pinceladas chavistas

En el reino del terror, la corrupción y la falta de libertad

Dos veces Nelson Castro estuvo en Venezuela, ambas en 2019. Recuerdos de una temporada bajo la opresión.

El ‘loco dinamita’. Foto: Pablo Temes

Dos veces estuve en la Venezuela de la dictadura chavista. Fue en 2019: la primera vez, a fin de marzo; la segunda vez, a fin de abril. En marzo, para cubrir la crisis energética que dejó al país sin luz y sin agua durante días. En abril, a causa de la asonada contra el gobierno que fracasó. 

Conocí la Venezuela democrática y opulenta. Había libertad y también había –lamentablemente– corrupción y desigualdad social. En la Venezuela sojuzgada por el chavismo que viví durante esas dos coberturas había más corrupción y más pobreza y, lo que no había –ni hay hasta hoy– era libertad.

Tan solo arribar al aeropuerto internacional de Maiquetía y observar a través de la ventanilla del avión el mal estado de la pista fue suficiente para tener un primer contacto con la decadencia experimentada por un país rico que supo ser floreciente. Habiendo estado en Cuba en coberturas periodísticas en 2015 y 2016, las reminiscencias fueron inmediatas.

Pasar el control migratorio fue la comprobación del estado de opresión y falta de libertad reinantes. “Muéstreme por favor la carta de invitación”, me dijo con tono severo el funcionario que me atendió en medio de un salón semivacío del aeropuerto. “No sabía que era necesario este requisito para ingresar al país”, respondí. Comenzó ahí un largo ida y vuelta y consultas del funcionario con un superior que duró una media hora. “Muéstreme la reserva de hotel”, fue el próximo pedido. Cuando se la mostré en mi celular, me interrumpió tajante: “Debe estar impresa”, me dijo. “No la tengo”, fue mi respuesta. Vino otra media hora de consultas absurdas, que incluyó una llamada al hotel para que una empleada de recepción hablara con el funcionario para confirmarle que, efectivamente, la reservación era cierta.

Superada esta instancia, llegó el turno de la aduana. El equipaje fue sometido a un control especial –abrieron la valija– que llevó unos cuarenta minutos. Así, luego de casi dos horas pudimos ingresar a Venezuela. En el hall central del aeropuerto había unos veinte uniformados jóvenes con actitud intimidante que se paseaban de un extremo a otro del lugar.

En el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad era evidente la poca cantidad de vehículos que circulaban. En el centro de Caracas la situación era la misma. Y lo que me impactó fue el crecimiento de El Petare, la favela más grande de la ciudad.

Ya en el hotel, otra curiosidad: todos los empleados de la recepción hablaban en voz baja. Pronto sabría la razón: tenían miedo de ser escuchados por los agentes de inteligencia desplegados en el hotel. “Tengan mucho cuidado con los celulares porque hay “ladrones” que se los roban dentro del lobby”, nos advirtieron los tres recepcionistas. El encomillado de ladrones es porque, en verdad, eran agentes de inteligencia que buscaban los celulares para obtener información que luego procesaba el poderoso y temible Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin). A esta lista de agentes “encubiertos” –por llamarlos de algún modo– había que agregar a las mucamas y a los camareros del bar y del comedor. Fue una advertencia providencial que mucho agradecí.

El robo de los celulares se había transformado en el único objetivo rentable para los ladrones. Al día siguiente de ocurrido lo antes narrado, estando en el lobby del hotel se me acercó un joven de unos 20 años que, sin dudas, había detectado que era periodista. “Quiero contarle lo que nos está pasando. A los que somos ladrones ‘profesionales’”, me dijo. “Tenemos un verdadero problema que afecta nuestro ‘trabajo’”, agregó para, a continuación, contarme algo surrealista: “Ante la falta de plata que hay en el país, ya no nos sirve entrar a las casas a robar televisores, electrodomésticos o joyas, porque no se las podemos revender a nadie. Para lo único que hay plata es para comprar celulares”. Me quedé azorado. Parecía un relato extraído de la Macondo de Gabriel García Márquez. Luego me enteraría de que el cliente más importante de estos delincuentes es el Sebin. El ladrón no aceptó dar un reportaje televisivo ni siquiera de espaldas por temor a ser identificado. Solo estaba dispuesto a dar su testimonio a un medio gráfico. La historia fue publicada día después por varios diarios. Uno de ellos fue The Wall Street Journal.      

Negocios semivacíos, colas para comprar pan, leche y carne, un parque automotor vetusto, calles con el asfalto en mal estado, cortes de luz, falta de agua, transporte público obsoleto, viviendas deterioradas, concesionarias de autos vacías en las que solo se exhibían para su venta algunos pocos vehículos usados, informalidad por doquier, era el panorama que devolvía el recorrido por los distintos barrios de Caracas.

La recomendación para los periodistas era trabajar en grupo, nunca estar solo. Un periodista solo en la calle era un blanco ideal para el Sebin. Conversar con la gente era complejo para cualquier periodista. El miedo estaba a flor de piel. Los jefes y las jefas de manzana estaban muy atentos a nuestra presencia y dispuestos a interrumpir cualquier entrevista en la que una persona se expresara críticamente contra el gobierno. 

Estas son algunas de las pinceladas de la dictadura chavista –reino del terror, la corrupción y la falta de libertad– que vi y que aún hoy padecen millones de venezolanos y venezolanas.