Asuntos internos

Parker, mi prójimo

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Hay un misterio del que la teoría literaria no ha podido dar cuenta hasta ahora, esto es, cómo es posible que terminemos más preocupados por el destino literario de un personaje que por lo que le puede pasar a nuestro propio vecino. Yo creía haber agotado todos los libros que Donald Westlake había escrito protagonizados por Parker, ese gángster con conciencia de clase, lacónico y brutal, pero descubrí hace poco que no era así, que me había saltado una. Es una bendición de la que pocos lectores se suelen sentir beneficiados, así que lo tomé como eso: un pequeño milagro. No me detuve a pensar causas y razones; ningún reproche, ninguna crítica, ninguna queja. Solo bajé Breakout en PDF de Z-Library y me dispuse a leerla, imaginando una prolongada compañía, que a fin de cuentas no terminó durando más que una noche, una corta noche, tal fue la emoción impostergable, tal el frenesí, la preocupación y el deseo de llegar al final de ese novela majestuosa y a la vez pequeña, como solo pueden serlo las novelas policiales (a menos que entendamos como novela policial Crimen y castigo, que es lo que es, en cuyo caso pasaría a ser solo majestuosa).

 Algo era cierto: en sus largas peripecias delictivas, habíamos oído hablar de Parker en prisión, pero eran cosas del pasado, el mal trago inevitable (aunque Parker suele lidiar constantemente con malos tragos: de hecho en eso consiste la novela policial, en superar los malos tragos). Pero aquí somos testigos de su estancia en una cárcel, y de cómo su deambular circunspecto y felino no difiere en nada a su andar por la vida en la selva de cemento, en la noche. Pero era toda una novedad, algo terrorífico, o mejor, un terror verdadero. Algo comparable a lo que Kurt Vonnegut supo ilustrar con palabras letales: “El verdadero terror es despertarte una mañana y descubrir que tus compañeros de secundaria están gobernando el país”. Algo así. 

Aquí no hay compañeros de secundaria, solo un viejo conocido, de quien conocemos todas las mañas, las tretas, los códigos, y las ternuras, pero ahora moviéndose en un terreno desconocido para nosotros, buscando aliados en un mundo de espías y ventajeros, capaces de denunciar a su compañero de celda con tal de obtener algún privilegio. 

No lo esperaba, no lo sabía: por esas raras maravillas del destino, había un libro más de Westlake firmado por Richard Stark que me estaba esperando. Yo no había hecho nada, yo había seguido viviendo mi vida todos estos años, y de pronto, sin saber muy bien cómo, apareció esa novela delante de mis ojos. Y como ocurre cuando nos topamos con una cara que creemos conocer, que nos resulta familiar, pero que no podemos identificar de dónde ni tampoco su nombre, al principio simplemente me desentendí de ella, dando por sentado que la conocía. Pero una hora después me descubrí pensando todavía en eso, sin poder identificarla. Beakout... Breakout... Fuga... ¿De dónde se fugaba Parker? (o como diría algún estúpido hoy: “¿De dónde se había profugado?” Olviden esa palabra, amigos, las palabras que no existen las aceptamos de buena gana si son bellas, pero si encima son horribles...).

Es como encontrarse con alguien a quien creíamos muerto. Un día estamos caminando por la calle y vemos una cara conocida. Decimos: “No puede ser él, murió hace muchos años”. Y en cambio no: es él. Parker había pasado al mundo de los muertos hace mucho, y de pronto estaba aquí, moviéndose, hablando, haciendo planes. Hablando con monosílabos. Viendo las jugadas ajenas de antemano. Jamás siendo tomado por sorpresa. Porque en el mundo de Parker todo es previsible, el mundo envía señales todo el tiempo, la gente que nos rodea habla hasta cuando se queda muda. 

No creo que la literatura deba enseñar absolutamente nada, pero a mí las novelas de Parker me enseñaron a observar. Es cierto, nunca conseguí ver en un simple gesto todo eso de lo que Parker es capaz, pero un día voy a lograrlo.