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Destinos

La carta de Onetti

Juan Carlos Onetti
Juan Carlos Onetti | Cedoc

En estos tiempos tan difusos, cuando la rebeldía se torna ociosa, cuesta imaginar los destinos de jóvenes que inventan sus vidas sin referentes demasiado firmes y muchas veces desprovistos de vocación y destino. Una deriva impuesta por la desconfiguración del trabajo, los nuevos vínculos, familiares o amistosos, la vida unipersonal, la relación con los animales, las plantas. Son épocas desconcertantes (por no arrojarnos en epítetos apocalípticos) que quizá requieran de mayor solidaridad y escucha. Tanto para insertarse como para desprenderse. Obviamente no todo pasado fue mejor, pero el cotejo es una pista.

En su primera vida, mi padre fue poeta y traductor. Como autodidacta, a los dieciséis años ya sabía varias lenguas, provistos de libros que se las fueron dando. Aprendió leyendo el francés, italiano, portugués e inglés, ganas de llegar al núcleo sonoro de la poesía: la lengua original. Vivía en Montevideo, y su padre no aceptaba la condición de lector. Lo quería en la fábrica. Trabajar significaba con suerte, proseguir con los ideales familiares, y con menos suerte, adaptarse a la situación que les había tocado. Pero lo que puede parecer una rebelión, a veces es desear algo distinto. El cambio verdadero radica en el empeño por realizarlo. En aquel entonces Juan Carlos Onetti despuntaba como escritor uruguayo. Mi padre quiso conocerlo. Luego de cumplir con las tareas exigidas, se adentró en la noche. No le costó encontrarlo, y la charla surgió por afinidad inmediata: la literatura. Onetti percibió al adolescente poeta, poseedor de varias lenguas medio improvisadas, y le resultó digno de confianza al tiempo que vislumbró su anhelo de una vida distinta. Le ofreció una changa: entregar sus cartas sentimentales. Era intimidante a la vez que fabuloso. Los nombres de mujeres variaban según las circunstancias. Mi padre aprovechaba para conversar con Onetti sobre Shakespeare, Eca de Queirós, el Martín Fierro, mujeres, historias y películas. Cada carta que Onetti le entregaba venía con un chiste literario o la recomendación de un libro.

Luego de varios meses de escapadas, mi padre le manifestó a Onetti su desazón, la dificultad de proseguir con sus lecturas. Tenía que cumplir o irse.

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El siguiente encuentro fue distinto, aunque también en esa ocasión Onetti le entregó una carta. “Esta es para una mujer que vive lejos, ¿te animás a cruzar el charco?”, le dijo con una nueva complicidad. Mi padre lo consideró una osadía, pero también su oportunidad. A los pocos días ya tenía un bolso preparado para volver a Buenos Aires despidiéndose de sus diecisiete años.

La carta estaba dirigida a Victoria. Ya no era una declaración sentimental de Onetti, era un destino para mi padre. La fundadora de la revista Sur lo recibió en su despacho, abrió el sobre y le hizo la primera prueba de traducción. Así comenzó su vida elegida, leyendo a Virginia Woolf, Stevenson, Chesterton, Oscar Wilde y muchos más que traduciría para Sur.

Pudo salirse, con ayuda y deseo.