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Solo fans

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Acaba de morir Leonid Radvinsky, el fundador de Only Fans. Tenía apenas cuarenta y tres años y una fortuna, como se dice, difícil de calcular. Todas cosas que a la muerte no le importan: ella viene, no se fija, hace lo suyo y se va. Only Fans persiste y define, en cualquier caso, toda una tendencia de época (lo más usual con esta clase de dispositivos es que en parte logran captar un estado de cosas preexistente y en parte lo promueven, lo amplían, lo intensifican).

Pocas cosas me resultan tan ajenas como el mundo de Only Fans, pero lo que en su momento escribió Alexandra Kohan en Cenital acerca de la cultura del fan como signo de estos tiempos despertó fuertemente mi interés (el artículo se llama “Te amo, te odio, dame más”, y ahí ella plantea que “ahora todo se nombra así: ‘Soy fan’. Ya no hay lectores, ni viajeros, ni comensales, ni deseos: hay fans. El fan es un nuevo ser social”). Por mi parte, apenas si puedo detectar una remota escena de infancia, cuando encontré en un disco de Queen la dirección postal de su Club de Fans, lo que indicaba que, lo que fuese que yo les mandara, iba a llegar hasta ellos (me impactó, sí, pero lo cierto es que en definitiva terminé por no mandarles nada). Esa idea de que los ídolos, lejanos por definición, como todo lo adorado, pudiesen quedar de alguna manera al alcance, no dejó de impresionarme (tal vez fue por eso que no les envié nada: para seguir sintiéndolos inalcanzables). Y es eso, probablemente, lo que de un modo más patente se transformó con las nuevas tecnologías: una alteración sustancial de las relaciones entre lo remoto y lo próximo, una sensación general de que existe cierto acceso a todo (y a todos), que conocemos en cierto modo aun a quienes no conocemos, que su vida nos resulta fácilmente asequible.

La creación de Only Fans encuentra acaso su inflexión fundamental, no tanto en la ostensible disposición a exponerse, a exhibirse, darse a ver, como en el tipo de mirada que habilita y estimula. La mirada del fan: la que, por pura fascinación, por enganche o embeleso, no puede ya sustraerse de la continua contemplación. Mirada de fijación, mirada irrenunciable, que ya no puede apartarse y que, a veces, en razón de eso mismo, hasta puede cobrar un cierto carácter hostil, como esos fans de ciertas bandas que los escupen en el escenario mientras tocan y cantan. El paradigma máximo del fan no es otro que Mark Chapman, legítimo poseedor del último autógrafo de John Lennon, obtenido en la puerta del edificio Dakota justo antes de darle muerte, llevando a niveles de total desquicio el componente de obsesión maníaca en la que un fan puede afincarse. Stephen King trazó, en Misery, el oscuro deslizamiento del fervor de fan hacia un sentimiento de posesividad que llega a ser truculento: para una fan como Annie Wilkes, el escritor admirado era suyo, le pertenecía, o le pertenecía a su admiración inclaudicable. El hostigamiento del fan llega a ser una versión deformada, retorcida, del amor.

Está entonces el turbio desencajado que se excita sexualmente viendo una simple entrevista de su ídolo, no puede contenerse y anuncia su lascivia. Está la que declara que, en caso de estar casado con ella, fantasía inconsulta por cierto, no permitiría que traspirase al andar en bicicleta, así sea al mediodía y a pleno rayo del sol de verano, ni permitiría que llegase algo traspirado a la librería a la que acude a buscar determinado libro. Otro se ocupa de especificar qué es lo que tiene que hacer para agradarle, para atraerlo, para gustarle, extrañamente persuadido de alguna clase de improbable reciprocidad, por la que el ídolo supuestamente se plegaría a considerar ese esmerado instructivo con su listado de indicaciones, con tal de agradarle, de atraerlo, de gustarle.

Only Fans pudo llegar a establecer, entonces, no ya un modo de exponerse, sino un modo de mirar, un modo de ser o hacerse fan. Y esa mirada de fan, distinta de la de los fans de antaño, de los que mandaban fervorosas cartas o cultivaban esperas largas para hacerse de un autógrafo, puede haber incidido incluso en eso que Jacques Rancière definió como “la partición de lo sensible” (eso que alguna vez se transformó por caso con la literatura de Gustave Flaubert y que hoy por hoy, con la influencia social de la literatura tan notoriamente en declive, tiende a pasar mal o bien por otros lados). Otro régimen de percepción del mundo, del mundo y de la relación con los otros. Uno en el que retorcidamente se mezclan la simple fascinación y un extraño estar pendiente, el deseo y la frustración del deseo, la admiración mal llevada y la hostilidad consecuente, una atención tan sin reposo que el rencor acaba por anidar en ella.