Sobre un poema y su título
Entre los poemas breves, o incluso brevísimos, con que Manuel Alemian compuso Especial, hay uno que dice así: “No se puede/ ser todo el tiempo/ un desaforado”. El título de ese poema, sin embargo, es este: “¿Quién dijo que no?”. Es obvio que uno lee el título antes de leer el poema, pero es probable que la lectura del poema nos devuelva a la lectura del título, porque es de esa forma que se concreta el propósito de que el título del poema entre en discusión con el poema mismo. Y es así que, en cierto modo, dos cosas opuestas se afirman y se sostienen al mismo tiempo. Porque, en efecto: no se puede vivir todo el tiempo desaforado. Y a la vez, a pesar de eso, no es otra la tendencia general de la época. A eso tienden los tonos de este tiempo, esa es la atmósfera envilecida que mayormente respiramos: la de los desaforados. Por un lado, aparece el agobio: no se puede vivir así. Y por el otro, esta evidencia: es así como vivimos.
Las redes sociales hacen lo suyo en el asunto, según señalaron ya, desde distintos ángulos, los analistas de lo contemporáneo. No es que sean solamente los desaforados quienes se expresan en esos ámbitos, pero está claro que encontraron ahí un hábitat especialmente propicio (ellos mismos lo llaman cloaca, ellos mismos lo llaman antro). Que hay algo de adictivo en el uso de las redes sociales, algo del orden de la dopamina y del tener el celular siempre en la mano, ha sido estudiado también; y desde antes se sabía por cierto que hay a su vez algo adictivo en la violencia para el que gusta de dañar y denigrar, el que precisa descargar de alguna forma el resentimiento que pudo haber acumulado en la vida. Cuando esos dos factores confluyen, la aparición del desaforado es un hecho.
¿Se puede ser todo el tiempo así? El poema de Alemian dice que no. Pero el título del poema alega: ¿quién dijo que no? Y acierta Alemian de esa forma en el retrato del estado de cosas. No se puede vivir así, pero hay que vivir así. Especialmente cuando el Presidente de la República, no contento con ejercer el estilo del desaforado en el celular al que vive adherido, lo traspasa a las políticas de Estado, las declaraciones oficiales, las prácticas del poder.
Las redes son adictivas, la violencia es adictiva también. ¿Han intentado, alguna vez, seguirle el tren a un adicto? No importa a qué cosa sea adicto, ¿han intentado, alguna vez, seguirle el tren? No hay nada más cansador que un desaforado incesante. Porque es eso lo que termina pasando. Están, claro, la indignación ante los atropellos continuos, el pasmo del credo republicano auténtico, la vergüenza ajena (o la propia, de argentinos) antes los disparates y los papelones, la premisa ética de no dejarse maltratar. Pero está también, al final, el cansancio. El desaforado no para, no va a parar. Sigue bramando, insultando, agrediendo, rebajando. Puede que gane por cansancio algunas veces, pero a la larga puede perder por cansancio también. Porque se puede ser desaforado todo el tiempo, pero tarde o temprano satura.
También te puede interesar
-
Lo que el algoritmo no puede financiar
-
Adorni tiene pelo
-
Argentina y Armenia: ¿laboratorios del agotamiento de las hegemonías?
-
Adorni, la cara de un problema que empezó antes
-
La centromanía vuelve
-
Dinámica de lo impensado
-
La Corte demora la ley universitaria y el Gobierno gana tiempo para sostener el superávit pactado con el FMI
-
Polvos y lodos (sexo de altura)
-
Titanes en el ring