Hay obras que uno no deja atrás: quedan mal resueltas. No porque estén inconclusas, sino porque toman una decisión estética fuerte y después, como si dudaran de su propia audacia, se desdicen. No es un problema de talento ni de contexto histórico: es un problema de confianza. El arte moderno está lleno de estos gestos a medias: avances seguidos de disculpas, riesgos compensados con explicaciones, rupturas inmediatamente reparadas para que nadie se sienta del todo incómodo. En la música popular, ese mecanismo es todavía más visible, porque el campo exige cercanía, identificación, mensaje. La opacidad se tolera poco y la frialdad casi nada.
En ese marco, hay discos que funcionan como documentos de una vacilación. No fracasan: se arrepienten en tiempo real. Uno escucha cómo la obra avanza hacia un lugar inhóspito y, de pronto, gira, como si se hubiera escuchado un carraspeo en la sala. Guitarra Negra (el disco de Alfredo Zitarrosa, no el libro de Spinetta) pertenece a esa estirpe incómoda: la de las obras que llegan demasiado lejos para su propio bien y luego intentan volver.
La primera parte del disco es, sin rodeos, un artefacto moderno. No moderno en el sentido del folklore aggiornado, sino moderno en el sentido literario más estricto: desconfianza del yo, suspensión del lirismo, primacía del procedimiento. Zitarrosa no canta para conmover ni para narrar una historia: enumera, describe, insiste. La guitarra no acompaña emociones: ocupa espacio. La voz no confiesa: enuncia. No hay clímax ni enseñanza. Hay objetos, repeticiones, una sequedad deliberada. Eso que en literatura se llamó nouveau roman y que, trasladado a la canción, suena casi ofensivo.
El efecto es notablemente incómodo. El oyente queda sin refugio afectivo. No hay identificación ni consuelo. La obra no dice “esto soy” ni “esto sentimos”, sino “esto está aquí”. Ese corrimiento del sujeto al objeto es lo que vuelve a Guitarra Negra una pieza radical incluso hoy. No hay épica ni sentimentalismo: hay una mirada fija, obstinada, casi impersonal. Objetivismo puro, aunque el rótulo incomode tanto como la música.
Y entonces llega la segunda parte, que no funciona como complemento sino como rectificación. Poemas recitados por distintas voces, énfasis, solemnidad, subrayado. Donde antes había distancia, ahora hay declamación: Neruda, Galeano, Ángel Oliva, Juan Capagorry, Milton Schinca, Nancy Marino. Donde había forma, ahora hay intención. Es peor que malo: es un sabotaje estético. No porque los textos carezcan de valor intrínseco, sino porque aparecen como una explicación tardía, como si alguien hubiera sentido la necesidad de aclarar que todo aquello tenía contenido, compromiso, mensaje.
El contraste es letal. La segunda parte no dialoga con la primera: la corrige. Introduce una pedagogía que desarma el dispositivo inicial. Como si el artista no se hubiera animado a dejar la obra sola, opaca, sin traductor. La sospecha es clara: una obra que no explica, que no emociona de manera reglamentaria, parece insuficiente.
Guitarra Negra pudo haber sido un gesto extremo dentro de la música popular rioplatense: una obra sin concesiones ni coartadas humanistas. Eligió, en cambio, cerrarse con una genuflexión. No es raro. El medio castiga la opacidad, y muchas veces el artista colabora con ese castigo.
Aun así, la herida queda. Porque la primera parte existe. Está ahí como una anomalía dentro de la obra de Alfredo Zitarrosa, como algo que no encaja del todo y por eso mismo sigue inquietando. Y en un campo tan afecto a la emoción explicada y al sentido garantizado, esa incomodidad todavía cuenta como una forma de resistencia.