PUNTO DE VISTA

El metro cuadrado de la indiferencia

Mientras el equilibrio fiscal, hay otro que se está rompiendo. No aparece en planillas ni en estadísticas, pero se siente en la calle. Es el equilibrio entre el yo y el nosotros, el social.

Entre el Estado paternalista y el invidualismo libertario están los lazos sociales que cada día se debilitan más. Foto: Contenido creado con IA

Hay una palabra que, sin hacer demasiado ruido, se volvió central en la Argentina de hoy: equilibrio. Equilibrio fiscal, equilibrio de las cuentas, equilibrio entre lo que entra y lo que sale. El gobierno de Javier Milei hizo de ese concepto su norte, su brújula y su medida del éxito. Y hay que decirlo sin vueltas: logró algo que ningún gobierno en décadas había conseguido. Sostener el equilibrio de las cuentas públicas. Habrá que reconocérselo.

Pero mientras ese equilibrio empieza a ordenarse, hay otro que se está rompiendo. No aparece en planillas ni en estadísticas, pero se siente en la calle. Es el equilibrio entre el yo y el nosotros. Entre lo propio y lo común. Entre mi metro cuadrado y el metro cuadrado del otro.

Hace más de medio siglo, Ayn Rand puso en palabras una idea que hoy vuelve con fuerza: que cada uno debe arreglarse por su cuenta, que el esfuerzo es individual y que el otro queda en un segundo plano. En La virtud del egoísmo, Rand llegó a plantear que sacrificar el yo por el otro no es una virtud sino una estafa moral. No es casual que ese enfoque hoy resuene en la política argentina, donde la libertad individual se volvió el eje y lo colectivo empezó a correrse del centro de la escena.

Es una mirada potente. Tiene coherencia interna, tiene lógica y conecta con una parte de la sociedad que estaba cansada. Cansada, sobre todo, del modelo opuesto. Porque acá conviene ser honestos: el argentino no descubrió la indiferencia con Milei. Descubrió, antes, que el Estado que prometía salvarlo tampoco lo salvaba.

Durante décadas nos vendieron la idea de que el Estado era el gran reparador. El que llegaba cuando el mercado fallaba, el que cuidaba al que quedaba afuera, el que nivelaba la cancha. Pero ese Estado auxiliador, en el recorrido largo, terminó generando más dependencia que autonomía, más clientelismo que ciudadanía, más burocracia que oportunidad. Entregó planes pero no construyó trabajo. Multiplicó organismos, pero no redujo pobreza. Se agrandó pero no llegó a tiempo. Y en el camino terminó cooptado por los mismos de siempre, que aprendieron a lucrar con la asistencia igual que otros lucran con el mercado.

Esa es la parte que la mirada crítica al gobierno actual suele omitir. Milei no aterrizó en un país que funcionaba bien y vino a romperlo. Aterrizó en un país ya roto, desencantado con un Estado que prometía sostén y entregaba frustración. El voto de 2023 no fue una adhesión filosófica al individualismo randiano. Fue, en buena medida, una confesión: la de una sociedad que se cansó de esperar que alguien viniera a rescatarla.

El problema es que de un extremo pasamos al otro sin escala intermedia. De un Estado que prometía todo a un discurso que sugiere que no hay que esperar nada. De la ilusión de la ayuda permanente a la soledad administrada como virtud. Y en ese péndulo, lo que se pierde es justamente lo que ninguna de las dos puntas contempla: el tejido del medio. El vecino, la cuadra, la red familiar, la asociación civil, el club, la parroquia, la ronda de amigos que se organiza cuando alguien necesita. Eso no es ni Estado ni mercado. Es sociedad. Y es, precisamente, lo que más se está debilitando.

No hace falta ir muy lejos para verlo. Está en la calle, en las veredas, en las conversaciones cotidiana, gente que trabaja, que estudia, que produce, y que repite la misma frase: no alcanza. La pregunta incómoda no es si el Estado debería ayudarlos más. Ya lo intentó durante décadas y no resolvió. La pregunta es por qué cada vez menos argentinos, en lo cotidiano, frenan el paso cuando pasan al lado de alguien que está mal. Por qué naturalizamos lo que antes nos incomodaba. Por qué miramos el celular cuando antes mirábamos a los ojos.

Ese es el ajuste que no aparece en ninguna planilla fiscal: el ajuste cultural. El achicamiento, no del Estado, sino del umbral emocional con el que nos paramos frente al otro.

Argentina siempre tuvo tensiones, siempre tuvo desigualdades. Pero también tuvo algo que funcionaba como contrapeso sin necesidad de política pública: el fogón compartido, el vecino que da una mano, la red informal que aparece cuando nadie más aparece, la famosa “gauchada”, ayúdame que te necesito. Esa trama invisible es la que sostuvo al país en sus peores momentos, más que cualquier plan oficial. Esa trama no la construyó el Estado. La construyó una cultura. Y esa cultura hoy está en disputa.

Ahí está el verdadero punto de quiebre. Porque las ideas que ponen al individuo en el centro suelen nacer en sociedades donde lo colectivo, en cierto punto, ya está resuelto. Donde hay infraestructura, educación funcional, redes comunitarias fuertes. Rand escribía en una sociedad que ya tenía todo eso construido. El individualismo fue posible como filosofía porque antes otros habían hecho el trabajo invisible de construir lo común. El problema aparece cuando se pretende empezar por el individuo en un contexto donde lo colectivo todavía está por repararse.

Y acá es donde hay que decirlo con todas las letras, sin militar ni en un bando ni en el otro. El Estado paternalista nos falló: décadas de expansión no produjeron una sociedad más justa sino más resignada. Y el individualismo sin piso también nos está fallando: promete libertad y entrega aislamiento. Entre esas dos puntas estamos hoy, oscilando, sin encontrar la fórmula del medio. Ese medio no es tibieza: es comunidad. Es reconocer que hay cosas que ni el mercado ni el Estado resuelven, y que solo las resuelve una sociedad que todavía se mira a sí misma.

Milei no inventó la indiferencia. Pero tampoco es cierto que el problema se arregle simplemente volviendo al Estado de antes. Lo que está en juego es más profundo: es si los argentinos somos capaces de reconstruir un nosotros que no dependa ni de la caja oficial ni de la caridad de nadie. Un nosotros que nazca de la vecindad, del vínculo, de la corresponsabilidad cotidiana.

Porque el individuo puede ser un fin en sí mismo, como decía Rand. Pero ningún individuo se construye solo. Y una libertad que se construye ignorando al otro no es libertad.

Es soledad.

Y la Argentina, que supo tener muchas cosas, nunca supo qué hacer con la soledad.

 

*Director de Reputación Digital