Las advertencias formuladas por Daniel Bensaid a lo largo de ¿Quién es el juez? no dejan de interpelar ciertas condiciones propias de este tiempo. Bensaid empieza advirtiendo en el prólogo: “Un mal recorre la época: la manía compulsiva de juzgar. El trámite procesal invade la vida pública”; y en función de eso, detecta y cuestiona la tendencia a convertir “la historia del mundo” en “tribunal del mundo”.
Es obvio que de por medio hay una cuestión compartida, que es ni más ni menos que la de la verdad; pero la manera en que se la indaga y se la establece en el caso de la historia no es igual a la manera en que se lo hace en referencia al estrado judicial (por supuesto que es diferente el caso de la historia que se ocupa de los asuntos judiciales en sí mismos, de sus fundamentos y de sus recursos, como lo hace notablemente Philip Sands en Calle Este-Oeste por ejemplo). El riesgo patente, para Bensaid, cuando los historiadores asumen la perspectiva y la enunciación que son más bien propias de jueces, no es otro que el de la despolitización.
Dice Bensaid en ¿Quién es el juez?: “Los procesos por crímenes de lesa humanidad ponen a la historia bajo el influjo creciente del modelo judicial (…). La visión del juez exige oponer resistencia a la tentación de disolver la responsabilidad del acusado en la diversidad de las causas. Aquel resuelve según una lógica binaria: culpable o inocente. El historiador, al contrario, trabaja en los matices, las complejidades y el reparto de las culpas”. Y dice más adelante: “La Justicia ama las causas archivadas. La historia no conoce otra cosa que las causas pendientes”. Y dice también: “La política complicaría la lógica binaria de la culpabilidad y la inocencia. Obligaría a pensar las responsabilidades y las cobardías”.
El reduccionismo binario del pulgar del veredicto puesto hacia arriba o puesto hacia abajo atenta entonces contra la auténtica comprensión histórica (histórica y política) de las tensiones y los matices de los hechos en toda su complejidad. El problema, como tal, no afecta tan sólo a la historia, en la que se centra Bensaid, sino a los distintos abordajes que en general pueden hacerse de un pasado y sus conflictos. Y no se relaciona tan sólo con los lugares de enunciación que se asumen, sino también, y necesariamente, con los lugares de recepción que se eligen: la alternativa de no leerlo o escucharlo todo como si fuesen sentencias de martillazo en un estrado, sino ideas, aportes, cosas pensadas, enlaces en la secuencia de una larga discusión.