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Conflicto en Medio Oriente

El mundo de Trump, un rompecabezas con piezas gastadas

Mientras crece la inquietud internacional por las consecuencias que pueda deparar el conflicto desatado tras el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán y su “día después”, el magnate republicano apunta a próximos objetivos y se ufana de su protagonismo.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la cumbre Escudo de las Américas
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la cumbre Escudo de las Américas | Saul Loeb | AFP

Un puñado de mujeres ondea banderas verdes, blancas y rojas, en cuyo centro se dibujan un león y un sol. Bajo la nevisca de la tarde de febrero ya en penumbras, en una céntrica esquina de Estocolmo, a pocas cuadras del Gamla Stan, muchos turistas repletan cafés donde se guarecen del frío y otros eligen souvenires para llevar de regreso, pero ignoran a las protagonistas y a las razones de la protesta en la calle.

No muy lejos, otros manifestantes, mujeres y hombres enarbolan algunas pancartas con el rostro de Reza Pahlevi -hijo del último “shah de Persia”, Mohamed Reza Pahlevi- exiliado en Estados Unidos y autopostulado para liderar una transición en Irán el día que caiga el régimen teocrático encabezado por los ayatolás.

Pocos prestan atención en su rutina de la capital sueca al reclamo de migrantes iraníes que piden castigo a los responsables de la represión violenta a las protestas antigubernamentales ocurridas en Teherán y otras ciudades semanas atrás y que, según diversas fuentes, dejaron una cifra de muertos que se cuenta por miles.

Mucho más significativas y concurridas parecieron las marchas y concentraciones que un año antes clamaban por el fin de la ofensiva israelí en la Franja de Gaza, calificada por distintos organismos y gobiernos como genocidio, y en contra de gobernantes como Benjamin Netanyahu y su principal aliado en el mundo, el presidente estadounidense Donald Trump.

Para buena parte de la población sueca, el fenómeno migratorio, mal manejado por fuerzas de izquierda y centroizquierda y agitado por partidos de derecha con tintes de xenofobia, define posturas y comicios. Y si de guerras se trata, el irresuelto conflicto en Ucrania, cuatro años después de la ofensiva de Rusia, es una amenaza más cercana de inestabilidad, no sólo por sus daños colaterales en la economía local.

Mientras, los diarios escandinavos llenan cada tanto sus portadas con una nueva “víctima” de los insondables archivos siniestros del multimillonario Jeffrey Epstein y su sórdida trama de corrupción, abusos sexuales, pederastia y quién sabe qué otros crímenes. Una sórdida historia que salpica a integrantes de las realezas, políticos, empresarios y otros influyentes personajes del poder económico y financiero global.

A esa altura, la ofensiva militar conjunta estadounidense-israelí contra Teherán todavía no es más que una amenaza de las tantas que a diario lanza el actual inquilino de la Casa Blanca, cuya verborragia, narcisismo y decisiones tan autoritarias como cambiantes suelen descolocar a más de un líder o gobernante de una Europa atravesada por desafíos y crisis.

Al cabo de un recorrido que estudiantes suecos y cordobeses que viajaron en intercambio acaban de hacer por el Parlamento en Estocolmo, una voz autorizada de ese cuerpo deja entrever lo difícil que resulta a veces acompañar decisiones del socio que impone condiciones en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), la alianza militar a la que Suecia ingresó oficialmente hace exactamente dos años. Claro que, para entonces, inicio de la última semana de febrero, los tambores de una nueva guerra no son más que un ruido amenazante como tantos otros, destinado a presionar o castigar actores, o ganar terreno entre las piezas del tablero mundial.

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Más furia que épica

En la madrugada del 28 de febrero, las noticias de bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel sobre territorio de Irán sacudieron al mundo. Más aún cuando entre los primeros blancos alcanzados por bombas y misiles de estas dos potencias militares se informó de una escuela primaria en Minab, al sur del país, en la que habrían muerto cerca de 180 niñas, según datos reportados por la Organización de Naciones Unidas.

Los ulteriores informes, que daban cuenta de la muerte del ayatolá Ali Jamenei y de otros prominentes miembros de la jerarquía religiosa y militar de Irán, dejaron en un lejano segundo plano la matanza en el colegio, por la que se declaró conmocionado y prometió una investigación exhaustiva Volker Türk, alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos.

A esa hora, Trump se jactaba del éxito de una ofensiva militar lanzada contra Teherán por segunda vez en su segundo mandato, que lleva poco más de 13 meses, y apenas ocho meses después de la “Guerra de los 12 días”, con la que el mandatario norteamericano había asegurado que se neutralizaba la posibilidad de que Irán fabricara una bomba atómica.

Así, mientras daba por fallidas las negociaciones que en Ginebra realizaban con Irán enviados de Washington -entre ellos Jarred Kushner (el yerno de Trump que hizo convertir a Ivanka, hija del magnate, al judaísmo)- Estados Unidos acentuaba una operación coordinada con su aliado estratégico en la región, a la que bautizó como “Furia Épica”.

Los temores a una radicalización del conflicto y a la extensión de la guerra y sus consecuencias por todo Medio Oriente y más allá de ese complejo tablero se confirmaron con las primeras reacciones verbales de la descabezada cúpula de poder iraní y en las respuestas que en forma de misiles y drones suicidas lanzó Teherán contra ciudades israelíes y objetivos militares estadounidenses que involucraron con dispar estrépito a 16 países de la región más convulsionada de la Tierra.

Reuniones urgentes del Consejo de Seguridad de la ONU fueron el escenario para que dos de las naciones con derecho a veto y fuertes nexos comerciales y estratégicos con Irán -Rusia y China-, lanzaran airados reclamos contra los bombardeos lanzados sobre el país del Golfo Pérsico en desconocimiento de principios básicos de un derecho internacional cada vez más bastardeado. Pero la solidaridad de esos aliados de fuste pareció quedar meramente en lo retórico.

Durante la semana, y más allá de algunas acciones puntuales en naciones vecinas, Estados Unidos e Israel mostraron su superioridad militar para continuar una ofensiva que multiplicó de modo exponencial la cifra de muertos, heridos y daños materiales. La acción de actores afines a Teherán, como Hizbollah en el Líbano, o los rebeldes hutíes desde Yemen, abrieron otros frentes con más destrucción y bajas.

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La economía y el petróleo

Como ha ocurrido en tantas otras crisis, no han sido las 1.200 vidas que hasta ayer se cobró esta escalada de final incierto, ni las heridas que se han potenciado entre pueblos vecinos, lo que encendió alarmas y disparó nuevos reclamos para que la guerra no se prolongue. Son las secuelas que este enfrentamiento podría dejar en una maltrecha economía global.

El bloqueo del Estrecho de Ormuz y sus consecuencias para el comercio internacional, o la posible suba del petróleo a poco más de 150 dólares por barril desvelan al establishment global mucho más que la suerte que pueda correr Mojtaba Jamenei, uno de los hijos del clérigo ultimado, y apuntado como su “sucesor”. O qué lugar le reservará la historia al presidente Masud Pezeshkian, quien mientras se escribían estas líneas respondió a un nuevo ultimátum de Estados Unidos afirmando que “la rendición incondicional es un sueño que se llevarán a su tumba”.

De “rendición incondicional” habló el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, uno de los halcones en los que Trump recuesta su verborragia y decisiones en aras de una hegemonía de su país asentada en el poderío militar.

La democracia o sus instituciones, como ha quedado demostrado palmariamente en Venezuela, no son el objetivo prioritario declamado, o ni siquiera se usan ya como máscara para legitimar intervenciones, forzar cambios de régimen o rediseñar tableros geopolíticos.

Al mismo tiempo que se jactaba de la operación con la que se capturó y llevó a Estados Unidos a Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, Trump sostenía que el objetivo central de esa “misión” era volver a controlar el petróleo venezolano para Estados Unidos. A la vez que su gobierno prometía para este fin de semana un nuevo “duro golpe” a quienes detentan el poder en Irán, Trump alegaba días atrás supuestos derechos para participar en la elección del próximo Ejecutivo de Teherán.

Sin filtros ni límites

Así es este Trump recargado en su segundo mandato. Tildando de “terroristas domésticos” a quienes defendían a migrantes de las razzias brutales encaradas por agentes del ICE, de las que hoy ya poco se habla. El mismo que sentado en el escritorio del Despacho Oval, celebra los daños infringidos a Irán en la “batalla” con cifras y datos a veces exagerados, y segundos después intenta la foto junto a Lionel Messi, en el saludo del Inter de Miami como campeón de la liga norteamericana. Y de paso le promete a Jorge Mas Santos (hijo de Jorge Mas Canosa, prominente figura del exilio anticastrista), un cambio de régimen en Cuba en cuestión de semanas.

El poderoso Trump al que un mandatario adula en estas pampas y unos pocos europeos, como el español Pedro Sánchez, se atrevieron a refutar o criticar tras el ataque que inauguró otra guerra cuyas implicancias no se alcanzan del todo a avizorar, más allá de cuándo se proclame formalmente su final y de quiénes canten victoria.

En aquella esquina de Estocolmo había esa tarde de febrero unas pocas banderas iraníes. Todas con el león y el sol que la Revolución Islámica del ayatolá Ruhollah Khomeini reemplazó tras derrocar al sha, cuyo hijo exiliado en Estados Unidos quiere ser ungido como el próximo gobernante.

El ex alcalde republicano y conservador de Nueva York, Rudolph Giuliani, opinó esta semana que Reza Pahlevi representaría a lo que fue su padre en el poder: “un régimen corrupto y tanto o más violento que el actual”. El apellido del último sha de Persia, pieza funcional a Occidente en buena parte del siglo 20 y símbolo de una monarquía fastuosa y opresiva podría regresar.

En el mundo de Trump, cuyo límite es su propia moral, y donde el derecho internacional ya no cuenta, todo es posible. Y hay quienes, sin discutir, sólo esperan a ver quién será el próximo al que baje su pulgar el emperador.