Opinión

De vuelta por Rosario

Josefina Ludmer afirma que en los años sesenta, “Rosario era el centro de la formación intelectual”.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Cuando leí El hombre que vio al oso de Nora Avaro, me asomé a un mundo que desconocía, el de la crítica académica rosarina. Ahora otro libro me permite seguir descubriendo ese universo, aunque La juventud de la crítica, de Judith Podlubne, es menos amistoso para el forastero. La seguridad con la que escribe Podlubne, su método académico y el enorme volumen de información que maneja hacen que su texto tenga una solidez mineral. La presentación por parte de una de sus integrantes de un universo endogámico ligado a la universidad y sin contradictores internos transita la senda de lo irrefutable. Y Podlubne domina ese registro sin volverse pesada.

Los ensayos reunidos en La juventud de la crítica celebran la historia de ese mundo y constituyen una epopeya del pensamiento que nace cuando Adolfo Prieto, reorganizó la carrera de Letras de Rosario entre 1958 y 1966. Prieto era un acérrimo antiborgeano y esa posición original, así como la posterior elección de Juan José Saer como centro de un canon posborgeano fueron tal vez los grandes errores históricos del clan de los rosarinos. 

Josefina Ludmer, un planeta periférico de esa galaxia (en el libro son más importantes María Teresa Gramuglio y Beatriz Sarlo), afirma que en los años sesenta, “Rosario era el centro de la formación intelectual”. Rosario fue el punto de entrada de la modernidad que llegaba de Francia acompañada del compromiso sartreano. Podlubne cuenta como Sartre fue paulatinamente abandonado junto con el denuncialismo sociológico de David Viñas, una transición en el que intervino la revista setecientosmonos de las que Nicolás Rosa fue el gran animador. Los críticos se orientaron luego hacia Roland Barthes, quien fue primero un semiólogo estructuralista pero para cuando sus primeras obras se habían vuelto un dogma, ya era un ensayista mucho más libre, que disputaba la pretensión científica de sus discípulos. 

Toda epopeya necesita de un héroe y el de Podlubne es Oscar Masotta. Cuando habla del “fundamental Masotta”, Podlubne cambia mesura por adoración. Personaje multifacético, Masotta recorrió la militancia marxista, la crítica literaria, las artes visuales, el estructuralismo, la lectura de Barthes y el psicoanálisis lacaniano, del que fue teórico y caudillo. En todos los campos, llegó antes que los demás. Además de primer lector del totémico Barthes, Podlubne ve a Masotta como su interlocutor y hasta le atribuye tal clarividencia política que “de ser escuchado hubiese sido también providencial”. 

Podlubne no suele perder los estribos, pero hace una excepción con Carlos Correas, cuya Operación Masotta pinta al profeta como un manipulador y un oportunista cuya estrategia fue estar siempre à la page con París e incluso con Nueva York. En La juventud de la crítica, el nombre de Correas aparece siempre acompañado de denuestos. Podlubne lo declara un resentido cuyos juicios están “plenamente desactualizados”. Sin embargo hay algo interesante en Correas, aun citado a través de Podlubne: “La contemporaneidad es esencialmente corporativa, hay un círculo en la contemporaneidad en el que se entra y se permanece o en el que no se entra y no se puede entrar”. En la historia del círculo rosarino hay mucho de esa filiación corporativa asociada a la compulsión de estar siempre donde hay que estar.