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La grieta divina

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Javier Milei y Victoria Villarruel tienen diferencias políticas de fondo. No se trata de una simple disputa de liderazgo: es la colisión de dos concepciones del bien común, cada una con su promesa de salvación.

Detrás del acuerdo táctico que los une, se esconde una fractura teológica. Milei es un economista seducido por el judaísmo. Estudia la Torá, visita al rabino Axel Wahnish y ve en el Antiguo Testamento un manual de libertad. Para él, Dios es el primer libertario: creó al mundo con reglas claras y luego dejó que el hombre eligiera. De ahí su odio al Estado, al que considera un faraón moderno que esclaviza con impuestos. El mandamiento “no robarás” es, en su prédica, una condena a la presión fiscal. Por eso su política exterior es ferozmente proisraelí. Milei no reza en latín ni en castellano: reza en hebreo antiguo y traduce la política como un pacto entre propietarios libres, no como una comunidad de creyentes.

Villarruel, en cambio, se nutre de un catolicismo preconciliar, cercano a la Fraternidad San Pío X. Rechaza el espíritu ecuménico de Francisco y abraza una visión corporativa donde la Iglesia guía al Estado. La nación tiene un alma, y esa alma es católica. No existe el individuo abstracto del liberalismo: existen la familia, las tradiciones, la patria de los próceres y los militares. Su defensa de la vida desde la concepción y su rechazo al aborto no surgen de un cálculo político, sino de una jerarquía espiritual inquebrantable. Por eso, para Villarruel, el enemigo no es solo el socialismo, sino también el liberalismo que disuelve los lazos comunitarios. Su catolicismo es una trinchera.

Mientras Milei sueña con una Argentina judaico-libertaria donde el único vínculo sagrado es el contrato voluntario, Villarruel imagina una reconquista católica del Estado, con escuelas, leyes y moral confesional. Coinciden en el “frente” contra el kirchnerismo, pero rezan en lenguas distintas. Gobiernan juntos. Pero la fe mueve montañas... y también rompe alianzas. Cuando el poder los empuja a definir el modelo de país, esa grieta divina se abre y, como Cronos, se los come crudos.