"Confesiones de Estado": Los documentos que revelan la estrategia de la dictadura frente a la Iglesia argentina
Luis Liberti y Federico Tavelli presentan documentos inéditos. En ellos se demuestra la existencia de un plan premeditado de la Junta Militar para “contener” a los obispos y evitar que las denuncias de represión escalaran globalmente.
Las omisiones, complicidades, declaraciones ambiguas y silencios marcaron a Argentina durante el régimen del terror que comenzó en 1976 y terminó en 1983.
A 50 años del golpe de Estado, la relación entre la Iglesia católica y el gobierno militar sigue siendo uno de los temas que mayor polémica genera. Hace tres años, una investigación liderada por la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina (UCA) y publicada en tres tomos bajo el nombre “La verdad los hará libres” (2023) ha arrojado luz sobre este vínculo mediante el análisis de miles de documentos desclasificados.
Aquel trabajo inicial, que duró siete años y analizó más de 200 mil papeles —incluyendo archivos confidenciales de la Conferencia Episcopal Argentina y del Vaticano—, reveló que la iglesia de la época optó por el diálogo en lugar de la confrontación.
En la publicación se cuenta sobre el primer mea culpa institucional: un informe entregado al Vaticano tras la asunción de Raúl Alfonsín, donde los obispos reconocieron explícitamente no haber hecho todo lo que estaba a su alcance.
Ahora, el sacerdote Luis Liberti y el historiador Federico Tavelli, parte del equipo de investigadores de aquel proyecto, publican un nuevo libro: “Confesiones de Estado” (Edhasa).
Presentan documentos inéditos para revelar la estrategia de la Junta Militar orientada a “contener” a la jerarquía católica durante aquellos años oscuros.
En otras palabras, documenta cómo el gobierno militar utilizó a la Iglesia para administrar la verdad sobre los crímenes cometidos, desde el silencio inicial hasta las “confesiones de Estado” finales de Jorge Rafael Videla.
Luis Liberti es religioso presbítero de la Congregación del Verbo Divino, teólogo, profesor y director del departamento de Teología Pastoral en la Facultad de Teología de la UCA. Federico Tavelli es historiador, politólogo y teólogo. Es profesor e investigador de la Universidad Albert Ludwing de Friburgo de Alemania y de la UCA.
Plan de cinco pasos
La nueva información recabada indica que los militares comprendían que no podían ejecutar un plan de exterminio contra miles de personas, y menos aún de cristianos, sin que los obispos, la Nunciatura o el papa Pablo VI alzaran sus voces. Si no lograban el amparo total, era fundamental, al menos, contener a la institución.
Según revelan los autores, los militares desplegaron una estrategia de cinco pasos tan premeditada como su plan represivo para legitimar su accionar frente a la jerarquía católica.
Federico Tavelli explica que, en el marco de lo que los militares llamaban la “lucha antisubversiva”, era vital que la iglesia no amparara a las víctimas ni denunciara las violaciones, las torturas o las desapariciones para que el régimen pudiera avanzar.
Esta estrategia fue descubierta tras años de analizar archivos argentinos, extranjeros y documentos desclasificados de la Secretaría de Estado de Estados Unidos, que incluyen información de la CIA y otras agencias norteamericanas.
El mensaje de Kissinger
Tavelli advierte sobre el papel crucial de Washington en el sostenimiento del régimen. La investigación documenta encuentros clave en Santiago de Chile y en Nueva York entre el secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger y el canciller de la dictadura, César Guzzetti, además de reuniones del embajador estadounidense con Videla en Buenos Aires.
La documentación indica que el mensaje de la administración estadounidense era claro: el apoyo continuaría siempre que la represión no trascendiera las fronteras.
“Avancen en el plan, pero que no se conozca en el extranjero que están violando los derechos humanos, porque si ocurre no podemos seguir dándoles apoyo”, resume Tavelli sobre la postura de EEUU.
En este escenario, la dictadura necesitaba evitar que las denuncias por torturas y desapariciones escalaran globalmente a través del Vaticano. La táctica militar fue la gradualidad. Al principio, recurrieron a la mentira y la negación; luego, revelaron información parcial para no perder la confianza de los obispos a medida que los crímenes se volvían innegables.
Tavelli relata que, ante los pedidos de aclaración de los obispos por asesinatos como el de los padres palotinos, Videla se mostraba falsamente consternado. “Ahí había una mentira muy evidente”, refiere. Cuando la dictadura sintió que ya no podía seguir mintiendo sin quebrar el vínculo con la Iglesia, empezó a filtrar datos sobre los “prisioneros ocultos”.
Entre 1978 y 1979, Videla comenzó a hablar en diálogos confidenciales de lo que denominaba “secretos de Estado”, mencionando incluso el número de desaparecidos.
Hacia el final del régimen, la Junta intentó que la Iglesia los acompañara en un “lavado de culpas” para facilitar el traspaso democrático, aportando más información a cambio de amparo.
Respecto a la actuación de la iglesia, Luis Liberti señala que en 1976, el año más atroz, los obispos no tuvieron la sagacidad para comprender que los crímenes no eran “excesos de grupos aislados”. Y creyeron lo que el gobierno contestaba ante sus requerimientos: “Nos excede”; “es muy grande esto”; “hay grupos que se nos escapan de las manos”. "No hubo la suficiente astucia o creatividad para que intervinieran otros interlocutores", insiste el sacerdote.
Liberti aclara que, al hablar de “la Iglesia”, se refiere específicamente a la cúpula que dirigía la Conferencia Episcopal. “Hay que entender que los militares también eran parte de la Iglesia, y los obispos tenían un ascendente jerárquico superior. Es un tema difícil de digerir”, apunta.
Por su parte, Tavelli remarca que la Iglesia “cayó en la trampa” y terminó “bailando al ritmo de la información que los altos mandos le daban gradualmente”.
Hay documentos, no obstante, que muestran que cuando la Junta comienza a reconocer la existencia de prisioneros los obispos requieren información. “Ahí el diálogo iba tomando otra perspectiva. En un momento, al final, uno de los obispos le dice a Videla: ¿dónde están los muertos? ¿dónde están los cuerpos?. Le exige porque las familias iban a solicitar información”, dice Liberti.
Esta estrategia de manipulación no borra, sin embargo, el apoyo que la jerarquía dio al golpe. Los obispos consideraban que la dictadura era necesaria para evitar un gobierno marxista, el cual veían como el “peor de los males”.
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Presiones del Vaticano
El Vaticano estaba al tanto de la situación a través del nuncio Pío Laghi, en los inicios. Los informes que circulaban entre la Secretaría de Estado vaticana y la Nunciatura eran fundamentales.
La investigación de Liberti y Tavelli saca a la luz, además, informes que prueban la persecución estatal sistemática contra miembros de la propia Iglesia.
Un documento clave es una comunicación del canciller Guzzetti instando a moderar la represión contra el clero. Guzzetti advertía sobre la necesidad de extremar la precisión en los operativos de secuestro y asesinato ante la presión de Washington y las gestiones directas del papa Pablo VI.
En septiembre de 1976, el pontífice exigió explicaciones fehacientes sobre los asesinatos de los palotinos y del obispo Enrique Angelelli y los sacerdotes en La Rioja.
Tras esto, el régimen comprendió que el tema se estaba volviendo crítico y ordenó dar aviso a los obispos antes de intervenir casas parroquiales.
La historia sin ideologías
Para Liberti, es imperativo abordar estos temas para no construir la historia sobre mentiras. “La Iglesia no está aparte de la historia argentina, es parte de ella. Que Videla le haya dicho al nuncio en el ‘78 que había dos mil desaparecidos es parte de nuestra historia”, afirma.
Tavelli concluye que la distancia temporal permite hoy una madurez distinta para comprender el pasado sin tomar posiciones ideológicas extremas. “Uno puede reconocer la gravedad de las violencias de las guerrillas y, al mismo tiempo, el terrorismo de Estado; una cosa no quita la otra”, sostiene.
El libro
Confesiones de Estado
Editorial Edhasa.
160 páginas.
Luis Liberti y Federico Tavelli.
Precio: $29.900
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