declaraciones

Sobre un artículo de Deutscher

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En su breve artículo Los dilemas morales de Lenin, publicado en The Listener en febrero de 1959 y luego recogido en el volumen Ironías de la historia, Isaac Deutscher propone dos agudas observaciones que solo bajo un primer vistazo pronto podrían llegar a parecer contradictorias. Dice primero, revisando sus consideraciones sobre Cromwell y Robespierre, que “a diferencia de los dirigentes jacobinos y puritanos, Lenin no fue un moralista”, que “mientras que puritanos y jacobinos eran guiados en sus conciencias por absolutos morales (…), Lenin se negó a atribuir validez absoluta a ningún principio o norma ética. No aceptaba ninguna moralidad suprahistórica, ningún imperativo categórico, fuera este religioso o secular”. Claro que agrega, apenas unas líneas después: “Pero sería un error confundir esto con la indiferencia moral”. Y redondea señalando que la tesitura asumida por Lenin, “en vez de adormecer el sentido de la responsabilidad moral personal, lo refuerza”. De eso se ocupa Deutscher en este caso: de esa responsabilidad y de sus dilemas, en los últimos años de la vida de Lenin.

No hay entonces contradicción alguna entre desistir de ser un moralista y asumir a pleno una responsabilidad moral personal. Por el contrario: quien establece un absoluto moral trascendente y lo asume como cosa propia se lo asigna y ahí se afinca, habrá de estar siempre seguro de lo correcto de su proceder, se eximirá de revisiones y autoexámenes, ignorará por completo la sola posibilidad del remordimiento, se supondrá delegado o emisario de esa misma trascendencia. Estarán dadas entonces las condiciones ideales para que cometa los peores actos, para que dañe de la peor manera, sin advertirlo o sin que le importe, convencido desde el vamos de que el Bien le pertenece y lo ampara, que es su agente incontestable.

Es solo desde la responsabilidad personal, asumida en lo concreto sin parámetros de trascendencia, que el proceder de cada cual se regula y se revisa, que cabe hacerse reproches y escuchar cuestionamientos, que la moral plantea dilemas y no siempre validaciones. El que declara con insistencia una dudosa moral abstracta, proveniente de algún más allá, no hace sino ubicarse en ese más allá a sí mismo: nada le llega, nada lo afecta, nada lo hará dudar de sí. Si cree en Dios (y tanto más si lo trata, confianzudamente, como “el Uno”), no habrá de inclinarse ante Él: lo declara de su lado, da por cierto su respaldo y se siente en consecuencia facultado para hacer lo que sea que le venga en ganas.