Gana el que decide
En un mundo atravesado por la incertidumbre, Milei construye poder no desde la promesa del futuro, sino desde la práctica constante de resolver bajo riesgo.
En el mundo antiguo, las prácticas de adivinación se destinaban a los supuestos magos, los jefes destacados de una comunidad o incluso a los adultos. Para estos casos, se trataba, al mismo tiempo, de una consideración específica en relación al futuro, en tanto este resultaba en un devenir ya diseñado, previamente configurado, y del que nada se podía hacer para evitarlo. Si se observa con atención, esta idea del devenir prescindía de algo que hoy resulta obvio: la acción humana como mecanismo que moldea al mundo, y siendo el mundo, de esta manera, el resultado de esas acciones. Los problemas asociados a esta condición, hacen de este tiempo una suerte de caos de decisiones cruzadas, y esto en la política, en algunos casos, lleva a la detención absoluta. Milei, a su favor, juega para esto en un sentido inverso, y lo lleva de esa manera, a una situación ventajosa. No todo es ideología, también es hacer, en el formato que sea.
El mundo moderno trata hoy su devenir de una manera más específica a través de la idea del riesgo. Este concepto nace bajo la consideración de que las acciones de uno se ubican en un derrotero del que no se tiene control total, pero que podría ser interpretado previamente para evaluar acciones posibles. Así, habría expertos en riesgo en diferentes rubros, literatura sobre riesgo, y hasta modelos estadísticos que podrían colocar diversas situaciones en una valoración de menor o mayor riesgo. En todos estos casos, el futuro no sería un devenir seguro, sino probable.
A través de la idea de riesgo se puede transitar hacia otro componente fundamental: la decisión. Dice Niklas Luhmann que decide quién desconoce el futuro, y en esto se puede seguir cayendo en la cuenta de los problemas claves del mundo moderno, ya que las personas están obligadas a decidir en toda ocasión que se presente un contexto de incertidumbre. No se está obligado a tomar decisiones de manera constante en la vida cotidiana, y en esto la rutina juega un rol relevante de compensación, pero justamente, la obligación de decidir en contextos específicos, rodea con frecuencia a las personas de esta era moderna. Y nada de esto puede ser imaginado sin su combinación con la idea de riesgo. Cada vez que se toma un decisión, puede salir bien, o salir mal.
La complejidad de la sociedad actual permite comprender ámbitos de decisión diferenciados. Existen algunos muy sencillos, que aunque suenen poco enredados, representan muy bien esta idea, como la decisión de un gusto de helado en una heladería (un mal gusto arruina la experiencia), o el producto de un kiosco para un niño rodeado siempre de otras opciones que deben ser descartadas. Para lugares de la sociedad más complejos se puede pensar en el ámbito del derecho, en toda ocasión que un juez debe decidir si una acción requiere ser declarada como legal y ajustada a derecho, o ilegal. Todos los días se deciden inversiones, desde compra de bonos hasta otras de carácter productivo, duplicando la complejidad de la decisión, entre quien decide vender, frente al que decide comprar. Los medios de comunicación ajustan su programación de acuerdo a lo que evalúan podría resultar con mejor caudal de público, y quienes transmiten contenidos por plataformas, además de copiarse unos a otros, buscan desesperadamente la reacción instantánea sobre sus propias decisiones de variaciones de oferta a sus observadores. Los técnicos de fútbol deben decidir realizar cambios en su formación inicial (o confirmar la anterior) y luego hacer otras modificaciones en el medio del partido, para luego ser catalogados como genios en el acierto, o desastrosos en el yerro. Las decisiones nos rodean.
La política tiene una relación diferencial con la idea de decisión que la coloca en un sitio diverso a las anteriores mencionadas. En el camino que lleva a las democracias modernas, el sistema político realiza algo que no tiene equivalente fuera de él. Cuando el Gobierno decide algo, lo hace imponiendo su decisión para toda la sociedad, y en esto se diferencia del derecho, que solo atiende un caso a la vez, de la economía que aplica a un inversor o una empresa, o al que pierde o gana con ese gusto de helado. En política, toda decisión, no importa cuál, debe lidiar, o por lo menos evaluar el riesgo, de su impacto con un público masivo de votantes.
Una suba de impuestos (o su quita) puede originar repercusiones, aplicar el uso de las fuerzas de seguridad frente a una manifestación o invitar al debate público, eliminar organismos del Estado puede producir discusiones interminables e impacto en los medios de comunicación, el nombramiento de un nuevo ministro (o la salida de otro) suscitar sospechas, y no devaluar la moneda la apertura a las opiniones de expertos. Cada decisión de un gobierno puede encontrar ganadores y perdedores, dependiendo, en general, si se está del lado del Gobierno o de la oposición, pero siempre en un sentido total, y no particular. Incluso, puede no haber afectados de manera directa, pero no por eso evitar la expansión de opiniones. En una reunión de amigos, puede ser criticada la apertura de las importaciones, sin que ninguno de ellos tenga una empresa que produzca algo de manera local que se vea afectada por esta medida. La política se expone siempre a la opinión general, porque sus medidas son públicas y comunicadas como orientadas a la mejora de vida de todas las personas.
La actual experiencia del gobierno de Milei debe ser catalogada, precisamente, en el sentido de la cantidad de energía y disposición que ofrece para la toma de decisiones, incluso como contraste con la gestión anterior de Alberto Fernández. De este modo, para el analista, podría ser menos relevante la adivinación del futuro, que la comprensión de su mecánica en constantes presentes que se actualizan con nuevas decisiones. No se puede conocer su destino, pero sí su intención por moldearlo.
El resultado electoral que ya va quedando atrás debe ser interpretado, no como un habilitador para ahora tomar decisiones en un sentido específico, sino como el resultado, justamente, de la toma de esas mismas decisiones en su primer bloque de gobierno. Cualquier diálogo con sus votantes podría hacer que estos expresaran que la experiencia Milei se caracteriza por la unión coherente entre un decir y un hacer, pero no es la novedad lo dicho, porque en lo dicho sobran expertos, sino en la sorpresa para una ejecución imparable. Las personas que así se expresan, nada tienen para decir sobre las peleas en el gabinete o en el rol de los grandes inversores o los servicios de inteligencia. Milei es valorado, no por dar certezas, sino por ser un hombre moderno, que bajo condiciones de riesgo, toma decisiones. Lo que ven en él es lo que esperan de la política: que se decida.
El año que acaba de comenzar debe ser asumido en términos de continuidad y no de ruptura. Se deberá esperar un acumulado de decisiones fuertes que seguirán siendo importantes, más para su electorado, que por ahora para algunos inversores. El otro lado que acompañará a esto, y que deberá ser esperado por todos, es la efervescencia opositora, que actuará como toda oposición a cualquier gobierno en occidente. Milei, en especial, se nutre y beneficia de ellos para tomar energía de identidad, porque en ese reflejo de contrarios, sostiene sus decisiones.
Una victoria electoral no es un camino hacia la armonía, sino el espacio para el aumento de las tensiones. La diferencia es si esas tensiones son para decidir, o detenerse. Por ahora, sigue siendo lo primero.
* Sociólogo.
También te puede interesar
-
¡Llegó el 2026 y cómo! Comienzo difícil, esperemos que no siga…
-
La Ley Shanti, la nueva puerta de entrada de la India a la energía limpia
-
¡Vengan por mí!
-
Críticas estridentes
-
El poder muere en la arena
-
Cómo arruinar una obra de arte
-
La llanura estrecha
-
La revelación de Trump
-
Cuerpo y tele
-
La mente y los espíritus