Defensor de los lectores

El periodismo en la economía-teatro

Las batallas narrativas perdidas de los anteriores ministros de Economia: Axel Kicillof, Alfonso Prat-Gay, Nicolás Dujovne, Hernán Lacunza, Martín Guzmán, Silvina Batakis, Sergio Massa. Y la batalla actual: Luis Caputo. Foto: cedoc

La economía son números envueltos en palabras. Los mercados son conversaciones. Las políticas económicas son narrativas. Las medidas son banderas. Los agentes son personas. Las expectativas son imaginación humana puesta al servicio de anticipar indicadores. 

¿Cómo el periodismo no va a influir en nuestra vida económica?

A veces sus impactos fueron terremotos. El diario La Opinión adelantó los detalles del “rodrigazo” en junio de 1975 con la pluma de Daniel Muchnik, y Ámbito Financiero reveló el Plan Austral en junio de 1985.  

Pero siempre los periodistas son influyentes. Nuestras acciones económicas no se basan en indicadores objetivos, sino en un clima de mercado, y este se construye con la interpretación mayoritaria que se hace de aquellos indicadores, y en ese proceso el periodismo tiene incidencia.

     El premio Nobel Robert J. Shiller escribió en su libro Narrativas económicas: “Los grandes cambios en la economía están acompañados de una confluencia de narrativas que incita a los actores a determinadas acciones comunes con similar efecto. Y esa convergencia de actitudes tiene incidencia en estos mega eventos económicos. Esas narrativas son los guiones para nuestra acción económica. Si desde el gobierno tienen éxito en fijarnos una narrativa, es más posible que esa política económica sobreviva”.

Como dice Shiller, el éxito del plan necesita el éxito de su narrativa. El actual ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, escribió en su Principios de Economía, del 2023, junto con Gabriela Ertola Navajas: “Una narrativa es como una moda. Podría suceder que las personas se entusiasmen con una historia y que modifiquen su percepción del valor fundamental, valorando más a ciertos activos”. 

Y las narrativas tienen también su teatralización. Por ejemplo, eso pasó con la novela de cada uno de los alrededor de quince acuerdos con el Fondo Monetario Internacional (FMI) firmados desde 1984, donde no importaba tanto la letra sino la música de las negociaciones. En su Diario de una temporada en el quinto piso, el sociólogo Juan Carlos Torre contó que, en su primer viaje en 1984, los funcionarios del FMI “sugieren un número brutal para que la gente se dé cuenta que esto va en serio”. Era una señal para comunicar la firmeza del cambio. 

Se necesitan actos, escenas, gestos, actores y palabras, para fortalecer la narrativa del cambio. Y los ministros necesitan que el periodismo no interfiera esa narrativa pero, como dijo también Torre en su libro, el periodismo además es “plataforma para el juego de presiones en las sombras dentro del que se desenvuelve la gestión de gobierno”.

Como el metro cuadrado de cada persona es distinto, es imposible que una persona tenga una visión general de la economía. Por eso, se depende del periodismo, como si fuera un espejo deformante, para tener una visión de la sociedad. 

HABLAR LA ECONOMÍA 

Uno de los cambios copernicanos de los últimos años fue la comunicación de los bancos centrales. 

Antes se hacía un culto de la no comunicación. “He aprendido a murmurar con gran incoherencia. Si te parezco demasiado claro, es que debes haber malinterpretado lo que dije”, decía en 1987 Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal. Hace poco, uno de sus sucesores, Ben Bernanke, expresó la filosofía opuesta: “La política monetaria es 98% hablar y solo 2% acción”. 

Además, cuanto más crítica es la situación más importan las palabras, como bien lo sabe quien fue presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, que calmó las aguas durante la crisis del euro del 2012 cuando dijo: “El BCE hará todo lo necesario para sostener el euro. Y, créanme, eso será suficiente”.  

Hacer política económica es hablar. Un plan económico es un dispositivo de señales para que los agentes económicos recorran un camino esperado. Pero si esas señales son percibidas como transitorias tendrán poco efecto. Por eso, desde el punto de vista de la comunicación, el éxito consiste en lograr que la sociedad acepte que se está frente a un plan permanente y no transitorio. Esa transición mental define el éxito o el fracaso de un plan. 

Casi por definición, el periodismo interfiere las narrativas oficiales. En general, las coberturas periodísticas reaccionan frente a los cambios, no a lo permanente; lo hacen en función de un futuro posible, y siempre tienen en la memoria la última crisis. Por eso, para un plan económico argentino es letal cuando empieza a circular masivamente la frase “esta película ya la vi”. 

El gobierno –incluso uno libertario– construye un guión para nosotros. Nos dicen cómo debemos actuar. Son policías de tránsito que intentan regular la circulación de los agentes económicos, desde las super corporaciones hasta una familia humilde. Por eso, a veces los ministros de economía parecen ministros de educación o religiosos, porque emiten a los distintos sectores rayos moralizantes o demonizadores. 

DESESPERANZA APRENDIDA

Si comparamos la evolución real de las expectativas inflacionarias con la inflación real de cada mes, notamos varias cosas, que tienen relación con el rol del periodismo:

Si las expectativas son negativas, los resultados suelen ser peores que los esperados. En el 2019, por ejemplo, los actores fueron corrigiendo hacia escenarios más dramáticos a medida que avanzaba el año. Entonces, la crisis que se prevé, se adelanta. José María Dagnino Pastore, quien fue varias veces ministro, siempre decía que “las expectativas indican que el futuro es hoy”. 

Cuando hay mejora en las expectativas, los indicadores van por delante de la confianza de los agentes económicos. Pero los obstáculos se incorporan velozmente a nuestro horizonte, mientras que las mejoras tardan más. Parece que somos más rápidos para empeorar nuestras expectativas que para mejorarlas. 

    Ya sabemos que el dólar ejerce una tiranía sobre la psicología económica argentina. Cuando el dólar se mueve, los precios también y las expectativas se enrarecen. Las expectativas de los agentes económicos están ligadas con sensibilidad extrema al tipo de cambio, y eso es sobre todo lo que regula si el plan es transitorio o permanente, es decir, si los agentes económicos van a obedecer o no las señales del gobierno.

Todo eso va generando una fatiga de desempeño, que hace más difícil transformar la realidad. Nuestra memoria económica es un pasivo, no un activo. Por eso, los agentes se acostumbran a una desesperanza aprendida. 

Ante esta actitud autodestructiva, el periodismo tendrá que hacer algo si desea el progreso de su comunidad.