IRA

La política del odio incesante

Frank-Walter Steinmeier. Hay que evitar que el mundo sea en una cueva de ladrones. Foto: Bloomberg

Es necesario evitar que el mundo se convierta en una cueva de ladrones, donde los más inescrupulosos se lleven lo que quieran, donde regiones o países enteros sean tratados como propiedad de unas pocas grandes potencias”. Aunque su rol sea protocolar, esta advertencia del presidente de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, disparada el último fin de semana, tiene un valor significativo. Proviene de alguien con respetado bagaje político en Europa, dice lo que muchos gobernantes callan por miedo o por oportunismo, y tiene un destinatario inconfundible: Donald Trump y la política exterior filibustera de su gobierno.

Trump y sus socios menores y obsecuentes, como Milei, Orban, Netanyahu, Bukele, y otros representantes de una tendencia a socavar la democracia liberal en el mundo salteándose o despreciando acuerdos, reglas jurídicas y valores de la comunidad internacional, es un claro ejemplo de lo que el filósofo de la Universidad de Boston Paul Katsafanas denomina la ira incandescente. Autor de libros como El yo nietzscheano y Filosofía de la devoción, y editor de la compilación de ensayos Fanatismo e historia de la filosofía, Katsafanas define a esa ira como el resultado de un proceso emocional que necesita ser continuamente alimentado con enemigos y motivos de odio, en una continuidad que no puede detenerse porque el portador siente que, sin ese rencor, sin ese profundo resentimiento, él mismo desaparecería. “Lo esencial es la expresión continua de hostilidad, más que la consecución de un objetivo particular”, escribe el filósofo. Y el resultado es la política del agravio. Antes que alcanzar metas beneficiosas para la sociedad se trata de derrotar a alguien, de tener un enemigo. Vencerlo tampoco alcanza. Las victorias no traen alivio, paz ni reconciliación, sino la búsqueda ansiosa de más enemigos, más indignación, más razones para seguir agraviando. 

Katsafanas explica que psicológicamente esta actitud transforma el dolor interno en hostilidad externa. Brinda sentido de identidad y, al cosechar seguidores, también de pertenencia. Personas que crecieron con sentimientos de miedo, impotencia y humillación, transforman esos estados en odio, resentimiento y cólera. Mediante una gestión disfuncional transforman las emociones de entrada en otras muy distintas de salida. Wendy Brown, influyente filósofa política y autora de Estados del agravio, lo describe de esta manera: “El resentimiento proporciona un triple logro: produce una rabia que supera el dolor, produce un culpable del dolor y produce un lugar de venganza para desplazar el dolor”. En términos simples, sintetiza Katsafanas, el resentimiento es un mecanismo emocional que transforma los sentimientos de inutilidad o humillación en sentimientos vengativos de superioridad, rencor y culpa.

Katsafanas destaca que la ira puede tomar orientaciones  contingentemente negativas o constitutivamente negativas. Las primeras producen movimientos que alcanzan metas loables, como la consagración de los derechos civiles en Estados Unidos, el final del apartheid en Sudáfrica o la Revolución Francesa, entre tantos. Una vez alcanzado el propósito la ira cesa. Las constitutivamente negativas, son las que se describen en esta columna, las iras incandescentes, que no tienen otra meta más que mantenerse vivas, alimentándose de nuevos enemigos, para lo que necesitan generar relatos y discursos de odio que las autojustifiquen. “Estudios académicos muestran cómo el dolor, la decepción y la sensación de fracaso pueden transformarse en agravio, señala Katsafanas, y cómo la frustración personal se convierte en identidad política”. En un tiempo sombrío esa política se extiende como amenaza ominosa sobre el planeta.

*Escritor y periodista.