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Fueron 50 mil

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

El pasado 13 de marzo, la publicación digital Revista Seúl difundió en su cuenta de la red social X el siguiente texto: “El problema con esa cifra es que no tiene sustento empírico. Alejandro Bonvecchi sobre el debate en torno a la cifra de 30 mil desaparecidos”. A continuación, y en el mismo posteo, el video de 1.48 minutos donde Bonvecchi “argumenta” en favor de tal conclusión: es una cifra arbitraria, errónea. Eso mismo sostuvieron el escritor Rodolfo Fogwill, el funcionario cultural Darío Lopérfido y buena parte de los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas encubiertos detrás de otras figuras notables que, cada tanto, publican algún título sobre memoria histórica reciente, o verdad revelada sobre la dictadura cívico-militar 76-83. Es más, la línea “ejército” señala en esos textos que el verdadero criminal, la figura siniestra, fue el almirante de la Logia P2, Massera. Una manera de blanquear el pasado, como que los excesos fueron obra de un psicópata, no del Plan Cóndor.

Dejando estas operaciones recurrentes de lado, la verdad histórica sobre la desaparición, tortura y muerte de ciudadanos argentinos tiene valor empírico en el trabajo documentado por el Equipo Argentino de Antropología y el Museo de Antropología. La web de este último contiene una nota firmada por la antropóloga Ludmila Da Silva Catela titulada “Fueron 30.000”, con motivo de esta fecha, en 2024.

Da Silva Catela explica que la cifra no solo es consistente con la historia, sino que la sustentan los documentos desclasificados por el Archivo de Seguridad Nacional de la Georgetown University, a los que accedió Hugo Alconada Mon en 2006, publicando una nota en el diario La Nación bajo el título “El Ejército admitió 22 mil crímenes”. Agrega la antropóloga: “En julio de 1978, Arancibia Clavel envió un telegrama a sus superiores de la Dirección de Inteligencia Chilena (DINA) con nombres de decenas de víctimas en el país y precisando que se habían computado 22 mil entre muertos y desaparecidos, desde 1975 y hasta el día presente (1978)”. 

La nota de Alconada Mon concluye: “En 1978, otro documento del Departamento de Estado ya estimaba en 15 mil los desaparecidos, gracias al aporte de un funcionario de la embajada, Tex Harris, cuya labor sería reconocida por el Estado argentino solo en 2004”. Arancibia Clavel reconoce en ese cable que la información con listados de víctimas provenía del Batallón 601 de Inteligencia, Campo de Mayo, organismo fundado por Juan Domingo Perón (al igual que la SIDE), y que ante un rival potencial como un espía chileno (país al borde de un conflicto limítrofe con Argentina) nunca le dirá la verdad o, si lo hace, será a medias. Y, a la mitad, es muy simple. Poco después del Mundial de 1978 la cifra de desaparecidos era el doble de lo filtrado al agente enemigo: 44 mil.

Por tanto, afirmar que fueron 50 mil no es ninguna locura ni delirio, tampoco una provocación (a quién, además). Tomando el censo de 1970, el país contaba con 23.364.000 habitantes. 50 mil desaparecidos equivalen al 0,214% de ese total. La cantidad de Centros Clandestinos de Detención (CCD) se estima en 814, correspondiendo a cada uno un promedio de casi 62 víctimas entre 1976 y 1983. Pero una división provincial, es decir zonal, de los CCD arroja que Capital Federal, Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Tucumán y Mendoza –con un total de 17.679.000 habitantes– contaron con 528, generando 37.126 desapariciones. Las 18 regiones restantes provocaron 12.874, a un promedio de 715 cada una.

El período de mayor actividad de los grupos de tareas se extiende de marzo de 1976 a marzo de 1978, 24 meses, porque para el inicio del mundial de fútbol la limpieza social estaba hecha. A su vez, en los primeros 12 meses desmontaron las cabezas dirigenciales de las organizaciones armadas, los últimos 12 fueron por los militantes, simpatizantes y/o adherentes. Si de los 814 CCD solamente un tercio tenía la capacidad de tortura y muerte sistemática, es decir, 270 CCD fueron capaces de “procesar” el 90% de las víctimas en tal período (45 mil); entonces, cada uno de estos ejecutó 166 personas, y por año, 83. Y si esos CCD exterminadores fueran la mitad, 135, las cifras se duplicarían para cada caso: 332 y 166. Por este último cálculo, cada CCD asesinó al menos 14 personas por mes.

Seguramente que estas cifras son refutables, pero no así mi experiencia existencial en cuanto al vacío social diurno y nocturno durante ese tiempo. 

En los trenes, en los subtes, en los colectivos, en las calles de Buenos Aires y La Plata, ciudad y conurbano, faltaba gente.

Era notable. Incluso de un año al otro: fue más tangible en 1977, a partir de fines de marzo y principios de abril. 

Eran cadáveres invisibles, a lo que sigue una fracción del poema de Néstor Perlongher:

Era ver contra toda evidencia

Era callar contra todo silencio

Era manifestar contra todo acto

Contra toda lambida era chupar

Hay Cadáveres.