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La arquitectura que habla

Fornicar viene del latín, fórnix, que definía una estructura abovedada comúnmente elegida por las prostitutas de la antigua Roma para atender a sus clientes, de modo que pronto surgieron las connotaciones sexuales. Arquitectura y palabra apareándose para legar nuevos sentidos a la posteridad. Dado su rechazo de la escultura y otras artes consideradas heréticas y su clasificación de la arquitectura como la más alta de las expresiones junto con la poesía, el Islam radicaliza este encuentro al punto de ornamentar sus edificios con caligrafías. Es que las posibilidades narrativas de la arquitectura operan a muchos niveles, con enfoques diversos y en todos los tiempos. En el historicismo que se puso de moda a fines del siglo XIX y comienzos del XX, lo neo emerge para recrear el pasado con avances tecnológicos y libertades creativas. Hay lugar para los emprendimientos medievalistas de Eugène-Emmanuel Viollet-le-Duc y para delirantes manifiestos de piedra, como el castillo de Neuschwanstein, pergeñado por Luis II, Rey de Baviera. Lógicamente, las políticas de preservación aparecen temprano: se afianzaron en 1515 cuando Rafael Sanzio logra frenar la destrucción de construcciones romanas impulsada bajo la excusa del progreso por el papa León X, quien tuvo la inteligencia de panquequear creando una superintendencia. Pero la puesta en valor de lo histórico se va tornando anacrónica a partir del siglo XX, interesado en novedades como el funcionalismo o el brutalismo y al mismo tiempo cultor la vieja ilusión de acercarse al cielo, masificada en sus complejos de vidrio templado.

En paralelo, se consolida un caudal de problemas que van desde el afán de lucro indiscriminado a la destrucción de la identidad. Entre 1969 y 1972, Roger Saubot graficó emblemáticamente este último problema con la torre en Montparnasse. En la uniformidad de piedra caliza, mansardas y chimeneas, el catastrófico efecto de los 209 metros de marrón emergiendo como una excrecencia, se realza. Aunque, a diferencia de un faro o un minarete arruine la vista, termina por ser como ellos una guía, pero de lo que no hay que hacer. Durante los mismos años y no muy lejos, en los alrededores de París, sobre una colina de Saint-Germain-en-Laye, el literario castillo Montecristo estuvo a punto de caer por un proyecto inmobiliario millonario. Suerte de monumento a la obra y figura de su mentor, Alejandro Dumas, fue descripto por Balzac como “una de las locuras más deliciosas jamás creadas”. Obra del arquitecto Hippolyte Durand, tiene el exterior decorado con imágenes de Shakespeare, Molière o Goethe, dominadas por la efigie del dueño de casa, mirando en lontananza desde un punto central, con el afro despeinado y el epígrafe “Amo a quien me mama”. Se salvó gracias a tres municipios y una fundación ayudados por un consenso social distinto al de ciudades más nuevas y pobres.

Víctimas de la extinción de la vida rural, la planificación al servicio de intereses particulares y la negligencia, muchos centros urbanos superpoblados apuestan a precariedad, a veces perversamente encaramada bajo la prestigiosa noción de lo sustentable. Globalmente idealizado, el hacinamiento pega fuerte en Buenos Aires, donde terminó por creerse que usar por turnos la pileta, la parrilla y el zum es un lujo, dado que lo más común es la optimización de espacios con materiales endebles, cocinas de juguete y baños sin ventilación. Aunque se hable de regeneración urbana, la obsolescencia programada delinea un marco asfixiante que nos ha privado incluso del sol. En la volteada caen edificios reutilizables con la fuerza para haber estado en pie durante más de cien años (a los que a veces se abandona exprofeso para que califiquen como baldíos, exponiendo a los vecinos a riesgos diversos) y viviendas que fueron la marca de un digno estilo de vida. Meses atrás, un tuitero que la juega de visionario, aunque eso implique bancar tirar abajo casonas para construir departamentitos con paredes de Corlok, agitaba algo así: “Protegen casas grandes de Caballito como si fuesen patrimonio arquitectónico de Montmartre porque vivían ahí de chiquitos”. Representativo de una opinión generalizada que no lee el mensaje presente en la arquitectura que va por la sustitución de lo amplio por lo estrecho, lo sólido por lo frágil o lo duradero por lo fugaz, e imputa la voluntad de conservar a la nostalgia, tampoco tuvo en cuenta algo más elemental: un montmartrois promedio vive en un edificio que, lindo de afuera, fue parcelado en unidades de 20 metros donde apáñaselas con el perrito. Sin cuarto de huéspedes, patio, terraza, living, comedor, ni bidet, moriría por vivir en una casa como las que se derriban en Caballito, Flores o Floresta.

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