Asuntos internos

Cuando la literatura era importante

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

En el siglo XIX –y con un impulso que se estira hasta bien entrado el XX– la literatura no era solo una actividad sedentaria: también implicaba, como se suele decir para hablar de compromiso,  poner el cuerpo. Hoy un escritor se indigna, escribe un tuit sarcástico, bloquea a su agresor y sigue con su vida como si nada. Entonces, en cambio, la cosa se resolvía a primera sangre, a primera bala, o si la suerte acompañaba, a primera anécdota vergonzosa que alguien podría contar décadas después.

Aleksandr Pushkin murió como mueren los románticos consecuentes: por una mezcla de celos, orgullo y una idea exagerada del honor. Un poema podía arruinar una reputación, una reseña podía arruinar una vida, y la respuesta lógica era citar al ofensor en un descampado, medir la distancia y disparar. El resultado es conocido: Rusia perdió a su poeta mayor y ganó una leyenda que todavía hoy sirve para recordarnos que el genio no es inmune a la estupidez viril.

Pero no hace falta morirse para entrar en esta tradición. Giuseppe Ungaretti y Massimo Bontempelli, dos figuras centrales de la literatura italiana del siglo XX, se retaron a duelo –una práctica en 1926 prohibida por ley, pero tolerada si se desarrollaba con cierta compostura– por discrepancias que hoy resultarían casi cómicas. Bontempelli acusaba a Ungaretti de difamación, un hecho que no podía quedar impune. Se dirigió al Caffè Aragno de Roma (hoy un Apple Store), que solía frecuentar Ungaretti, se paró delante del poeta y lo desafió con dos guantazos proverbiales. Se enfrentaron en la villa de Luigi Pirandello, tan adepto a las viejas costumbres, y finalizó cuando Ungaretti resultó levemente herido. El duelo, como suele pasar, fue más teatral que sangriento, pero el gesto quedó: la crítica literaria como deporte de riesgo.

Marcel Proust también pasó por ahí. En 1897 se batió en duelo con Jean Lorrain, crítico mordaz y profesional del veneno verbal, un típico vampiro literario que periódicamente necesitaba una dosis de sangre metafórica. El motivo fue un artículo insultante, en el que Lorrain dalataba a Proust como amante de Lucien Daudet, hijo del respetado escritor Alphonse Daudet; el escenario, el de siempre; el resultado, dos disparos fallidos y ninguna herida leve. Nadie murió, nadie ganó, pero durante unos minutos la alta sociedad parisina pudo comprobar que el autor de Los placeres y los días no era solo un asmático encerrado en su habitación, sino también un hombre dispuesto a defender su vida privada con pólvora.

Albert Camus esperando a Maurice Merleau-Ponty en un banquete solo para propinarle una trompada en pleno rostro: el fenomenólogo había publicado un libro excelente sobre los procesos de Moscú, pero lo había concluido diciendo que esos asesinatos atroces eran necesarios para la revolución.

En la Argentina tal vez el último y más célebre haya sido David Viñas, “Viñas de ira”, como lo llamaba Borges, que por una disidencia literaria le dio una célebre trompada a Héctor Murena.

Todo esto suena hoy a opereta, y sin embargo revela algo que perdimos. No el duelo, por supuesto –nadie en su sano juicio lo reivindicaría–, sino la convicción de que las palabras importan tanto como para exigir consecuencias. El honor era una ficción, pero una ficción compartida, y como toda ficción eficaz organizaba la realidad. Un insulto no se diluía en el ruido general: tenía un destinatario y un precio.

Ahora el precio es otro: la indiferencia. Las polémicas literarias duran lo que dura una tendencia, y la violencia se ejerce de forma más higiénica, más abstracta, menos romántica, más silenciosa. Con desinterés, en suma. Nadie grita, nadie sangra, nadie cae. Quizás sea un progreso. O quizás sea solo otra forma de la cobardía, más cómoda, más barata y menos literaria.