COLUMNISTAS
Creencias

Hechos e historias

A veces lo que sucede es difícil de creer, así como se suele creer en lo imposible de probar. Me pasó con mi primera novela. Si bien convertí en ficción todo lo sucedido en mi infancia –escuela primaria del Estado en dictadura militar–, mantuve lo que nadie hubiera podido creer que fuera cierto. Éramos 35 niñas en tercer grado, y el colegio decidió hacerse mixto. ¿Cómo? Dejando entrar un varón casi albino. ¡Uno solo entre todas nosotras! Cuando decidí escribir la novela, treinta años después, fue el único personaje que mantuve tal cual se presentó aquella mañana de 1976. Y por supuesto, es lo único que creyeron que había inventado.

Hace unos días, en la iglesia de mi barrio, el párroco, un hombre muy leído, hizo referencia a Pizarnik el Viernes Santo y Houellebecq, el Domingo de Resurrección. Casualmente andaba por allí, y no pude creer lo que escuchaba. ¿La ficción formaba parte de la prédica? ¿Las sagradas escrituras daban paso a la literatura? ¿Pizarnik, justamente, y Houellebecq, el autor francés más disruptivo de la actualidad? También habló de la Sinfonía Resurrección de Mahler y las muertes prematuras, “en su casa los ataúdes eran como muebles”. A la salida, los feligreses lo acompañaron hasta la puerta, mientras yo me escabullía por un costado, todavía pensando en las inesperadas citas literarias. De pronto, el párroco se dio la vuelta y cruzamos la mirada. Al no ser creyente, intenté apartarme con un saludo cortés, para dar lugar a quienes aguardaban la bendición. Con entusiasmo insistió, llamándome con las manos. ¡La sorpresa que me produjo cuando a viva voz dijo mi nombre! Sin saberlo, compartíamos el gusto por la literatura. Permanecimos un buen rato en la puerta conversando sobre libros, volvimos a la trágica infancia de Mahler, y entonces me acordé del cajón que sale a flote en Moby Dick y, sin darme cuenta, me puse a relatar la escena, la lucha final, la Ballena Blanca representando el mal, los alaridos del Capitán Ahab, y el elemento que se salva del naufragio, emergiendo del océano, un ataúd vacío del que se agarra el único sobreviviente, Ismael, que contará la historia.

A nuestro alrededor, la gente escuchaba con atención, quizá creyendo que todo era verdadero. Y en cierto sentido, seguramente lo era.

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