En otro tiempo y en otro país acaso hubiese resultado gracioso el mensaje que Javier Milei publicó en la red X durante las horas previas a su discurso de apertura de las sesiones ordinarias en el Congreso de la Nación, el domingo 1° de marzo. “La moral como política de Estado”, se leía en el texto. Aplicado ese lema a la gestión del gobierno libertario bien podría tomarse como un oxímoron (figura retórica que significa contradicción en los términos) o lisa y llanamente como un chiste. Las semanas inmediatas confirmarían en una espiral creciente hasta qué punto la realidad desmiente a esa afirmación.
La moral, explica el filósofo francés André Comte-Sponville, director del Instituto Diderot en su país, concierne a los deberes que nos exige nuestra condición humana. No matar, no mentir, no robar, no corromper ni corromperse, no torturar, no calumniar, ejercer la compasión activa (acciones y no palabras) con los necesitados. Y, como sostenía el pensador alemán Emanuel Kant, respetar siempre la dignidad del otro, más allá de que se esté de acuerdo o no con él. Estos deberes, argumenta Comte-Sponville, se nos exigen en todo momento y en todo lugar. Son de cumplimiento intransferible. Cuando uno no los cumple, pero demanda a los demás que lo hagan, se convierte en un moralista. Y no es lo mismo un agente moral que un moralista.
Quizás la declaración de Milei haya pasado inadvertida para muchos, y para muchos otros haya resultado intrascendente, porque hace tiempo que una masa crítica de la sociedad argentina evidencia en sus comportamientos una marcada indiferencia por los deberes mencionados y perdona su incumplimiento a los dirigentes que elige (aunque con cierta hipocresía los castiga en las elecciones cuando estos afectan a su bolsillo, pero los dispensa si cometen tropelías que no toquen ese músculo sensible). El resultado de esto es la ausencia de toda sanción moral y la vía libre para que corruptos, mentirosos, difamadores y prebendarios del bien común sigan engrosando la “casta” de los impunes. No se va ninguno, permanecen o vuelven todos y, además, se suman nuevos componentes con cada gobierno.
Hablar de moral como política de Estado cuando están en plena cocción casos como $Libra y Andis, que involucran directamente a la cúpula gobernante, y cuando se suman las “torpezas” aeronáuticas de Adorni (un eufemismo que no disimula lo que es mucho más que eso) es echar gasolina sobre un clima social que se va calentando mes a mes según muestran las encuestas y compulsas. Ir de festejo en festejo por el mundo en parrandas de la derecha ultraneoliberal, lo que demanda viajes y viáticos cuyos montos algún día se conocerán, mientras se cierran empresas y comercios por millares y se multiplican los desempleados y los que no llegan a fin de mes aunque conserven sus trabajos, no parecen ejemplos de una política moral. No sorprendería que en algún momento alguien del gobierno (¿quizás el ministro Sturzenegger?) diga la frase que se le atribuye a María Antonieta, archiduquesa de Austria y reina consorte de Francia, quien, en los días previos a la Revolución Francesa, ante la demanda de los campesinos hambrientos habría respondido: “Si no tienen pan, que coman tortas”.
En su muy recomendable libro ¿El capitalismo es moral? Comte-Sponville señala que cuando fracasa la política se acentúan las cuestiones morales (cómo vivir) y emergen las espirituales (¿para qué vivir?). Son temas ajenos al capitalismo ultraneoliberal, bajo cuyo dogma “la vida es producir, consumir y hacer business mientras se espera la muerte”, como bien escribe Comte-Sponville. A la luz de los hechos, la moral como política de Estado suena como un chiste sin gracia..
*Escritor y periodista.