La otra noche, scrolleando Instagram antes de dormir, me crucé con el perfil de una influencer fitness. Pelo rosa, abdominales marcados, pose en el gimnasio con auriculares inalámbricos. Nada raro. Seguí de largo. Tres posts después, el algoritmo me la volvió a mostrar. Esta vez con un vestido rojo, en lo que parecía Ibiza. Tenía 390 mil seguidores. Me detuve un segundo en la bio: Digital CEO, Barcelona. Me pareció demasiado. Busqué su nombre en Google.
Aitana López no existe. Es un producto de inteligencia artificial creado por una agencia española que se cansó de lidiar con influencers de carne y hueso. No tiene ego, no pide más plata, no llega tarde a las sesiones de fotos. Y factura hasta diez mil euros por mes.
Lo que al principio parece una curiosidad tecnológica, se revela, si uno mira con más atención, como un espejo incómodo de algo que nos atraviesa. El mercado de influencers virtuales movió más de seis mil millones de dólares en 2024 y se proyecta que se multiplique por siete en los próximos años. No es un experimento de laboratorio... es un modelo de negocio que funciona porque hay gente dispuesta a seguir, interactuar y comprar lo que promocionan personas que nunca respiraron. Y ahí es donde la cosa se pone más densa.
Porque si una influencer de IA genera tres veces más engagement que una real, si el 65% de los usuarios compra lo que ella recomienda, si su creador la diseñó preguntándole a ChatGPT cómo sería “la chica soñada por el hombre promedio”... ¿qué estamos deseando exactamente? ¿A quién le hablamos cuando comentamos sus fotos?
El fenómeno no se limita al marketing. Emily Pellegrini es otra modelo de IA que, en seis semanas, juntó diez mil dólares vendiendo contenido erótico en una plataforma similar a OnlyFans. Su creador invirtió jornadas de catorce horas ajustando cada detalle: el largo del pelo, la curva de las caderas, el brillo de los ojos. Una mujer que nunca existió, calibrada para activar el deseo de miles de hombres que pagan una suscripción mensual para verla.
Acá aparece una grieta que me interesa más que el negocio: la soledad. Un estudio reciente muestra que el 31% de los hombres jóvenes ya chatea con novias virtuales. La mitad prefiere eso antes que arriesgarse al rechazo. En Estados Unidos, más del 60% de los varones de entre 18 y 30 años están solteros. La industria de las “girlfriends de IA” crece exactamente sobre ese vacío.
No se trata de juzgar. Yo también paso más tiempo del que me gustaría frente a una pantalla, buscando algo que no sé bien qué es. Lo que me preocupa personalmente es otra cosa: ¿qué pasa con el deseo cuando el objeto no tiene cuerpo, ni historia, ni capacidad de decir que no?
Baudrillard lo anticipó hace décadas: en la era del simulacro, lo hiperreal termina siendo más atractivo que lo real. Y acá estamos, en un mundo donde las marcas prefieren avatares porque no envejecen, no se cansan y no generan escándalos. Un mundo donde el cuerpo humano empieza a ser un problema para la economía de la atención.
Mientras tanto, en Argentina, una startup ya ofrece crear tu propio influencer virtual llave en mano. Más de cien personajes digitales operan en Latinoamérica, vendiendo zapatillas, cursos de finanzas y, en algunos casos, intimidad fabricada.
No tengo una conclusión cerrada. No creo que la tecnología sea el enemigo, pero tampoco me compro la idea de que todo esto es inofensivo. Lo que sí sé es que cada vez que alguien elige una novia que no puede rechazarlo, cada vez que preferimos seguir a alguien que no existe, algo se nos escapa. Algo que tiene que ver con la fricción, con la incomodidad, con lo que significa estar frente a otro que no se adapta a lo que queremos.
A veces pienso que el problema no es la inteligencia artificial. Es que nos estamos acostumbrando a desear lo que no resiste.
*Autor y divulgador. Especialista en tecnología emergente.