciones enteras frente a una lápida. Gardel canta cada día mejor y Evita está más viva que nunca. Quizás por eso no me sorprende que una de las startups que le pone tecnología a la memoria haya nacido acá, de una tragedia familiar argentina. Lo que me pregunto es si toda esa familiaridad nuestra con los muertos nos prepara mejor para lo que viene o nos vuelve el mercado perfecto.
Lejos de mí hacerme el juez de familias que atraviesan lo peor, porque para una casa rota volver a escuchar una voz puede ser un consuelo enorme, y un biógrafo que rescata la historia del abuelo antes de que se apague me parece un uso hermoso de esta tecnología. Lo que me preocupa aparece un paso más allá, en el punto donde el negocio ya ofrece otra cosa, la ilusión de que nadie se fue nunca.
Casi todos guardamos un audio que no borramos, y el mío lo escucho cada tanto, cuando la nostalgia gana la pulseada. Después guardo el teléfono y sigo con el día, y sospecho que en esa segunda parte del gesto se esconde la porción del amor que todavía les debemos a los que se fueron, la de aprender a extrañarlos sin pedirles que vuelvan a contestar.
El cambio busca un candidato que sea capaz de entender la complejidad del conjunto de la demanda social.
*Autor y divulgador. Especialista en tecnologías emergentes.