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La comodidad de Davos versus el ajuste en casa

El Foro como refugio, la Argentina como intemperie: el Presidente refuerza su épica global mientras la escasez tensa la realidad doméstica.

‘Javo’... de “entrecasa”... Foto: Pablo Temes

La nueva participación de Javier Milei en el Foro Económico Mundial de Davos funcionó menos como un giro, y más como una confirmación. Para el Presidente, el viaje volvió a ratificar un posicionamiento internacional ya conocido: ideológico, frontal frente al multilateralismo tradicional y en sintonía con una derecha global que cuestiona el rol del Estado, de los organismos internacionales y de las políticas redistributivas. Para la Argentina, en cambio, Davos dejó un saldo más ambiguo: visibilidad y reconocimiento externo, pero también una brecha persistente entre el relato que el Gobierno proyecta hacia afuera y la experiencia cotidiana de la mayoría de la sociedad.

En el plano personal y político, Milei volvió a moverse con comodidad. Davos es un escenario donde su discurso no resulta disruptivo sino previsible, incluso celebrado. Allí reforzó los ejes que ya había expuesto en su primera visita: defensa cerrada del capitalismo de libre mercado, crítica al socialismo como causa estructural de los desequilibrios globales y reivindicación del ajuste fiscal como condición necesaria –y virtuosa– para el crecimiento. El auditorio, raleado esta vez, pero integrado por empresarios, financistas y dirigentes políticos, operó como caja de resonancia de una narrativa que privilegia la coherencia ideológica por sobre la gestión concreta.

En ese marco, Milei presentó a la Argentina como un experimento en curso. Destacó el equilibrio fiscal, la desaceleración inflacionaria y la eliminación del déficit como logros centrales de una política económica que, según su mirada, cortó con décadas de de-sorden macroeconómico. En esa construcción, el país aparece más como caso de estudio que como sociedad real. Las referencias a la situación interna fueron selectivas: se subrayaron los indicadores macro favorables, pero se evitó profundizar en los costos sociales del ajuste. Por ejemplo, el ajuste sobre los jubilados, que en los primeros dos años de gobierno representó un 27,5 por ciento del poder adquisitivo real.

Uno de los pasajes que más comentarios generó fue la apelación a Maquiavelo. Milei recurrió al  padre de la ciencia política como respaldo conceptual para justificar decisiones duras en contextos excepcionales. No se trató de una cita académica, sino de una apropiación política: gobernar –sugiere esa lectura– implica asumir costos, priorizar fines por sobre medios y resistir la presión de los sectores afectados. Cuando Milei afirma que “Maquiavelo murió”, no está negando al autor, sino reinterpretándolo: en su versión, la política deja de tener una ética propia y queda subordinada a una lógica superior, la del mercado.

En esa clave puede leerse la interpretación que hizo el politólogo Vicente Palermo, quien señaló que en el discurso presidencial el mercado aparece como fuente última de justicia. Ya no habría lugar para una noción de justicia social ni para criterios externos que limiten las decisiones económicas: lo que el mercado convalida es, por definición, justo. Maquiavelo, quien en su tiempo buscó separar la política de la moral religiosa, es resignificado aquí para separar la política de cualquier ética que no sea la eficiencia económica. No es una cita ornamental, sino una pieza más del andamiaje conceptual del ajuste.

Ese razonamiento también se proyectó al plano internacional. En Davos, Milei volvió a mencionar su participación en el llamado Consejo de la Paz, una iniciativa impulsada por Donald Trump junto a referentes conservadores que se presenta como alternativa a los organismos multilaterales tradicionales. El planteo cuestiona el rol de la ONU, a la que sus promotores consideran ineficaz y capturada por burocracias. Más allá de su viabilidad concreta, el gesto es elocuente: expresa una visión del orden global basada en liderazgos fuertes, afinidades ideológicas y acuerdos entre pares, en detrimento del multilateralismo clásico.

El alineamiento geopolítico fue explícito. Milei reiteró su respaldo a Estados Unidos e Israel y volvió a exhibir su afinidad con Donald Trump, citado como referencia política y cultural. La consigna adaptada –“hacer grande a la Argentina otra vez”– condensó ese vínculo simbólico. Davos dejó así una señal clara: la política exterior argentina se define menos por equilibrios diplomáticos y más por coincidencias ideológicas.

Parte de la prensa internacional recogió ese mensaje. Medios como The Washington Post destacaron el giro fiscal de la Argentina y el fin de los déficits crónicos, al tiempo que subrayaron la singularidad de Milei dentro del universo de derechas globales: un liberal radical en lo económico, incluso más aperturista que otros líderes conservadores. El reconocimiento externo, sin embargo, convive con advertencias sobre la sostenibilidad social del programa. Claro, los elogios de TWP no están desligados de la línea editorial de su nuevo propietario, Jeff Bezos, magnate y confeso trumpista.

Ahí aparece el otro balance: el que deja Davos para la Argentina real. Mientras el Presidente expone en foros internacionales, el ajuste sigue impactando sobre sectores sensibles. Las jubilaciones mínimas continúan perdiendo poder adquisitivo en términos reales, incluso con bonos compensatorios, y el gasto previsional fue uno de los principales ejes del recorte fiscal. Los jubilados se consolidaron como uno de los grupos más afectados.

Las políticas vinculadas a discapacidad atravesaron auditorías, demoras en pagos y recortes que derivaron en conflictos con organizaciones y prestadores. Y tambien en escándalos de corruptelas. En salud y educación, el presupuesto registró caídas reales en hospitales nacionales  y universidades públicas. Todo esto no es novedad. Son variables ausentes en el discurso de Davos, pero centrales en la vida cotidiana.

Es cierto que algunos indicadores muestran mejoras. La inflación se desaceleró de manera significativa y los índices de pobreza registraron una baja en 2025. Pero esos datos conviven con una recesión prolongada, caída del consumo y deterioro del ingreso disponible.

Davos dejó, en definitiva, una foto partida. Para Milei, fue un espacio de validación ideológica y proyección internacional. Para la Argentina, un recordatorio de la distancia entre el discurso global y la experiencia doméstica. El desafío ya no pasa por convencer a los foros internacionales, donde el Presidente encontró audiencia. 

La pregunta que queda abierta no es si el modelo cierra en Davos, sino si termina de cerrar en casa.