personajes

Tío Rico y Donald

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Hay biografías que son prontuarios y conductas que garantizan tanto el éxito como la condición de infeliz moral. Recuerdo mi desconcierto infantil cuando en la pantalla de televisión aparecía el dibujito animado del pato Donald, los dos patitos que eran sus hijos o sobrinos (Daisy era su novia y no la madre de estos), y sobre todo al Tío Rico, un personaje cuyo rasgo distintivo parecía ser la voluntad de apartar al resto del mundo, empezando por su familia, de todo contacto con su fortuna, que juntaba en una especie de torre-chimenea rebosante de cientos, miles, millones de monedas. Quizá este personaje era una versión para niños del Ebenezer Scrooge del Cuento de Navidad de Dickens, no lo sé, pero en todo caso el Tío Rico no presentaba ninguna transmutación navideña milagrosa como la que tuvo el avaro y miserable antecedente literario. Era y seguía siendo un miserable de acá a la China. Por cierto, a su lado, el resto de los personajes rozaban la inexistencia, porque hasta se asemejaban a personas reales; en cambio, el Tío Rico era como la encarnación misma de un arquetipo: la del sujeto repugnante cuya única pasión legítima es la acumulación y la retención, la paranoia de un dominio sin un porqué ni un para qué, el dueño de la nada misma que es el sueño de la cosa en sí.

Pasaron los años, y ciertamente pasó mi interés por el dibujito animado, reemplazado por nuevas niñerías que van llenando la vida, pero algo de eso resucitó en mi recuerdo, primero por nombradía y luego por similitud de procedimientos. Para un espíritu delicado como el mío (alguna vez tenía que decirlo), resulta un espectáculo entre gracioso y difícil de soportar la contemplación de las obscenas guarradas de un cierto presidente del Norte que parece el tío del pato cuyo nombre comparte, y que con sintaxis dificultosa y prosa deslenguada proclama urbi et orbi que el imperialismo más rampante posee una clase de virtud prístina, extraída o extirpada de su propia moralidad, la que, según unas cuantas causas convenientemente dormidas de la Justicia de su país, tan parecida a la que suele primar en el nuestro, poseería unas cuantas máculas pasibles de recibir consecuencias de orden legal cuando los tiempos cambien, como siempre ocurre.