opinión

El petróleo para Trump, Venezuela para Delcy

Ayer y hoy. Adolf Eichmann siendo juzgado en Ramalah, Cisjordania, y Nicolás Maduro capturado, llegando a Nueva York. Foto: x

Aquellos que aplaudieron el secuestro de Nicolás Maduro y lo idealizaron como un acto de justicia internacional hoy miran con espanto la burla que les ha inferido el Gran Charlatán de Mar-a-Lago. Con el oro negro seguro en las arcas de las petroleras yanquis, Trump les está dejando Venezuela a Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello y el resto de la pandilla.

La extirpación del presidente Nicolás Maduro, consumada en Caracas el 3 de enero de 2026, tuvo un precedente en Buenos Aires. Recordarlo ofrece algunas lecciones. Hace sesenta y seis años, un grupo de agentes del Mossad (servicio secreto de Israel) apresó en una calle del barrio de Florida a un tal Ricardo Klement, ciudadano con documentos argentinos. Tras guardarlo una semana en una casa clandestina, lo embarcaron camuflado en un avión de línea con destino a Tel Aviv. Allí, el primer ministro David Ben-Gurión anunció al mundo que el secuestrado era Adolf Eichmann, jerarca nazi organizador del Holocausto. 

El escándalo internacional fue mayúsculo. El presidente Arturo Frondizi, indignado, denunció a Israel por la violación de la soberanía argentina y del derecho internacional y reclamó la devolución de Eichmann. La ONU condenó el secuestro y en el Consejo de Seguridad, el representante de Estados Unidos votó en contra de Israel. Ben-Gurión habló por teléfono con Frondizi. Eran amigos y el histórico fundador del Estado de Israel admiraba a Frondizi por su firmeza en combatir toda forma de antisemitismo. Ben Gurión alegó una excusa: no había sido Israel el organizador del secuestro sino un grupo de ciudadanos que actuaba por su cuenta. No pudo mantenerse esta ficción. La realidad es que la extradición legal de delincuentes nazis había sido bloqueada cuando la Justicia argentina paralizó el intento de extraditar a Josef Mengele: en 1959 la Cámara de Apelaciones en lo Criminal sostuvo que “no corresponde la extradición cuando se trata de causas políticas”.

Eichmann fue juzgado en Jerusalén y ahorcado en Ramallah el 1º de junio de 1962. Durante un tiempo, Argentina rompió relaciones con el Estado de Israel, relaciones que habían sido intensas durante el primer gobierno de Perón, al punto de que Golda Meir, la ministra de Trabajo del primer gabinete de Ben-Gurión, había visitado a Eva Perón, declarándose su admiradora. 

Todo se arregló poco después. El proceso de Jerusalén sentó la doctrina según la cual hay crímenes –como los cometidos por el Tercer Reich– que están más allá de cualquier código. Son los crímenes de lesa humanidad, ataques contra la dignidad humana que son imprescriptibles y no pueden recibir amnistías ni perdones.

Si en 1960 el secuestro de Eichmann había violado la soberanía argentina, el proceso de Jerusalén que repuso ante la opinión pública del mundo el horror del entonces olvidado Holocausto sentó unos principios que sirvieron para que en 1985 los argentinos condenaran a los comandantes del Proceso, en un juicio sobre el que se sustenta la democracia argentina.

El secuestro de Eichmann fue incruento y solo requirió una veintena de agentes del Mossad (aunque muchos judíos argentinos colaboraron con ellos silenciosamente). El secuestro de Maduro requirió una flota de aviones ultramodernos, se consumó a sangre y fuego y dejó un centenar de muertos. Eichmann fue juzgado en Israel porque ese Estado, como hogar nacional judío, representaba a las víctimas del Holocausto. ¿Por qué Maduro será juzgado en Nueva York? Si su delito fue el narcotráfico, podría ser procesado en cualquier lugar del mundo en el que hubiera una víctima de la droga. Estados Unidos nada tiene que ver con Venezuela en términos jurisdiccionales. La elección de la sede del tribunal delata que el secuestro sustenta, más allá incluso del explícito interés por el petróleo venezolano, el principio de la capitalidad mundial de los Estados Unidos. 

La logorrea de Trump exhibe con desenfado la razón del secuestro. Lo exhibe para reforzar las amenazas inminentes contra Colombia, México, Panamá o Dinamarca. Que sea Donald Trump el que finalmente juzgue a Nicolás Maduro es como si Adolf Eichman hubiera sido secuestrado para que lo juzgara un tribunal de nazis imputándole que dejó algunos judíos supervivientes.

Los dotes proféticos de la literatura se muestran una vez más. En 1949, Borges, en su cuento “Deutsches Requiem”, incluyó la confesión final de un criminal nazi que, ante el cadalso, anticipa: “Quienes sepan oírme comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo… Mañana moriré pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir”. 

Los continuadores del Ben-Gurión que secuestraba para salvar la memoria del Holocausto hoy destrozan Gaza sin piedad. Los estadounidenses que condenaban un secuestro ilegal hoy no solo lo practican, sino que lo ostentan como medalla.