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INCLUSIÓN SOCIAL

Escuela Alegría Ahora: una “reserva de vida” para los marginados

Es de nivel primario para jóvenes y adultos con orientación en educación popular. Utilizan la “pedagogía del amor político” para devolver la dignidad y los derechos humanos a personas víctimas de la desigualdad extrema.

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MODELO. La “pedagogía del amor político” propone una educación que combina alfabetización, contención emocional y reconstrucción de derechos en contextos de desigualdad profunda. | Fino Pizarro

Viernes de abril. Estudiantes y maestras se reúnen en un salón de la escuela primaria Alegría Ahora para Jóvenes y Adultos alrededor de un santuario inclusivo donde conviven figuras de santos, mártires como el obispo Enrique Angelleli, jóvenes acribillados por las balas, la Virgen María y Evita. Mónica Lungo, educadora popular y fundadora de la institución junto a Miguel Genti, enciende una vela e invita a agradecer y a pedir.

Su ruego es concreto: una pronta respuesta del Ministerio de Educación a la solicitud de tres cargos docentes para poder sostener la tarea de educar, alimentar, acoger y devolver derechos básicos a habitantes vulnerables de 23 barrios de la ciudad de Córdoba.

Guadalupe Gómez canta “Canción para un niño dormido”. La aplauden. Es la maestra de coro, un espacio que estimula la voz que algunos estudiantes tienen dormida antes de llegar a esta escuela del barrio popular de Bella Vista, cercano al centro, que el año próximo cumple 25 años.

La historia de Alegría Ahora nació en 2002, en plena crisis argentina. Mónica enseñaba en los semáforos de La Cañada a jóvenes limpiavidrios -y después a sus madres en los patios de sus casas-, trasladando libros en la canasta de su bicicleta. “Nace en la intemperie y con la convicción absoluta del derecho a la educación”, rememora.

Tras ocho años de peregrinar por plazas, garajes y clubes abandonados, la institución logró tener una sede alquilada, primero y luego propia, años más tarde. Desde aquel entonces hasta que Mónica encontró el nombre que definía el modo de educar y que llamó “pedagogía del amor político", pasaron por esta institución cientos de personas y sus familias en la marginalidad extrema o excluidas por diversas circunstancias del sistema educativo.

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Hoy, la escuela cuenta con 45 alumnos matriculados, cuyas edades oscilan entre los 12 y 76 años. Muchos de ellos conviven con discapacidades o provienen de contextos de exclusión absoluta. Aquí encuentran un lugar porque en este espacio la educación trasciende lo académico: los estudiantes pueden dormir, ducharse y comer para después estudiar.

Toda la casa es un espacio de aprendizaje, desde la cocina y la sala de las infancias hasta el luminoso salón multiuso donde hay un piano y varones y mujeres aprenden a coser y a tejer. Las instalaciones están equipadas para el aseo personal -incluso hay un botiquín con cepillos de dientes- y la alimentación, extendiendo su impacto a los familiares de los alumnos, lo que multiplica el beneficio de la institución hasta por diez.

Contra la deshumanización

“Las personas sabemos muy bien cuándo nos miran con desprecio o con amor. En Alegría Ahora miramos con amor, y eso se traduce en un interés real por el otro”, explica Lungo. La realidad que golpea a las puertas de la escuela es cruda: mujeres que llegan “mudas” por el trauma, personas de 50 años que jamás han visto a un médico, víctimas de trata o de secuestro en su propia casa, de golpes, de adicciones, en estado de abandono sin luz o agua o con deseos de morir. Algunos nunca accedieron a la escuela, no saben leer el cartel del colectivo ni hacer una lista de supermercado.

“Vivir en la desigualdad no es una elección de las personas, es una consecuencia de una sociedad desigual. En la desigualdad social, las posibilidades casi no existen”, explica Mónica. Asegura que en Alegría Ahora los estudiantes nacen de nuevo, con posibilidades de crecer. “Esta pedagogía aspira a construir una reserva de vida y de humanidad”, subraya.

Los maestros miran especialmente la trayectoria de vida de cada estudiante, conocen sus tiempos, ritmos y deseos. Creen, además, que es posible revertir o atemperar el sufrimiento y construir sensibilidad social. Lo que se busca, más allá de la alfabetización de la lectoescritura, es la formación ciudadana que les permita ser sujetos de derecho en una sociedad que los excluye.

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Todos los espacios de la casa son para el aprendizaje, relacionado con la vida cotidiana. Desde aprender a sacar dinero del cajero para que no lo haga un puntero o un marido que maneje la economía personal, hasta manejarse en colectivo o aprender el “lenguaje dominante” para expresarse y entender lo que le dicen en un hospital o en tribunales. Mónica explica que todos esos espacios son hostiles; sufren discriminación.

La institución sigue la currícula oficial y se trabaja por proyectos, pero se expande mucho más allá para abrir posibilidades y potenciar la autoestima. “Es muy impresionante ver cómo acá las personas florecen en su talento, en su dignidad, en su alegría porque desde que llegan los estamos esperando. Nos da verdadera alegría cuando vienen”, detalla Mónica.

Incluso en situaciones límite -estudiantes que llegan bajo efectos de sustancias o con heridas de bala- la escuela mantiene una regla innegociable: tras el cuidado inicial, el aseo y el descanso, siempre debe haber un momento de acercamiento al conocimiento.

Las clases se desarrollan en modalidad “plurigrado” y hay talleres de coro, costura y tejido -los alumnos lo bautizaron “Manos con amor”, manos que no empuñan armas o tratan de atajar un golpe- y de género, entre otros. “La violencia de género en los contextos de desigualdad es de la época medieval. Sigo pidiendo permiso a hombres que las dejen venir porque no quieren que la mujer se empodere; quieren mujeres sometidas”, señala Mónica.

Amor político

La escuela con su pedagogía de amor político se ha convertido en un centro de formación de estudiantes universitarios que realizan tesis, prácticas o pasantías. El nombre Alegría Ahora es la promesa de que quien ingresa a la escuela, tenga a disposición -aunque sea por un tiempo breve- los mejores momentos de su vida junto a otros. “Acá las personas viven derechos humanos por primera vez en su vida. El derecho humano a alimentarse; a tener un baño con agua caliente y ropa limpia para poder educarse”, enumera Mónica.

El mantenimiento de esta estructura es un desafío constante. Aunque el Estado cubre los servicios básicos, el programa alimentario Paicor y un par de salarios docentes, el grueso del trabajo depende de la solidaridad. En 2012 crearon una Fundación para gestionar donaciones, que actúa como una especie de “cooperadora escolar”. Actualmente, 17 educadores trabajan ad honorem en los talleres sociolaborales y educativos, y otros 26 voluntarios sostienen áreas clave como salud, administración o el ropero.

Un abrazo “es lo más”

A media mañana de ese viernes de abril, Maximiliano, de barrio Rosedal, y Manu, de Argüello, hacen manualidades en el salón multiuso. Cuentan cómo llegaron hasta allí: él a sugerencia de su madre; ella, después de haber criado a sus cuatro hijos y “haberle llegado el turno” de dedicarse a sí misma. El coro ensaya. María es solista, y se apresta unos minutos a conversar. Es vecina de Bella Vista. Egresó del primario hace unos años y está esperando a que se abra el secundario en Alegría Ahora. También asiste, cuando no tiene alguna changa, al taller de género. Va con su hija.

“Muchas veces he venido muy mal, con ganas de llorar por cosas personales, pero acá siempre pusieron el hombro, el oído. Que te den un abrazo y un beso, es lo más. Estoy muy agradecida a todos los profes. Sé que las puertas de este espacio siempre están abiertas para mí y eso me regocija un montón”, dice. María cree que esta escuela es atípica: hay contención. “Hay mucha gente que viene muy herida, lastimada por cuestiones de la sociedad. Es nuestra segunda casa”, asegura.

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“Nunca había visto el hambre cara a cara”

Soledad Lacamoire, camarera del Paicor y encargada de múltiples tareas administrativas llegó a Alegría Ahora en el 2019 con la estructura de servir un alimento en cierto horario y tiempo, como en otras escuelas. Pero aquí era distinto. La cocina es un pilar fundamental; allí muchos comen verduras y legumbres por primera vez.

“Conocía que el hambre existía, pero nunca había visto el hambre cara a cara, tan crudamente. Nunca había visto que en una escuela se pusiera el alimento como algo principal; siempre era un complemento”, dice.

Cuenta que su incorporación a la escuela coincidió con el ritual de la Pachamama; estaban conociendo la importancia de saber de dónde proviene el alimento. A Soledad le impactó, entre tantas cosas, que muchas personas nunca habían recibido un “alimento de amor sanador”, como la sopa de una abuela. “La educación acá corre en todas direcciones, la cocina es otro espacio para aprender y enseñar. Trabajamos con mucho amor; siento que es también una misión y que si llegué a este lugar no fue por casualidad. Todos los días estoy conmovida, apasionada”, asegura.

Más información: Para colaborar con la Fundación Alegría Ahora. Tel: 351 6571564
https://wwwalegriaahora.org.ar