¡Levantaron Las reinas del shopping! ¡Era nuestro programa favorito en Hola TV! La sensación de que no la den más provoca un inmenso vacío, no lo aprobamos de ninguna manera. ¡A Hola TV le pongo un 1 de 20! Así que ahora paso mi verano viendo series como El mentalista, o peor, C.S.I. (El mentalista no está tan mal comparada con C.S.I.): ahí van los detectives con sus linternitas infrarrojas a todas partes (si les hicieran unos de esos tests psicológicos que tanto gustan tomar ellos mismos, seguro que les saldría “personalidad fetichista”, de tanto amor por sus linternas). En la escena del crimen y en los cuerpos encuentran su fruición. Porque en series de TV como esas, escena del crimen y cuerpo se han vuelto sinónimos. La tele no deja de pasar series sobre forenses, sobre detectives médicos y sobre médicos que parecen detectives: el cuerpo es siempre sospechoso.
Francis Barker, en Cuerpo y temblor, pone en relación el nacimiento de la modernidad y de la ciencia con el control de los cuerpos como forma de control social. El célebre cuadro de Rembrandt La lección de anatomía del doctor Nicolaas Tulp marca el momento en el que el arte comienza a dar cuenta de ese fenómeno. Una vida acaba de extinguirse, pero se obliga a un cuerpo a significar. El poder del soberano persigue la carne del transgresor más allá de la muerte misma. Pero a lo largo de la modernidad, de Sade a Freud, y de Verlaine al último Foucault, el cuerpo fue pensado como el lugar desde donde desafiar los límites, el lugar imposible de pensar y, por lo tanto, sustraído del poder; el lugar del roce, el tacto, el pliegue y las capas de sentido; el lugar del dolor, la enfermedad, el envejecimiento y el padecimiento. El lugar de un secreto imposible de revelar.
Comparemos C.S.I. con Twin Peaks, de David Lynch. Allí, una uña (del cadáver de Laura Palmer) está en el origen de una investigación detectivesca. Pero la narración funciona bajo el orden de la digresión, y no de la búsqueda de un hecho positivo que confirme una hipótesis, una sospecha; sino al revés: bajo la sospecha de que ninguna hipótesis puede confirmarse, de que la relación entre el ejemplo y la teoría está irremediablemente rota. Narración loca, descarriada, gobernada por el azar y el sinsentido. Esos parecen ser los buenos viejos tiempos de la televisión, cuando detrás del discurso de la tele se podía encontrar todavía cierta tradición literaria, artística, cultural.
Hoy ocurre todo lo contrario, sobre todo en esas series horribles tan de moda no en la tele sino en las llamadas “plataformas”: como si el discurso de ese tipo de series hubiera invertido el sentido de la influencia, y ahora es la tele la que influencia a toda una literatura positivista. Buena parte de la literatura contemporánea y de las series de plataformas no solo están en las antípodas del tipo de narración a lo Lynch, sino que, por momentos, pareciera que su objetivo final es borrar las huellas de la existencia de ese otro modo de narrar que no sea el positivista. Alcanza con recordar un fragmento de Osvaldo Lamborghini: “El cuerpo, en el crepúsculo de blandura / (o varios amaneceres) se envuelve en una piel con agujeros”. En esas series y esas novelas ya no hay más agujeros, pliegues, desvíos, rupturas; solo hay la búsqueda del cuerpo transparente. La búsqueda del control total.