preguntas

La sombra de la casta

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Entré en la cueva siguiendo los movimientos de una sombra que andaba buscando algo adentro o quería que yo buscara. A veces se perdía en un recoveco. Mucho anduve en caracoleos siguiéndola. También descansaba revolcándome por los rincones. Me hice al lugar, acovachado. Agua salía de paredes que al chupar me pegoteaba los labios. Y bichos también, que arañaban con sus patitas en las trepadas. En la oscuridad los oía y por mi bien iba a comerlos. Crujían sus coracitas. Por muchos que comiera el hambre me alargaba los dientes. Salí y afuera cazaba lo que iba viniendo. Me hice juntador, llené la cueva. En jaulas chicas y jaulas grandes el alimento. Dividía el tiempo en tres, lo que hubo y lo que hay y lo que habrá, y cavaba y abría más galerías. Eran agujeros largos. Donde más al fondo iba, ahí ponía a las fieras. Los gimientes iban al medio y arriba. A esos me los comía y les daba uso de comida de los grandes. ¡Hay que ver el revoleo de sangre! Las bestias no son nosotros, que del encierro hacemos gusto y costumbre. Con el calor se alzan. Entonces meto a unos en jaula de otros cuidando que se ayunten y no se maten. Los mezclados salen de carne tierna. Yo mismo soy cualquiera cuando me mezclo, animal que no sabe cuándo le entró a su hijo o si es su madre lo que come. En lo oscuro de la cueva todo tiene permiso. La sombra va y viene, al mediodía queda escondida, pero lo más del tiempo se extiende y yo hago manto con ella.

Después vino temporada de lluvia. La agua se hizo lodo y torrente. Fiera que había era fiera que se ahogaba pataleando. ¡Los rugidos! Galerías se derrumbaron. Como la tierra quedó blanda seguí cavando. A veces hacía galería nueva sobre surco de galería vieja. No hay dibujo para el desespero. Barro me acostumbré a tragar. Duró lo que duró. Las aguas se fueron. Y de nuevo a revolcarme gustoso, seco sobre lo seco, más consumido que polvo. El insectaje volvía. Buscan lo derretido, la carne podrida, la golosina del ojo. Me hacía el muerto, yo. Dejaba afuera mi lengua y cuando la escalaban la guardaba de un saque. También vinieron bichos de andadura escasa, por el olor de animal descompuesto. Una rata se enderezó una vez, olfateó y fue arrimándose. Pegué el manotón y no la cacé, fugó por una galería. Me la encontré al rato, acorralada contra una pared de piedra.  

La lluvia volvió y yo meta cavar de nuevo. Me mando al fondo del fondo y después abro para arriba. La agua se queda en esas ondulaciones. O drena. No sé. Sueño que estoy en cuna que se hunde y es tan manso el ahogarme. Después veo que no es agua, es sombra que me cubre.  

A ratos me pregunto cómo la sombra está acá y por qué me sigue. Algo la hace nacer y venirse a mí no habiendo en la cueva luz que la alumbre. Ha de filtrarse en la tierra hasta juntarse acá abajo. Cuando me quedo quieto me espera. Ahí ella, acá yo. Y si me le voy encima se corre. No sé de dónde viene y si la agarro capaz ahí sabré. El asunto es cómo la agarro si ella se mueve. Tengo que salir. Hasta saber si la sombra copia una cosa de afuera o si la sombra es sombra de lo que no está.