COLUMNISTAS
a 50 años del golpe

La libertad ya no es lo que era

Nunca fuimos más libres que durante la dictadura.

La frase –remedo fácil de “Nunca fuimos tan libres como bajo la ocupación alemana”, que Jean-Paul Sartre escribió al comienzo de La república del silencio– suena a paradoja elegante y a la vez a provocación, y encuentra, trasladada a nuestros años más oscuros, una resonancia incómoda. Porque si algo caracterizó a la dictadura entre 1976 y 1983 fue, precisamente, la administración minuciosa del miedo. Y sin embargo, ahí, en ese territorio cercado, la palabra libertad dejó de ser una abstracción complaciente y se volvió un ejercicio cotidiano, casi físico, como respirar con dificultad.

La libertad, en tiempos normales, suele ser un mueble heredado: está ahí, ocupa espacio, nadie recuerda del todo cómo llegó, y uno se acostumbra a su presencia hasta olvidarla. En cambio, bajo la amenaza constante, la libertad se vuelve una pregunta urgente. Cada gesto –decir o callar, mirar o apartar la vista, quedarse o irse– se carga de una densidad que en otras circunstancias pasaría inadvertida. No es que fuéramos libres en el sentido habitual; es que cada decisión, incluso la más mínima, estaba atravesada por la conciencia de lo que estaba en juego.

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Hay algo incómodo en admitir esto. Suena, de algún modo, a elogio involuntario de aquello que fue, sin matices, horror. Pero no se trata de eso. Más bien, de reconocer que la libertad, cuando se la intenta suprimir, se desplaza, se infiltra, encuentra rendijas. No desaparece: cambia de forma. Se vuelve silenciosa, a veces casi invisible, pero más intensa. Un pensamiento que uno decide no delatar, una conversación susurrada, una negativa a colaborar, incluso un miedo que no logra del todo domesticar la voluntad: todo eso era, en su escala mínima, un acto de libertad.

Quizás por eso, al mirar hacia atrás, hay una especie de claridad incómoda. No la claridad de los hechos –que siguen siendo, en muchos casos, opacos, incompletos– sino la claridad de la experiencia. Se sabía, con una precisión que hoy cuesta recuperar, qué significaba elegir. No porque las opciones fueran muchas, sino porque eran pocas y cada una pesaba más. La libertad no era un derecho garantizado sino una práctica frágil, siempre al borde de desaparecer.

Después, cuando todo terminó –o cuando al menos se pudo decir que había terminado–, la libertad volvió a ese estado difuso, casi burocrático. Recuperamos el lenguaje de los derechos, de las instituciones, de las garantías. Y era necesario, por supuesto. Pero algo de aquella intensidad se perdió. La libertad dejó de ser una urgencia y volvió a ser una condición.

Tal vez por eso la frase de Sartre incomoda: porque sugiere que la libertad no siempre coincide con la comodidad, ni con la seguridad, ni siquiera con la ausencia de peligro. A veces, la libertad aparece precisamente cuando todo lo demás falta. No como un consuelo, ni como una redención, sino como una exigencia: la de decidir, aun cuando decidir parezca inútil.

Y en ese sentido –solo en ese, y en ninguno que atenúe la violencia de lo ocurrido–, puede decirse que nunca fuimos más conscientes de la libertad que cuando quisieron quitárnosla. Porque entonces, incluso en su forma más precaria, supimos que existía. Y que dependía, en última instancia, de algo que no podían controlar del todo: la obstinación íntima de seguir eligiendo.