Cuando una convivencia es amorosa y divertida, hay momentos de creatividad inesperada, las ideas, como escribía Machado de Assis, se balancean hasta encontrar donde lanzarse y de pronto, zaz, un pensamiento se expresa con la nitidez del hallazgo, y la risa lo remata. Me refiero a las conversaciones cotidianas que abren las ventanas de una casa, haciendo circular el aire de distintas generaciones.
Madre e hija, hablando mientras colgamos la ropa, vemos una serie de pocos capítulos, escribimos en el patio, jugamos con los perros o estamos en distintos lugares, cada una en la suya, hasta que un pensamiento en voz alta alcanza a la otra y una nueva idea, cargada de historia, se hace presente. A veces las anotamos, no porque trasciendan, sino por la gracia que nos produce el debate doméstico; quizá también como diario improvisado. Algunos de estos comentarios caseros provienen de experiencias en el mundo exterior. Otros de la letra de una canción, o un recuerdo que se impone. Esta vez, de una funeraria.
Mientras resolvíamos un tema familiar, en un rincón de la sala pasaban videos que promocionaban velorios de distintas categorías: el trámite de la muerte. Ofrecían una gama de entierros como si fuera una agencia de viajes. Todas las emociones cotizadas. Nos llamó la atención una propuesta: la “suelta de globos”. Inmediatamente, la tristeza fue desplazada por el absurdo. Mi hija imaginó el cumpleaños de los muertos, cuántos cumplís, globos celestes para los perdonados, rojos para los condenados, flores, fuego, etc. También aludió a la extraña manera en Occidente de “enterrar”, metáfora de tapar, en vez de “integrar”, o “entregar” a la tierra, como sucede en otras culturas.
De vuelta en casa, el tema continuó. Recordamos la escena del film de Woody Allen Todos dicen te amo, cuando los esqueletos danzan en el velatorio, cantando “Disfrutá de la vida, es más tarde de lo que pensás”.
De la charla, siguió esta anotación: “Pienso en esa palabra tan común, tan dicha en estos tiempos: ‘autogestionarse’. Hay dos momentos en que no elegimos, en que no podemos gestionar: en nuestro nacimiento y en nuestra muerte. No podemos decidir si nos conciben in vitro o con penetración, si nos alojan en un vientre comprado o de nuestra propia madre. A su vez, no podemos autogestionar la muerte, comprar una parcela, enterrarnos ilegalmente en un jardín, estar con otros familiares o solos, con otros muertos desconocidos. La nada tiene un efecto concreto: no decidimos. No hay autogestión del nacimiento o de la muerte. Todavía nuestra especie no descubrió la forma de morir y evaporarse sola. Les dejamos a los demás nuestro cuerpo, como si volviéramos a ser ese feto incapaz de decidir su propia concepción. Quizás autogestionar la nada nos lleve a algún lugar”.
Charlitas, la vida, la muerte, amorosidad.