El poder muere en la arena
Ozymandias es una implacable alegoría sobre el insobornable paso del tiempo y la fugacidad del poder
El arte suele dar una perspectiva profunda y a menudo imperecedera del acontecer humano, tanto en el plano psicológico, como en el político, el económico, el social y el espiritual. Allí están los clásicos de la literatura, el teatro, la pintura y la música para confirmarlo. Cuando se vuelve a ellos se encuentran siempre nuevas iluminaciones para cuestiones de la actualidad desde la que se los aborda o se los recupera. Su lenguaje es simbólico, va más allá de lo obvio, de lo literal, requiere mentes abiertas y despiertas, sensibilidades activas, capacidad de pensar por cuenta propia. Se accede entonces a una comprensión que trasciende la coyuntura, así como la caducidad y frecuente obviedad de crónicas y análisis políticos, de ciertos textos académicos y del contenido empalagoso de muchos escritos pseudo terapéuticos y falsamente espirituales.
Esta reflexión proviene de la relectura de Ozymandias, poema de catorce versos que el inglés Percy Bysshe Shelley (1792-1822) escribió en 1817 y publicó el 11 de enero de 1818, hace hoy 208 años. En una Europa agitada por los ecos de la Revolución Francesa, herida por las guerras napoleónicas, y convulsionada por la reconfiguración social y económica producida por la Revolución Industrial, el poema es una implacable y honda alegoría sobre el insobornable paso del tiempo y sobre la fugacidad del poder. Narra la visión de un viajero que, en la inmensidad del desierto, encuentra dispersos y enterrados pedazos de una colosal estatua que ensalzaba a un rey cuyo poder se creía eterno e ilimitado. Ozymandias es el misterioso nombre que el poeta le atribuye y, según se sospecha, alude a Ramsés II, de Egipto. Shelley va más allá de lo histórico y lo anecdótico, no se detiene en el faraón, lo toma como símbolo y se eleva más allá de él. De ese modo su poema, considerado una obra maestra del romanticismo (vigorosa corriente artística que, a fines del siglo XVIII reaccionó contra la Ilustración y reivindicaba la preminencia del sentimiento sobre la razón), alcanza un eco potente que se escucha con claridad hoy, dos siglos más tarde, en la era de los Trump, los Maduro, los Chávez, los Orban, los Milei, los Netanyahu, los Putin, los Kirchner, los Hussein, los Gadafi, y unas décadas después de los Hitler, los Mussolini, los Stalin. Una lista de líderes que, al margen de sus ideologías, tienen en común su pretensión de eternidad, de inmunidad, su arrogación de poderes divinos que nadie les otorgó.
Percy Shelley murió a los 29 años, ahogado mientras navegaba en Italia. En 1818 murió Clara, su hija recién nacida, y en 1819 su hijo William. En 1816 se casó con Mary Wollstonecraft Godwin, conocida como Mary Shelley y autora de Frankenstein, obra maestra del gótico que previó la actual desmesura de una ciencia y una técnica sin límites morales. Autor de obras magníficas, como Oda al viento del Oeste, A una alondra y La máscara de Anarquía, Shelley dice en Ozymandias: “Vi a un viajero de tierras muy remotas./ Hay dos piernas –me dijo– en el desierto,/ Son de piedra y sin tronco./ Un rostro yerto./ Sobre la arena yace: la faz rota,/ El frío de esos labios de tirano,/ Hablan del escultor que ha conseguido / Reflejar la pasión, y ha trascendido/ Al que pudo tallarla con su mano./ Hay algo escrito en ese pedestal:/ Soy Ozymandias, el gran rey./ ¡Mirad mi obra, hombres de poder! ¡Desesperad!: / La ruina es de un naufragio colosal. / A su lado, infinita y legendaria/ Sólo queda la arena solitaria”
Se necesita un corazón abierto, una mente flexible, humildad, compasión y la aceptación de la finitud para escuchar a Ozymandias, algo ajeno a los líderes nombrados. El poema perdura, las efigies fugaces de ellos yacerán encubiertas en la arena del tiempo.
*Escritor y periodista.