miradas

Recuerdos compartidos

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Releyendo Trance, de Alan Pauls, vuelvo a ese tramo en el que evoca a Josefina Ludmer. Y más concretamente, el lugar de las reuniones de estudio de sus grupos: “Pasa tres años estudiando con ella en grupo; tres años a razón de una vez por semana, los miércoles, de siete a once de la noche, alrededor de una mesa grande y redonda, ideal para sesiones espiritistas si no fuera por dos detalles cien por ciento de garito: el paño verde que la forra y la luz cenital, muy baja, que deja al grupo en sombras y solo ilumina manos, libros, fotocopias, notas: la escritura. Todo lo que haga después, cada palabra que escriba o lea, habrá nacido de ahí”.

En la sección Conversadores cercanos, de su libro Gestos mínimos, María Sonia Cristoff también evoca a Josefina Ludmer (los otros textos están dedicados a Hebe Uhart, a Sylvia Molloy, a Luis Chitarroni). Y dice en un momento dado: “Creo que uno de los mayores logros de Josefina fue que nada de lo complicado que trae la vida, ni el cansancio ni los pesares ni los dolores ni los demás etcéteras, nada de eso le quitará esa invitación cómplice en la mirada”.

Conocí bien esa mirada de invitación cómplice (aunque en mí osciló tal vez entre la invitación y el mandato). Y conocí bien esa mesa, la de las reuniones de estudio. Me faltó una mejor captación de Luis Gusmán, que es quien le sugirió a Alan Pauls acercarse a los grupos de Ludmer, para percibir la sugestión de sesión espiritista que se insinuaba en ese sitio; y algunas de las pistas que Pauls menciona en Historia del dinero, para detectar con precisión el efecto de garito de esa luz y ese paño verde. Pero ahora todo eso lo veo y lo reconozco de forma patente.

Suele cobrar maneras muy especiales la relación que entablamos con las personas que nos formaron. Y como la formación de por sí es un proceso inagotable, que dura lo que la vida sin nunca terminarse del todo, hay algo de esa relación que permanece siempre en nosotros, incluso si no mantenemos ya un contacto asiduo, incluso si la persona que nos formó ya no está. Si no está, y la extrañamos, se agradecen especialmente los recuerdos compartidos: una mirada, una mesa, una luz.