En la Argentina, a más de dos años de vigencia de un plan de gobierno ratificado por los resultados comiciales de noviembre último, intentando remover décadas de secular estancamiento, la persistencia de sus previstos e inevitables efectos negativos, comienza a hacer efecto en el humor social.
Esta tendencia queda reflejada en los casi unánimes sondeos de opinión, que dan cuenta del descenso sistemático, tanto de la imagen como de la aceptación del rumbo económico asumido, a consecuencia de tales efectos no deseados en el cuerpo económico del país.
Cierto es que nada ayudan la actitud agresiva del presidente o su equipo, así como las revelaciones por presuntos hechos de corrupción desde los más altos niveles del equipo gubernamental.
Entre los factores determinantes ocupan lugar central la caída relativa de ingresos, temor a la pérdida del empleo y carencia de perspectiva de mejoras, causales de un malestar creciente, sensación potenciada por la profusión de noticias sobre diversos episodios de corrupción en altos niveles del equipo gobernante.
Se agrega la poco explicable disputa en que se ubicó el gobierno respecto a temas de alta sensibilidad social, (y menor incidencia relativa en las finanzas públicas) como lo han sido las iniciativas sobre asistencia a discapacitados o los fondos para las universidades.
Paradojalmente, la profunda transformación económica operada en el ámbito nacional, parece haber sido valorada elogiosamente, con mayor intensidad en los medios de comunicación del exterior, donde se remarca que en el mediano plazo, una vez atravesadas con éxito las turbulencias actuales, las perspectivas a futuro podrían ser muy favorables.
En este contexto, no resulta ser demasiado equitativo, al menos para quien esto reflexiona, el tratamiento que fundamentalmente los medios televisivos locales estarían dispensado a algunos aspectos del acontecer nacional, como por ejemplo: la inédita significación que supone la disminución drástica de la inflación, el equilibrio fiscal, la proyección del sector energético, minero, la eclosión de la actividad agropecuaria, la estabilidad del tipo de cambio, temas que no adquieren similar énfasis que los comentarios sobre las actuales denuncias de corrupción, o los muy frecuentes viajes presidenciales.
En este último aspecto, el énfasis crítico no parece mostrar equivalencia en ocasión de los multitudinarios viajes del gobierno perokirchnerista, ni el uso de la flota oficial para transportar muebles o los diarios a la entonces presidente a su residencia sureña, ni, según quien esto reflexiona, los hechos de corrupción en el anterior gobierno, en muchos casos ya sancionados judicialmente.
Por su parte, el desborde insultante del Gobierno tanto desde las redes sociales como desde el Poder Ejecutivo, ha llevado a que organismos como Adepa y Fopea hayan denunciado en 2026 el uso de agravios y la estigmatización de periodistas.
Estas circunstancias, el monotematismo de la corrupción y la violencia verbal a todo nivel, ha llevado a la TV abierta al hastío de los teleespectadores determinando sus pobres niveles de audiencia.
La crítica principal esgrimida señala que los noticieros y programas de política (monocordes y reiterativos) dejaron de informar para pasar a confirmar sesgos, -según la orientación política de los emisores- abdicando de su rol informativo imparcial, al centrarse fundamentalmente en la corrupción real o presunta y en el espectáculo del insulto a todo nivel.
Una prensa libre y objetiva es vital para la democracia. Perfeccionarla es un imperativo.
¡Qué así sea!
*Economista. Presidente honorario de la Fundación Grameen Argentina.