Desgaste político y límites institucionales

La democracia procedimental, el límite del Presidente Milei

La caída en su aprobación expone un deterioro más profundo: la pérdida de credibilidad en su proyecto. Frente a una oposición debilitada, la democracia procedimental –elecciones y reglas– aparece como el principal freno.

Logo de Perfil actualizado Foto: Perfil

Según los sondeos de opinión, los indicadores que miden el desempeño de la administración libertaria están descendiendo abruptamente. La aprobación del Presidente concita más juicios negativos que positivos, su imagen personal cae, las expectativas sobre el futuro de la economía registran un importante retroceso; aumenta la creencia en que la mayoría de los funcionarios son corruptos. Aunque no se pueda tener todavía una idea de cómo impactará esto en la intención de voto para las elecciones presidenciales del año que viene, y aun considerando las dificultades de las encuestas para establecerla, una impresión empieza a extenderse en la política y en la sociedad: es difícil que Milei pueda obtener la reelección en la primera vuelta, para lo que se necesita por lo menos el 40 por ciento de los votos y una diferencia de 10 puntos con la fuerza que salga segunda. En caso de un balotaje sus chances disminuirían considerablemente. Si se adopta una posición opositora ante este hecho, conviene no personalizar, al menos en un primer análisis.

Esa indicación surge de un dato elemental: como los vínculos humanos o los materiales de un edificio, las administraciones públicas se desgastan, impotentes ante el factor degradante, que es el paso del tiempo. Lo que le sucede al gobierno libertario les ha ocurrido y les ocurrirá a todos los gobiernos. Las erosiones, sin embargo, pueden atenuarse; en el campo político depende de la capacidad de reparar los errores, del talento de la oposición para aprovechar las oportunidades, de las contingencias de la economía y también del alineamiento internacional, como se comprobó en octubre pasado. 

Pero lo que se observa ahora es más grave. Estaría quebrándose la credibilidad en los pilares del proyecto libertario: la ética pública y la nueva economía. Para comprender la adversidad que atraviesa Milei acaso convenga recordar las primeras dos líneas de Ana Karenina, de Tolstoi: las familias felices son todas parecidas, pero las infelices lo son cada una a su modo. Asumiendo esa premisa, podría preguntarse cuál es la peculiaridad del libertario para afrontar su desventura. 

Por lo visto, utiliza los recursos habituales del poder: niega que le esté yendo mal y culpa de sus problemas a diabólicas conspiraciones. En lo específico, muestra cada vez más agresividad con el periodismo y la oposición o se fuga hacia adelante participando en shows kitsch e inauditos como el que se montó esta semana, donde se lo vio bailando con judíos ultraortodoxos y cantando Libre, de Nino Bravo, en Israel en medio de la guerra.

Además, entre vergüenza ajena e imprudencia, el Presidente profundiza la hipocresía, instaurando la moral como política de Estado mientras defiende a un funcionario sospechoso y todavía no puede explicar por qué promovió un opaco y millonario negocio con criptomonedas. Bailar, sin embargo, no resuelve el problema. La módica democracia que le permitió a Milei acceder al poder es la que puede removerlo de ese podio más temprano que tarde. ¿Será a través de un juicio político? ¿De una gran movilización popular del peronismo? ¿De una toma de conciencia masiva de la clase media respecto a que un presidente debe gobernar con ejemplaridad republicana? La respuesta es que, tal como están las cosas, nada de eso puede suceder.

Los kirchneristas y los republicanos, que le facilitaron la presidencia al libertario poniéndose de espaldas a la sociedad mientras practicaban la grieta, no están en condiciones de encabezar ninguna epopeya. Además de su guerra insensata, no supieron afrontar con creatividad la declinación de los dos sujetos sobre los que erigieron sus relatos: el pueblo y el ciudadano.

Ambas entidades, para decirlo con ironía, ahora miran el celular en lugar de mirar la historia. Y ya sin poder de movilización, padecen un ajuste económico que, sumado a la hipocresía, la agresividad y el show, se está volviendo insoportable. El chileno Nicanor Parra afirmó, para escandalizar a los académicos, que los poetas bajaron del Olimpo. Habría que completarlo diciendo: la democracia también. No obstante, si ella perdió el carisma, conservó los procedimientos. Los republicanos, en su ceguera antikirchnerista, demandaron una democracia abstracta, subestimando la democracia procedimental.

Quizá les convenga releer a Alberdi, que en sus últimos años reconoció haber confundido el naciente país con la república platónica. Constató que lo único al alcance era una república posible, no una república verdadera.

Ahora, ante el tóxico libertario, los republicanos podrían preguntarse qué puede hacer la democracia posible por la sociedad, ya que la verdadera no está disponible. Más fructífero que el idealismo es pensar la democracia como “un campo de posibilidad”, según propone el politólogo Hugo Quiroga. Aportes recientes tal vez ayuden a esclarecer la cuestión. El sociólogo Matías Dewey sostiene que antes de considerar la transgresión a las normas, debe atenderse al acatamiento o no de los procedimientos. 

El concepto de anomia puede generar juicios morales genéricos, como cuando se dice “esto no es democracia” o “todos los jueces son corruptos”. Acatar un procedimiento, en cambio, depende de la confianza que se tenga, por ejemplo, en el veredicto de un juicio o en el resultado de un proceso electoral. Para Dewey el problema de la sociedad argentina antes que la anomia es la desconfianza. 

Abstenerse de hacer una denuncia policial, por descreer en la eficacia de la Justicia, es una muestra de esa actitud. La confianza suscita legitimidad; la desconfianza, retracción. Existe evidencia de que, aun en un contexto de recelo, la legitimidad del procedimiento electoral está preservada en la Argentina. 

La concurrencia a votar se ha mantenido en niveles relativamente altos, a pesar del aumento de la abstención; se conserva la creencia en el recuento transparente de los votos y en que el perdedor reconocerá los resultados dando lugar a la alternancia. Junto a la aceptación de la mecánica electoral, se respeta la libertad de prensa, aunque se agravie a periodistas; existe división de poderes, aun imperfecta, y rigen las garantías constitucionales. Viktor Orbán, en cierta forma el Milei de Europa, reconoció el resultado adverso, saludó al que le había ganado y se retiró de la escena. Trump no aceptó la derrota en su primer mandato, agitó a sus fanáticos, que terminaron asaltando el Capitolio y, sin embargo, se tuvo que ir porque la Justicia rechazó su reclamo. Peor le fue a Bolsonaro, que está preso. Las ultraderechas, que empiezan a desgastarse, no han podido destruir los procedimientos de la democracia. A Milei lo alcanzarán las reglas electorales, como a todos. Así llegó y así podría irse el año que viene, si no remonta. Nunca dijo que no las fuera a acatar.

Él sabe que, en una democracia estable como esta, donde están asegurados los derechos civiles, pero no el reparto equitativo de la riqueza, su suerte la determinará, como siempre, la economía antes que el derecho.