COLUMNISTAS
accidentes

Desplazamientos asociativos

Como sucede en todos los gobiernos que nos precedieron y de seguro en aquellos que lo continuarán, el tradicional escandalete de que un funcionario gaste sumas de dinero muy por encima de sus ingresos justificables y que en general sólo pueden provenir de una habitual cadena de felicidad o de negocios particulares hechos a la sombra de la función pública, generó en el oficialismo una carrera de obediencia perruna para detectar, no si su hombre había cometido delito alguno, sino la fuente de la filtración visual del hecho, y a esa actividad persecutoria la complementó también con la retórica y el ejercicio habitual en estos casos: desmentidas, demoras, obstaculizaciones y acusaciones. Sabemos que en la política argentina la caza de brujas es la ley, y no el orden. Y brujas siempre hay. Pero no voy a ser yo quien diga lo que tiene que hacer el presidente ahora o mañana, a ver si después alguien me echa la culpa. Tampoco le indicaré a Trump cómo levantar las nalgas de una granada sin seguro puesta sobre millones de toneladas de barriles de petróleo. Fue la palabra “filtración”, puesta justo cuando me había decidido a escribir sobre política (confiando en que el lector acuerda en que tengo muchas e importantes cosas que decir al respecto), la que ahora me obliga a derivar hacia otros rumbos.

Hace un par de años, soberanamente aburrido de la transmisión del partido entre la selección argentina y la australiana (o de alguna otra de calibre semejante, una de las que Scaloni convoca para exasperar a los espectadores entre mundial y mundial), apagué la TV y abandoné mi cómodo sillón, instalado en el living y frente a mi biblioteca, y me dirigí a mi escritorio. Segundos más tarde, escuché el ruido de una caída. Primero pensé que mi gata había logrado tirar abajo la TV extrachata que tapa uno de los estantes destinados a libros de literatura norteamericana que bien haría en regalarle a Fresán (pero Rodrigo debe tener los originales, y bien anotados, faltaba más).

Volví al living y a cambio de encontrarme con un artefacto electrónico hecho pelota –¡justicia poética!– vi caído la mitad del cielorraso. Vivo en un PH viejo, y el cielorraso venía pegado a los ladrillos, hechos de manera que atravesaban por la mitad a las varillas de hierro oxidadas que…En fin, ahorro las descripciones técnicas. Polvo y espanto.

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Gracias a Scaloni y su tediosa troupe de entrenamientos me había salvado por un minuto de que bloques de cinco kilos me partieran la cabeza. Ese derrumbe se había producido a causa de las filtraciones de la terraza, que en mi desidia nunca reparé, esperando tal vez una cuota a precio mayorista de la gracia quedispensa la Divina Providencia. Y ese acontecimiento, a juzgar por los resultados, que llegan hasta esta columna, fue providencial.

Quitar las capas del permeado techado impermeabilizante de la terraza y reemplazarlas por baldosas fue solo parte de la tarea. Hubo que quitar cielorrasos, introducir vigas, hacer cielorrasos de nuevo, sacar todos los libros de la biblioteca y guardarlos en cajas hasta que la obra en reconstrucción estuviera concluida, vivir entretanto en costosos departamentos de alquiler diario.

No voy a hacer chistes acerca de que el pago de estas colaboraciones semanales cubrió los gastos, porque esos chistes ya los hace los domingos el vecino Tabarovsky. Yo apenas soy un columnista de sábado. Una vez que se fueron los albañiles, hubo que sacar los libros de sus cajas, desempolvarlos, y hacer algo que en el curso de los años yo había dejado a la buena de Dios: ponerlos en orden alfabético. No hice esa tarea, pretextando problemas de cintura. Conté con el favor de una de las personas más cultas y refinadas que tuve la suerte de conocer a partir del hecho: el editor Maximiliano Tononi.

Un accidente deriva en una necesidad, la necesidad impone una suerte, y esa suerte una disposición. El orden que Tononi puso en mi biblioteca me impulsó, a partir de entonces, a poner un nuevo orden en mi vida. Primero, y ya que estábamos, pensé en arreglar el resto de la casa, acomodar, tirar materiales sobrantes, etcétera. Luego decidí que ya tenía los años suficientes para dedicar uno a la lectura de esos libros que pueblan mi biblioteca y que por uno u otro motivo guardé para tiempos futuros. Luego, en el vórtice de esa necesidad, que asumía un carácter cada vez más íntimo, decidí sustituir ese orden de lecturas por uno más personal, dedicando el año a estudiar a fondo y dar una serie de charlas sobre los libros que bien o mal marcaron los que ya llevo escritos.

Uno puede ir de lo particular a lo general o a la inversa. Yo creo queen el centro del cosmos siempre hay un ojo secreto. Grandísimo o pequeño, no lo sé. Sé que mira y palpita.