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Burke y Hare, emprendedores

Un porteño escribió que cada escritor crea a sus precursores porque su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro. Esa afirmación podría aplicarse también al modo en que la ideología austríaco-libertaria ilumina la actividad de William Burke y William Hare. Estos dos benefactores de la humanidad se desempeñaron con inusual inventiva dentro de un rubro de servicios que se hizo famoso con el muy teológico mote de resurreccionistas: eran contratados por médicos anatomistas para que les proveyeran cadáveres humanos frescos que empleaban en el curso de sus lecciones.

Todo esto ya lo expliqué exhaustivamente en columnas anteriores, pero, como dijo oportunamente Mirtha Legrand, “el público se renueva”, entonces reitero para los recién llegados: los resurreccionistas iban de noche a los cementerios y robaban los cuerpos de los muertitos, quienes, para su mayor disgusto o su segura indiferencia, terminaban al fin de su luctuosa jornada final desnudos sobre una mesa de disecciones. Originariamente, este requerimiento de la ciencia médica había sido satisfecho con la provisión de delincuentes y criminales sacrificados por los tribunales y todo anduvo sobre rieles durante las primeras décadas del próspero siglo XIX, pero en algún momento la necesidad de provisión cadavérica superó la cantidad de condenados (la justicia es lenta, ¡ay como tarda!) y fue entonces surgieron los resurreccionistas, héroes de la libre empresa. Obviando los motivos sentimentales que pueden aducir los deudos de un difunto, ¿quién negaría las múltiples ventajas de tal actividad? ¿Para qué otra cosa sirve un muerto? ¡Iban a dejar estos señores acaso que el único bien deducible de la natural descomposición de la carne se entregara, ¡y gratis!, para consumo de gusanos? ¡Ay, pobre Yorick! ¡De ninguna manera!

Ahora bien, en algún momento ya ni los culpables ajusticiados ni los muertos inocentes, sumados, bastaban para satisfacer la avidez de conocimiento de la ciencia. La competencia entre resurreccionistas llegó a ser tan grande que por mucho que se revolviera en los cementerios ya no había número suficiente de difuntos que alcanzara. Respondiendo a las eternas leyes del mercado, esa escasez elevó el valor de cada cadáver particular. ¿Por qué vale tanto el oro? Porque es un bien escaso y difícil de encontrar. En su momento un mesías dijo: “Dejen que los muertos entierren a los muertos”, bello modo de decir que había que abandonar el pasado, pero olvidó o no se le hizo necesario explicarnos si los vivos podían desenterrar a los muertos (y mucho menos producirlos a voluntad, que es aquello de lo que se ocupan las guerras). Pues bien, una vez más, por si hiciera falta, verificamos que el diálogo entre la oferta y la demanda lo resuelve todo porque es parte del programa de Dios, como bien dice nuestro bienamado presidente. Y fue entonces cuando aparecieron los iluminados William Burke y William Hare, dos irlandeses residentes en la ciudad escocesa de Edimburgo que decidieron no limitarse a la rústica tarea de escarbar la tierra en procura de muertos cada vez más escasos, sino mejorar el oficio y reducir los costos dedicándose a asesinar y luego vender la materia prima al doctor Robert Knox, un médico que daba clases privadas de anatomía a alumnos de la Edinburgh Medical College.

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Entre noviembre de 1827 y octubre de 1828, estos emprendedores cosecharon dieciséis productos humanos. Su faena se desarrollaba con tal eficacia que la lengua inglesa adoptó el neologismo “burking” para celebrar la manera segura y sin gran esfuerzo con que pasaban de un estado a otro a su mercancía. Burke y Hare actuaban como dupla: uno de ellos sujetaba a la víctima por detrás, asaltándola inesperadamente, mientras el otro, con una mano, le colocaba los dedos índice y medio en los orificios nasales, mientras con el pulgar debajo de la barbilla le impedía abrir la boca, lo que asfixiaba a la víctima en poco tiempo. Es hora de recomendar vivamente a nuestro gobierno que aplique tal procedimiento a gran escala, olvidando desde ya las sugerencias de algunos adláteres entusiastas que proponen bombardear villas, construir muros y disparar a las personas desde lo alto. Con el método Burke y Hare ® aplicado a gran escala se dejan de lado paliativos tales como reducir la edad de imputabilidad hasta llegar al período prenatal del delincuente (de tales padres tales hijos). El procedimiento reduciría los gastos destinados al mantenimiento de bocas ociosas y a la construcción de establecimientos carcelarios. Urgimos al gobierno a aplicar su motosierra también en estos casos. Quien quiera profundizar en la historia de nuestros héroes, puede consultar sus biografías en Vidas imaginarias, de Marcel Schwob.