Por tonta
No está claro, por el momento, qué grado de receptividad tendrá, entre los dirigentes de La Libertad Avanza, el pedido que les dirigió Patricia Bullrich, a saber: que no la tomen más por tonta. Así es como se sintió, tomada por tonta, o así es como la tomaron, por tonta; lo cierto es que salió a reclamarles, públicamente, que ya no lo hicieran más.
¿Qué han de hacer con tal pedido? En principio, según parece, nada. Y es que las condiciones no resultan nada propicias para ello. Es preciso recordar que, en su momento, la trataron de asesina de niños, y ella lo consintió (no por admitir que lo fuera, sino por admitir que se lo dijeran). Una vez que la ofensa se tolera, que se la deja correr así sin más, ¿qué margen queda, llegado el caso, para un intento de restablecer la dignidad y, por así decir, hacerse respetar?
No es cosa nueva la degradación, existe acaso desde siempre; tampoco el dejarse degradar, eso también siempre hubo. Su tan amplia generalización, sin embargo, puede que sea un signo de estos tiempos. Trasciende los casos puntuales y se convierte en clima de época. Puede que estemos viviendo una era especialmente penosa, la era del verdugueo (y del dejarse verduguear, que es a menudo una indicación expresa. De hecho no falta el ensañamiento en masa para aquel que se resiste).
Tomar al otro por tonto, como recurso para sentirse un piola bárbaro: nada nuevo bajo el sol (ni bajo el actual cielo oscurísimo). Es como volcarse al “consumo irónico” para sentirse un vivo de aquellos, con eso que en realidad no se consigue superar ni rebatir. Pero una vez que esas prácticas se extienden, cuando se expanden en tiempo y espacio hasta definir todo un estado de cosas, el asunto cobra otro tenor. Más allá del caso puntual de Bullrich (si la toman por tonta o no, si es efectivamente tonta, si podría eventualmente no serlo), lo que prima es una práctica sostenida (y sostenida, en buena medida, nada menos que desde el poder del Estado) de avanzar en un proyecto de atontamiento general, profiriendo tonterías absolutas (que Hitler era comunista, que la Argentina fue una potencia mundial, que la homosexualidad propende a la pedofilia, y así siguiendo) y asentándolas a continuación mediante una pura violencia. Tontear y entontecer, como plan de gobierno.
No por nada hay un vaciamiento de las políticas educativas, las políticas culturales, los espacios de investigación, los de formación y reflexión en todas sus formas. Es preciso debilitarlos y neutralizarlos, para que un proyecto así funcione.
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