guerra y geopolítica

La verdad sobre el éxito de China

Occidente montó un mito sobre el gigante asiático que muchas veces sirve como excusa para sus fracasos.

¿Un cuento chino? Foto: Pablo Temes

Mientras misiles, bombas y drones sobrevuelan el Golfo Pérsico, se refuerzan las perspectivas de una guerra aún más devastadora en el Pacífico. La desescalada de la nueva Guerra Fría entre Estados Unidos y China debe convertirse ahora en la máxima prioridad mundial. Para ello, es esencial desmontar un poderoso mito que hace más probable la guerra: la idea de que China ha alcanzado la prosperidad haciendo trampa.

Es cierto que la economía china contribuye a graves desequilibrios macroeconómicos globales, y esto debe abordarse. Pero eso es algo distinto de la conveniente ficción, tejida por las élites occidentales para ocultar sus propios fracasos, de que China debe su éxito a la duplicidad, la deshonestidad y el engaño. Y no es solo una ficción conveniente. En la medida en que prepara a la opinión pública occidental para la guerra, también es peligrosa.

El mito se compone de cinco acusaciones falsas. La primera es que China ha “robado” la propiedad intelectual de las empresas occidentales. De hecho, las multinacionales occidentales se pisaban unas a otras durante décadas para ceder su propiedad intelectual a cambio de acceso al gigantesco mercado chino. Las autoridades chinas, que tienen un horizonte de planificación de 50 años, simplemente les hicieron una oferta que no pudieron resistir: pueden entrar en nuestros mercados, pero tendrán que enseñar a nuestra gente a fabricar sus productos. Los directores ejecutivos occidentales, obsesionados con los próximos trimestres y hechizados por magníficas perspectivas a medio plazo,  aceptaron con entusiasmo. 

La segunda acusación es que China está infravalorando su moneda. Esto supone que existe un tipo de cambio “correcto” y que las autoridades chinas están empujando el renminbi por debajo de ese tipo. En teoría, el tipo de cambio correcto es aquel que equilibra la balanza por cuenta corriente de cada país. En la práctica, eso significaría que el dólar está enormemente sobrevalorado, como lo demuestra el enorme déficit por cuenta corriente de EE.UU.

En resumen, acusar a los chinos de mantener el renminbi demasiado bajo es la otra cara de la acusación de que Estados Unidos paga sus déficits atrayendo el capital ajeno. Los occidentales que confían en un dólar sobrevalorado viven, en este sentido, en casas de cristal. Lanzar piedras no es prudente.

La tercera acusación se dirige contra los controles de capital de China, que se presentan como otra forma de trampa. ¿Hemos olvidado que la edad de oro del capitalismo, la era de Bretton Woods de los años 50 y 60, se basaba en controles de capital en Estados Unidos, Europa y Japón? La razón era sencilla: ningún gobierno está legal ni moralmente obligado a permitir que los financieros inunden su país con dinero “caliente” impaciente a su antojo o, de forma equivalente, a permitir un éxodo descontrolado de dinero por capricho.

El cuarto pilar del mito –la supuesta sobrecapacidad masiva de la industria china– queda refutado por los datos: la utilización de la capacidad en China ronda el 75%, lo que es  inferior a la de Estados Unidos. Las existencias se mantienen estables. Los beneficios de los exportadores chinos han aumentado más de un 10 %. Por lo tanto, no hay sobrecapacidad.

La acusación sirve como defensa contra lo que realmente molesta a las autoridades occidentales: la hipercompetitividad que China ha logrado gracias a una excelente planificación y a la inversión en educación y formación de primera categoría y de bajo coste. Al ver cómo una empresa de Shenzhen puede iterar cuatro prototipos por una fracción del coste y el tiempo que se tarda en Stuttgart o Illinois en fabricar un solo prototipo, no se puede concluir de forma plausible que la competitividad de China se deba al dumping. Pero esa afirmación resulta políticamente más aceptable para los líderes occidentales que explicar a los votantes que China ha desarrollado una red neuronal distribuida única de inteligencia manufacturera.

La quinta acusación, y quizás la más común, es que los chinos consumen poco y están mal pagados. Quizás. Pero, ¿en comparación con quién? El gasto de los consumidores en China ha crecido mucho  más rápido que en las potencias manufactureras asiáticas aliadas de Occidente, desde Japón y Corea del Sur hasta Indonesia y Malasia. Además, cuando estas economías milagrosas alcanzaron un nivel de desarrollo comparable, experimentaron una fuerte desaceleración en el crecimiento del gasto de los consumidores que no se observa en China.

Del mismo modo, los salarios chinos han aumentado drásticamente. Hace dos décadas, el coste laboral por hora en el sector manufacturero de China era inferior al de la India. Desde entonces, se ha multiplicado por ocho, mientras que el de la India solo se ha duplicado. De hecho, los salarios en China son ahora más altos que en cualquier otro país en desarrollo de Asia.

Estas verdades resultan incómodas en los pasillos del poder occidental. La destreza tecnológica de China es una amenaza para las corporaciones occidentales que solían sentirse invencibles. Otros países en desarrollo miran ahora a China en busca de productos más fiables, de alta calidad y más baratos. Aunque responder con acusaciones de trampa puede ser comprensible, en Occidente debemos aprovechar esta oportunidad para reflexionar, porque decir la verdad sirve a la causa de la paz. 

Y la verdad es que las empresas occidentales no perdieron frente a China; se vendieron a China. Deslocalizaron puestos de trabajo, destrozaron los sindicatos y cedieron su propiedad intelectual a cambio de un beneficio rápido. Mientras Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea rescataban a banqueros criminales y libraban guerras ilegales, China invertía en educación, redes ferroviarias, sistemas sanitarios que funcionaban, energía verde, redes inteligentes y centros de producción capaces de investigación, desarrollo e innovación que la mayoría de los países occidentales no pueden igualar.

Ya es hora de que Occidente deje de culpar a China por las decisiones de sus propias grandes empresas, Wall Street y sus políticos dóciles. Las sanciones contra China son un sustituto ridículo de la política industrial. Peor aún, las perezosas narrativas sinofóbicas, difundidas por las mismas personas que han creado un atolladero instantáneo en el Golfo, pueden estar allanando el camino para una confrontación militar aún más descabellada en el Pacífico.

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Yanis Varoufakis, exministro de Finanzas de Grecia, es líder del partido MeRA25 y profesor de Economía en la Universidad de Atenas.

Project Syndicate, 2026. www.project-syndicate.org